25 noviembre 2010

Recuerdo del trópico

Muchas de las plantas del monte mediterráneo que ahora toleran los temporales y el frío descienden de especies tropicales, aunque cueste creerlo. Sus antepasados antaño crecían en las junglas lluviosas que cubrían Europa, hace 50 millones de años, y en cambio ahora sus lejanos descendientes han de vérselas con el cierzo y la escarcha. Ante tanto contraste, se diría que poco tienen de tropicales... y el lector está en todo su derecho a dudar de que ese supuesto origen tropical sea cierto... porque, en definitiva, ¿qué pruebas hay? Bien, fijémonos en las coscojas, esas carrascas de vivo color verde, cuyas hojas, a diferencia de las encinas, no tienen el envés cubierto de fino pelo blanco.

Las coscojas (Quercus coccifera) nos muestran todo el año sus hojas duras, coriáceas y escamosas, esa clase de hoja, llamada esclerófila, que encontramos en muchos otros arbustos mediterráneos, desde el olivo hasta el madroño. Y entre las hojas, sobre cuencos leñosos repletos de espinas, las coscojas echan sus bellotas, mucho más amargas que las de la encina. Las separa además otra gran diferencia: las bellotas de la encina cuajan en primavera y caen al siguiente otoño, y muchas bellotas de la coscoja siguen el mismo ritmo pero otras se vuelven tardonas, madurando no al primero otoño sino al segundo. El que los frutos tarden años en madurar es uno de los rasgos más típicos de los árboles tropicales, que en el buen clima de la selva lluviosa pueden permitirse el lujo de dejar que crezcan sus frutos durante un invierno o más, porque a efectos prácticos el invierno apenas se distingue del verano.

Así que las bellotas tardonas de la coscoja nos dan la pista que estábamos buscando: sólo un genuino descendiente de árboles tropicales podría mostrarnos algo así. En eso contrasta vivamente con sus parientes de última generación, los robles, árboles del mismo género que la coscoja (Quercus) pero que han perdido muchos rasgos tropicales para adaptarse al frío de los bosques europeos al norte del mediterráneo. Sus bellotas caen al primer otoño, y además sus hojas ya no son perennes, como las de los árboles tropicales, sino que se han vuelto caducas - el roble las deja morir en otoño y así se evita posibles daños por congelación. Todos estos y muchos más pequeños detalles son las pistas, en apariencia insignificantes, que nos permiten resolver esos misterios que nos brinda la naturaleza con tanta abundancia a poco que la intentamos entender.

Basado en el origen de la flora mediterránea narrado en Thompson (2005) Plant evolution in the Mediterranean (Oxford University Press).

06 noviembre 2010

Gelatina medicinal consume terciopelo violeta

El título de esta entrada no está sacado de ninguna oscura obra surrealista, sino que, por extraño que parezca, se ciñe a la realidad, a una de esas historias increíbles de nuestro monte mediterráneo. Este es el hongo Tremella mesenterica creciendo sobre el tocón de un romero. Más concretamente, lo que vemos aquí equivale a una seta, el cuerpo fructífero con que el hongo fabrica sus esporas. Antes de producir esta gelatina anaranjada, llamada en inglés mantequilla de brujas, el hongo consiste en levaduras, células microscópicas que se desarrollan como un parásito "vampiro", absorbiendo nutrientes directamente de las células de otros hongos de la madera, hongos como el moho violeta llamado Peniophora quercina (pinchad para verlo), común en las ramas muertas de las encinas en esta época del año.

Las levaduras de Tremella que consumen este terciopelo violeta pueden ser de dos sexos distintos, pero sería muy extraño llamarlos macho y hembra, ya que son sólo células. Ambos sexos se atraen mediante sustancias químicas y al unirse dan lugar a una célula-huevo que crece hasta formar esta gelatina dorada. Hace poco se ha descubierto que tiene propiedades anticancerígenas: cuando esta extraña masa se macera en alcohol, el extracto resultante provoca la muerte de las células malignas de ciertos tipos de cáncer de pulmón. ¿Qué otras sorpresas medicinales nos aguardarán entre toda esta biodiversidad ignorada del monte mediterráneo? Y pensar que para muchos todo lo que no sea caza o cultivos debe ser eliminado de la naturaleza...

Basado en estas fuentes:
Chen et al. (2008) Induction of apoptosis in human lung carcinoma A549 epithelial cells with an ethanol extract of Tremella mesenterica. Bioscience 72:1283-1289.
Sakagami et al. (1981) Peptidal sex hormones inducing conjugation tube formation in compatible mating-type cells of Tremella mesenterica. Science 212:1525-1527.

Más sobre el mundo fascinante de los hongos en la guía de Marcel Bon (2005) Hongos de España y de Europa (Omega).

19 octubre 2010

Terciopelo rojo

Vamos adentrándonos en el otoño, y en nuestro monte, sobre la tierra empapada, entre la hojarasca, crecen setas y pululan seres diminutos, como los colémbolos saltarines. Pese a su tamaño minúsculo, los colémbolos no escapan a una de las reglas no escritas para los animales, el comer y ser comido. Igual que los antílopes son cazados por el leopardo y las focas por el oso polar, los colémbolos tienen a su propio gran depredador: el ácaro rojo de terciopelo (arriba). Este arácnido, de aspecto verdaderamente aterciopelado bajo la lupa, que con su color rojo advierte de su posible toxicidad, apenas mide tres milímetros, apenas puede corretear sobre sus largas patas, y su vista es tan mala que necesita tantear su camino constantemente, usando para ello su largo par de patas delanteras como un ciego con dos bastones, pero en su mundo el ácaro rojo ocupa una posición ecológica similar a la de un león o un águila - salvando diferencias tales como que el ácaro también come huevos de insecto. Sin embargo, los animales tan pequeños como este ácaro tienen abiertas muchas más posibilidades que los grandes vertebrados, maneras de vivir que serían imposibles para aves y mamíferos. Lo podemos comprobar una tarde de agosto, cogiendo algunos saltamontes y examinando sus alas. No será raro encontrarlas plagadas de motas rojizas, que a través de la lupa revelarán ser larvas de ácaro, fijadas por la boca a las venas de las alas del saltamontes, alimentándose del fluido que las recorre, la hemolinfa. A su manera, los insectos también albergan "piojos". Cuando esas larvas crecen, después de mucho saltar a bordo de su hospedador, se sueltan y se transforman en el animal del dibujo, similar a una araña escarlata pero con ese aire primitivo de los ácaros. No en vano los ácaros se cuentan entre los primeros animales que se adaptaron a la vida en tierra firme, hace más de 400 millones de años. Mucho tiempo después, la evolución produjo a los saltamontes, y sólo entonces pudieron aparecer, a su vez, los ácaros rojos de terciopelo. Lo caminos de la evolución son largos y tortuosos, pero los de la fauna diminuta pueden ser asombrosamente distintos de los que han seguido los grandes animales.

Más sobre los parásitos de los saltamontes en Faune de France - Ortoptéroïdes (Chopard, 1951), descargable desde el enlace que proporciono en la barra derecha del blog.

12 octubre 2010

Agricultoras por despiste

Los campos manchegos pueden parecen estepas de puro llanos y desolados, una monotonía de viña, cereal y olivo sólo interrumpida por algunas manchas de matorral como la que nos ocupa en este blog. La semejanza con estepas se debe en gran medida a siglos de tala, pastoreo y quema de encinar, lo que ha forjado el nombre de estepas antrópicas para estos territorios. Pero el parecido se extiende más allá del aspecto, hacia la pequeña fauna que los habita, en la que predominan saltamontes y hormigas como en las verdaderas estepas asiáticas, como en las sabanas y praderas. En concreto las hormigas esteparias suelen ser comedoras de semillas, a diferencia de sus parientes de bosque, de gustos no tan especializados. Sobre nuestras hormigas granívoras ya hemos hablado por aquí alguna vez; son las Messor, uno de cuyos hormigueros encabeza esta entrada. La foto muestra una suerte de terraza de tierra suelta, extraída por las hormigas del subsuelo, una tierra rica en minerales en la que muchas hierbas encuentran más fácil germinar y crecer que en la tierra yerma justo al lado. Por eso, en estos días de lluvia, no es extraño dar con estas imágenes en el monte, pequeñas manchas de hierba nacida en torno a los hormigueros como islas de verdor ralo esparcidas por el suelo pardusco. Me hacen pensar que las hormigas, sin querer, inventaron la agricultura mucho antes de que apareciera el ser humano. Porque, aunque comen semillas, aunque pueden destruir una cantidad enorme de futuras plantas, también se les caen algunas por el camino, y sin darse cuenta las expulsan del hormiguero junto con los desperdicios. De este modo, algunas semillas escapan de las mandíbulas de las grandes obreras cabezonas y de paso caen a la tierra mullida y abonada que circunda el hormiguero. Con semejante sustrato, una semilla tiene buenas bazas para crecer alta y dar a su vez muchas semillas, en la misma puerta de la casa de sus cosechadoras, estableciendo así con ellas una extraña relación de mutuo beneficio. Con esta verdadera agricultura involuntaria, a través de sus "terrazas" las Messor llegan a modificar la estructura de especies del pasto, favoreciendo a las plantas que las mantienen. Y sus minúsculos jardines brotan ahora, fruto de los errores de las hormigas al dejarse semillas fuera, pero, desde luego, pocos despistes resultan más productivos para quien los comete. De hecho, si las Messor fueran tan inteligentes y cuidadosas como para no perder ni una sola semilla, seguramente comerían peor, perdiéndose esas semillas bien crecidas en su misma puerta. ¿Quien dijo que en la evolución la inteligencia es siempre una ventaja?

Más sobre la fauna de las estepas en un clásico de la ecología: Animal geography (Hesse, 1943), descargable desde Biodiversity Heritage.

03 octubre 2010

Parecidos razonables (I)

Hasta ahora todavía no he practicado en este blog uno de los pasatiempos favoritos de los naturalistas: buscar casos de convergencia evolutiva, en concreto especies de regiones lejanas que sean similares a alguna especie local, similitud debida a que la evolución ha perfilado a ambas especies del mismo modo, adaptándolas a vivir representando el mismo papel en su comunidad, el mismo nicho ecológico. Bien, nuestros montes son mediterráneos, y el clima mediterráneo, con su vegetación característica, existe también en California, Chile, Sudáfrica y Australia. Dejándonos llevar por el atractivo de lo más lejano, fijémonos en Australia, en los matorrales mediterráneos de su fachada meridional, esa vegetación llamada mallee que encuentra al Sur los confines del océano que bate las costas de la Antártida. Matorrales con plantas de hojas duras, perennes, eucaliptos y melaleucas, arbustos completamente distintos en su linaje al de nuestras carrascas y coscojas, dan cobijo a pájaros que son como primos lejanos de nuestras aves, especies separadas por millones de años de evolución y sin embargo sorprendentemente parecidas, pruebas vivientes de que la evolución produce las mismas soluciones para entornos de idénticas condiciones, aunque estén separados por casi 20.000 kilómetros.

El dibujo representa uno de los pequeños pajarillos del matorral mediterráneo australiano, el llamado mallee emu-wren, o "chochín-emú del mallee" (Stipiturus mallee; pariente de los espectaculares fairy-wren o "chochines-hada"). Un ave diminuta, insectívora, que trajina sin cesar entre las ramas bajas, de pecho vistoso y larguísima y peculiar cola, con 6 plumas desflecadas similares a las del emú, de lo cual viene su nombre. Ahora volvamos a nuestro ecosistema y contemplemos una curruca rabilarga (Sylvia undata). Su tamaño es minúsculo, su pecho no es azul pero sí rojizo, vinoso, llamativo a fin de cuentas comparado con el resto de su librea, y su cola desproporcionadamente larga incluso parece desequilibrarla en sus vuelos de rama en rama en busca de insectos. ¿Cómo explicar todas estas semejanzas? No cabe proponer que se deban al parentesco: nuestra curruca pertenece a la familia Sílvidos, mientras que el emu-wren es un Malúrido, una familia austral muy distinta y desconocida en nuestro hemisferio terrestre. La única respuesta al parecido es la evolución convergente: la selección natural modela a las especies como arcilla hasta esculpir seres similares para ecosistemas similares. En los matorrales mediterráneos se diría que hay un puesto disponible para un pájaro que sea insectívoro, que se mueva por el ramaje, minúsculo, de cola larga y pecho vistoso. Y ya sea en los montes ibéricos o en las antípodas, la evolución parece ser más predecible de lo que podríamos imaginar.

Más sobre las aves mediterráneas australianas en Birds of Australia (Simpson & Day, 2007).

25 septiembre 2010

Frutos de seis patas

Al entrar el otoño, millares de pajarillos cruzan por el matorral mediterráneo en busca de tierras menos frías, y en su camino ya vimos cómo picotean y tragan infinidad de frutos que los arbustos del monte producen por estas fechas. Estos frutos han evolucionado para ser comidos, para que así los pájaros, al expulsar la semilla en sus excrementos, dispersen a la futura planta, alejándola así de las raíces y el sombraje de su planta progenitora, que podrían perjudicar su crecimiento. Por eso los frutos del espino albar (imagen de fondo), del jazmín, del torvisco, del espino negro, de la esparraguera y de tantos otros matorrales son fáciles de ver para los pájaros, son vistosos, de llamativo rojo o negro, jugosos, apetecibles, diseñados por la evolución para tentar el apetito de quienes en breve habrán de afrontar los rigores del invierno con buenas reservas de energía.

Pero los frutos se enfrentan con un problema: si son demasiado apetitosos, demasiado fáciles de digerir, entonces los microbios que siempre hay por la superficie de las plantas seguramente los consumirían antes incluso de que tuvieran opción de consumar su destino siendo comidos por un pájaro, o quizás los comerían otros animales que no los dispersarían. Quizá es para evitar esto por lo que muchos frutillos, como los del torvisco, se protegen fabricando sustancias tóxicas, venenos que sus aliados alados pueden detoxificar sin problemas. Por esto, no sería raro que los pajarillos que ahora engullen frutos sin cesar fuesen especialmente resistentes frente a las toxinas de todo tipo, incluidas... las de los insectos venenosos. Estos insectos, como el chinche de campo Eurydema ornata (dibujo), resultan muy llamativos por sus vivos colores, que como un semáforo están señalando a las aves insectívoras que no son plato de gusto, que si los comen pueden tener serias indigestiones. Todavía quedan entre las hierbas altas muchos de estos chinches de campo y otros insectos del estilo, de los que avisan con sus colores (aposematismo). Y sin duda ese color, que pretende ser una advertencia, es para los pajarillos frugívoros un anuncio, acostumbrados como están a comer frutos rojos, negros... ¿Qué pueden perder estas aves si comen alguno de estos "frutos de seis patas"? Siendo como son, inusualmente resistentes a las toxinas, por su dieta de frutos, no es extraño que pájaros como la curruca capirotada (en el dibujo, un macho) coman muchos más insectos tóxicos, aposemáticos, que los pájaros menos frugívoros, como el carbonero.

Así, por una curiosa casualidad de la evolución, la presencia en la Región Mediterránea de arbustos de fruto carnoso, herederos de antiguos linajes tropicales, supone una amenaza para los insectos aposemáticos, un riesgo que se materializa en el acto de predación por parte de las pequeñas aves frugívoras. Sin embargo, es la savia de estas mismas plantas la que puede alimentar a estos insectos, como Eurydema, lo cual convierte a los arbustos en máximos benefactores para los pájaros: no sólo les dan refugio, y frutos, sino también calorías en forma de insectos... aunque éstos sean venenosos, lo que al parecer no importa mucho a nuestra ahora casi ubicua curruca capirotada.

Esta refrescante idea sobre la ecología evolutiva de plantas, aves e insectos mediterráneos se le ocurrió hace ya tiempo a Carlos M. Herrera, autor del último artículo enlazado en el post, en el cual se basa toda esta historia.

18 septiembre 2010

Náufragos y refugiados

Otro año más llegó la gota fría, esa época de tormentas nacida del brusco encuentro entre el aire frío del Norte y el cálido remanente del verano mediterráneo. Y aunque estas lluvias pueden ser catastróficas, lo cierto es que cada otoño cargan estas tierras de futuro para numerosas especies. En nuestro ecosistema, ahora mismo, mientras las gotas impactan contra el suelo reseco, se despierta de su letargo estival lo que yo llamo la fauna de las tempestades: el milpiés Ommatoiulus, las cochinillas de la humedad Porcellio, y los colémbolos, Dilta, los arqueognatos, los verdes sapos corredores y los pardos sapos comunes (dibujo), entre otros. Animales que son como náufragos pero al revés, porque logran sobrevivir al verano en refugios húmedos, eludiendo la sequía, o para ellos la muerte, siempre entre las rocas, en la hojarasca umbría, a veces verdaderamente enterrados en vida para poder mantenerse con ella.

Y cuando contemplamos cómo estos animales encajan en el árbol de la vida de la evolución, un hecho insólito se nos revela: que entre la fauna de las tempestades hay muchos de los linajes más primitivos de animales terrestres. Así, colémbolos, Dilta y arqueognatos se cuentan entre lo que llamaríamos los insectos más antiguos del planeta, los más cercanos a los crustáceos de agua dulce de los que descendió la estirpe de los insectos. También los miriápodos resultan antiquísimos, y los sapos nos recuerdan que fueron los anfibios los primeros vertebrados en salir del agua. ¿Por qué estos pioneros de la tierra firme dependen de la humedad para vivir? Simplemente porque la evolución sucede por pasos graduales: los primeros animales terrestres descendían de animales acuáticos, por lo cual se parecían a ellos y todavía necesitaban permanecer cerca del agua. Recién emancipados del líquido elemento, incapaces de sobrevivir en plena aridez, requerían mucha humedad para vivir. Más tarde, sus descendientes, erguidos a hombros de estos gigantes colonizadores, desarrollaron adaptaciones que ya sí les permitieron tolerar un entorno seco, y así se rompió el estrecho lazo con la humedad; eran los reptiles y la mayoría de los insectos. Y aún hoy, millones de años después, la fauna de las tempestades en nuestro pequeño y seco monte mediterráneo es como el recuerdo lejano de aquella época remota en que la biosfera producía los primeros animales terrestres. Porque, como nuestra propia memoria, como las ciudades o la sociedad, los ecosistemas están hechos de piezas de distintas edades, especies que son el testimonio viviente del largo y azaroso camino de la evolución en este planeta.

06 septiembre 2010

El viejo muro

El viejo muro se alza frente a las encinas como si fuera una excrecencia natural del paisaje. Para los animales más pequeños, esta robusta tapia es como un gran acantilado, como una extraña ciudad vertical de ruinas de roca y barro que oculta habitantes insólitos. Junto a las destartaladas telas de la araña zanquilarga Holocnemus se abren en las grietas los embudos de seda de las arañas Segestria, orlados de los restos exangües de sus presas (hormigas, avispas, mantis-perla...), como una siniestra advertencia que sus futuras víctimas nunca podrán comprender. Cerca de allí aparecen decenas de tallitos huecos adheridos a la pared; son los nidos de las diminutas abejas metálicas Ceratina. Los parasitan algunas avispas delgadísimas que cruzarán una y mil veces junto a los avisperos de papel de las Polistes, o ante los nidos de cemento natural de las abejas albañil.

De trecho en trecho, una jarrita de barro atestigua que aquí hay avispas alfareras. La más corriente es la menor, la pequeña Eumenes coarctatus, que construye su cántaro a base de pellas de barro humedecido por las tormentas, y más tarde aprovisiona la vasija con pequeñas orugas paralizadas, que servirán de alimento vivo a su voraz larva cuando el nido ya esté sellado. Lo mismo hace la mayor de nuestras alfareras, la avispa Delta unguiculata (dibujo), que caza las mayores orugas entre la hierba medio seca que aún verdea en las umbrías. Si nos fijamos, notaremos algo curioso: los nidos de avispas alfareras están situados siempre en la cara Este del muro, mientras que las abejas albañil los ubican por ambas caras. ¿Por qué esta asimetría? Podemos averiguar la respuesta con un nido viejo de avispa alfarera: unas gotas de agua bastan para empezar a deshacer la estructura, que sólo es barro seco, mientras que un nido de abeja albañil es de barro cementado con la saliva del propio insecto y resiste perfectamente las inclemencias de la lluvia. Dado que aquí las lluvias entran casi siempre desde el Oeste, las avispas alfareras evitan sabiamente la ruina de sus nidos rehuyendo este lado. No sólo son consumadas maestras de la artesanía del barro, sino que tienen un conocimiento innato de dónde deben construir sus obras, como ya notó Fabre hace más de un siglo.

Con toda esta fauna, en estos días de fin de verano los viejos muros pasan a ser auténticos focos de biodiversidad de invertebrados en el monte mediterráneo. Además, al dar cobijo a muchos pequeños predadores, como las arañas y avispas, los muros abandonados ayudan a controlar posibles plagas de orugas y otros insectos. Ante tanto valor ecológico, ¿qué acierto hay en eliminar estos silenciosos testigos de la cultura rural?

30 agosto 2010

Primer año de este cuaderno

Cumple el blog su primer año en este final de agosto, y la verdad es que en este tiempo ha sido una gozada el dar a conocer desde aquí algo de la vida fascinante de este monte mediterráneo (en la foto, una vista del borde Noroeste) tan pequeño como grande en diversidad, que no es sino la de uno de tantos rincones desprotegidos en la Península Ibérica. Y este primer cumpleaños es un día tan bueno como cualquier otro para echar la vista atrás y sintetizar un poco. ¿Qué se puede aprender de este primer ciclo anual que hemos seguido en nuestro ecosistema?

Comenzamos el blog con el final del verano, cuando los meses de calor y sequía tenían en jaque a las plantas y animales del lugar, que, más parecido a un desierto que nunca, se despertó de su tórrido letargo con las lluvias y el fresco de septiembre. Mientras las aves del Norte cruzaban hacia sus cuarteles de invierno, picoteando frutos en los matorrales, brotaban en el suelo muchas hierbas, se abrieron las últimas flores (que eran las primeras) y la vida minúscula de los invertebrados se reactivó bajo las rocas, mientras en las encinas una plétora de habitantes se afanaba aprovechando las rechonchas bellotas de una otoñada inusualmente cálida. Pero los buenos tiempos del otoño son efímeros, y con el frío y las primeras heladas la vida entró en un gélido torpor del que sólo pueden librarse los animales de sangre caliente, las aves y mamíferos, los únicos capaces de mantenerse activos entre el hielo y la nieve. Al avanzar el invierno, diezmados ya los pequeños pájaros del Norte por la carestía de alimento y el frío, regresó al ecosistema la extraña quietud de los desiertos, acompañada esta vez de una cantidad enorme de lluvias, como jamás se había visto en décadas. Y sin embargo, un año más, una planta diminuta abrió sus flores al final del invierno, nos mostró el triunfo de la vida sobre las adversidades, y los romeros y almendros florecieron. Mientras el pasto se llenaba de plantas en flor a cual más insólita, de insectos, reptiles y mamíferos, alcanzamos el efímero esplendor de la primavera mediterránea, un espectáculo sujeto a tremendos vaivenes meteorológicos, como las oleadas de frío que vinieron en mayo y junio. Pero finalmente la sequía estival se abatió sobre el pasto y comenzó el último acto del ciclo, un verano en que el Sol puso a prueba una vez más la resistencia de los seres vivos. El campo se llenó de insectos tropicales, como las cigarras y saltamontes, la presencia de aves africanas se hizo más llamativa, y poco a poco todas estas especies propias del Sur llegaron al final del drama de este año en el ecosistema, y retornó esa quietud que no es sino el preludio de un nuevo ciclo.

Así es como las estaciones cambian radicalmente la vida en el monte mediterráneo, donde la mayor parte del año se diría que es una dura prueba de supervivencia, ya sea por frío, o por calor y sequía. Al cabo de los doce meses, apenas hay cuatro en los que la vida pueda prosperar sin heladas y con agua en el suelo. Un breve tiempo que, sin embargo, es suficiente para hacer de estos ecosistemas verdaderos hervideros de biodiversidad. Y entre toda la variedad de especies, historias y procesos, cada uno tiene sus preferencias. ¿Y las vuestras, cuáles son? ¿Qué entrada destacaríais de todas las de este primer año, si es que preferís alguna en especial? ¿Que por qué os lo pregunto? Simple curiosidad, porque también nosotros formamos parte de los ecosistemas.

23 agosto 2010

No son la élite

Siguen los días del regreso a los trópicos, y otro año más cruzan por nuestro monte algunos papamoscas grises (Muscicapa striata, arriba). Pero no debe de gustarles mucho la travesía, porque prefieren vivir en sitios mucho más frescos y umbrosos, en los escasos bosques de ribera que aún se mantienen junto a los ríos de La Mancha. Lo mismo cabe decir de otras aves de paso frecuentes en estos días, como los zarceros comunes, los autillos, y las oropéndolas que nos ocupaban la semana pasada. Otros nómadas son más bien propios de roquedos, naturales o artificiales (pueblos), como los vencejos y las golondrinas. El caso es que casi todas las aves que cruzan esporádicamente por nuestro ecosistema prefieren para vivir un hábitat distinto al seco matorral mediterráneo. Esto es fácil de entender: las aves de paso han de pertenecer mayoritariamente a hábitats diferentes al matorral mediterráneo sencillamente porque en nuestro ecosistema reside casi toda la avifauna de los matorrales bajos de esta región. Y esta observación, que parece tan sencilla, esconde una gran verdad sobre el funcionamiento de la naturaleza.

Vayamos por partes. Según los libros de texto de ecología, una comunidad cualquiera, por ejemplo, de pájaros, se compone de especies que desempeñan determinados "papeles" en la economía del ecosistema, papeles que se suelen llamar nichos ecológicos (por ejemplo, gran carnívoro, carnívoro mediano, carnívoro pequeño...). La ecología clásica nos dice que por cada nicho debemos esperar una sola especie en la comunidad. No puede haber más especies que nichos, porque si dos especies intentaran ocupar el mismo nicho, competirían una con otra hasta que sólo quedara una. En esta visión, la comunidad de pájaros vendría a ser como un club selecto donde sólo se admite a las especies más competitivas.

Sin embargo, esta visión clásica no cuadra bien con la realidad. Si fuera cierta, habría un límite para la cantidad de especies en las comunidades: el número de nichos disponibles. Pero la realidad es que se observa justo lo contrario: la mayoría de los paisajes no parecen estar limitados de ninguna manera en su número de especies. Pongamos por caso nuestro monte. ¿Qué clase de club selecto va a ser, si prácticamente viven en él todas las aves típicas del matorral bajo en la región? Si la competencia fuera tan importante, algunas de esas aves habrían quedado excluidas por las especies más competitivas. Como no hay indicios de que esto suceda, la comunidad de aves se parece más bien a un local de aforo ilimitado que a un club selecto. Y si el aforo ilimitado para las especies es la regla general en los paisajes, como parece serlo, entonces llevamos décadas dando a la competencia un papel exagerado en las comunidades naturales...

Los más interesados en este tema, ¡atentos al artículo clásico del tercer enlace!