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23 abril 2011

Praderas en el aire

Los primeros árboles que surgieron sobre la tierra trajeron nuevas oportunidades de vida para los animales, hace unos 400 millones de años. Alzándose del suelo gracias a su tronco, un árbol puede dar hojas a lo largo de metros y metros de altura, formando así una masa verde mucho más voluminosa que la de cualquier pradera que creciese en la misma superficie de suelo que abarcan sus raíces. Realmente la plétora de pequeños herbívoros que se ceban cada año en los renuevos de nuestras encinas hace pensar que para la mayoría de los animales un árbol es algo así como una pradera suspendida en el aire a lo largo de ramas. Pero para un animal pequeño se trata de una pradera bastante desprotegida, porque entre las hojas y ramas no hay refugios tales como rocas, hojarasca o simplemente tierra donde enterrarse, escondrijos todos ellos que sí suelen hallarse a ras de suelo por imperativo de la fuerza de gravedad. Ante esta falta de refugios y la abundancia de enemigos (pájaros, avispas, moscas rapaces...), no es raro que muchos de los diminutos herbívoros de las encinas se fabriquen ellos mismos sus propios escondites. Por ejemplo, cada una de las abundantísimas orugas de la polilla Aleima loeflingianum se oculta en un estuche que construye uniendo con seda los bordes de varias hojas de encina.

Otra manera de protegerse con las hojas nos la muestra el escarabajo rojo de la imagen, un gorgojo enrollahojas. La hembra hace a mordiscos un corte en una hoja de encina de tal manera que la lámina verde se enrolla sobre sí misma formando una especie de tubo. En el interior de esta guarida la hembra pone huevos, y la larva del futuro gorgojo se desarrollará allí dentro, a salvo, alimentándose de los tejidos tiernos de la hoja. Pero, a pesar de todas estas precauciones, el cobijo del enrollahojas todavía puede recibir a un inquilino: la larva del gorgojo verde Lasiorhynchites, que cría en los refugios de su pariente el enrollahojas. Ambas larvas crecen juntas dentro del estuche, aparentemente en buena armonía, hasta que caen al suelo para pupar. Allí sus caminos se separan, pero quizás sólo por unos meses, porque si todo les va bien estos "hermanos de hoja" podrán reencontrarse ya como adultos en los brotes de alguna carrasca en el mes de abril.

Los gorgojos enrollahojas son típicos de las selvas tropicales, y en nuestros montes constituyen un recuerdo más del pasado tropical de la región mediterránea. ¿Qué improbables senderos de la evolución habrán llevado a los enrollahojas y a su inquilino verde a vivir de este modo, como reliquias de un linaje tropical en pleno monte mediterráneo? En cualquier caso, estos gorgojos tan solo representan la punta del iceberg, una más de las muchas historias insólitas que se ocultan en el extraño país de las maravillas que hay en la copa de una encina. En la copa de una simple encina, de una cualquiera de nuestros millares de encinas.

Basado en la narración de Fabre sobre el gorgojo Attelabus (Souvenirs Entomologiques) y en la información sobre estos grogojos que figura en la guía de coleópteros de Zahradnik (Omega, 1990).

09 abril 2011

Flores mentirosas

En el pasillo de las orquídeas-abeja, entre dos filos de encinas, se alzan algunos romeros; a la sombra de su madera retorcida cuelgan las campanas del tulipán de monte, y alrededor de ellos se extiende un pasto pedregoso repleto de manzanilla portuguesa. No hay ni una sola orquídea llamativa, como Orchis papilionacea, pero sí muchas orquídeas-abeja, con sus flores abriéndose como extraños insectos, pelirrojas y aterciopeladas, con formas extravagantes y reflejos como de alas que relucen.

Algunas abejas macho encuentran irresistibles estas flores. Realmente les recuerdan a una hembra, no sólo por su aspecto, sino por su olor. De algún modo, millones de años de evolución han proporcionado a las orquídeas la fórmula secreta del aroma de la abeja hembra a la que imitan. Hasta tal punto es bueno el engaño que las abejas macho tratan inútilmente de aparearse con la flor. Cuando los forcejeos de la abeja la colocan en la posición adecuada, se le quedan pegadas dos bolsas de polen, las polinias (adheridas a la frente, o al extremo del abdomen, según la orquídea). Así su próxima visita a otra orquídea-abeja podrá polinizar la flor. ¿Resultado? La pobre abeja ha tenido dos decepciones sexuales, y la orquídea se ha gastado cero calorías en néctar para atraer a las abejas, pero a pesar de eso ha conseguido reproducirse: el engaño sexual le ha dado buenos dividendos evolutivos.

Y sin embargo, siempre que veo orquídeas-abeja pienso que están atrapadas por su propio engaño. Porque, ¿qué ocurriría si lograran ser muy abundantes? Las abejas perderían mucho tiempo y energía entreteniéndose con las flores engañosas, y eso les restaría capacidad reproductiva. Entonces la selección natural se pondría en marcha seleccionando a los machos capaces de detectar e ignorar las imitaciones florales. Con esto, las orquídeas abeja perderían clientela, y se verían obligadas a evolucionar, mejorando sus imitaciones. Así entraríamos en un círculo vicioso, en el que, generación tras generación, las abejas se volverían cada vez más hábiles descubriendo los engaños y las orquídeas harían señuelos cada vez más eficaces. Es lo que se llama una “carrera de armamentos”, cuyo final podría ser o bien abejas que ya no pueden ser timadas por las orquídeas (las cuales irían escaseando hasta quizás desaparecer), o bien una flor con todo lo que una abeja macho pueda soñar, un señuelo insuperable… con el que las orquídeas estarían no ganando la partida, sino perdiéndola. Porque, si las orquídeas abundan y el señuelo es tan bueno que las abejas macho realmente lo prefieren a las hembras, eso diezmará la reproducción de las abejas, y entonces cada año tendrán menos polinizadores, con lo cual las orquídeas se reproducirán cada vez menos, y quizás se extingan. Su propio éxito habrá sido su fracaso, igual que si un depredador fuese tan eficaz como para exterminar a sus presas o un parásito se contagiase como una plaga acabando con sus hospedadores.

¿Cuál es la solución a esta partida de ajedrez evolutiva? La que nos muestran nuestros campos: pocas orquídeas-abeja, pero con flores muy atractivas para las abejas macho. Al ser pocas flores, no estorban demasiado la reproducción de sus abejas, por lo que no entran en la peligrosa carrera de armamentos. Y al ser flores muy atractivas, da igual que sean pocas, porque seguramente tendrán éxito. Al apostar por la escasez como estrategia de supervivencia, las orquídeas abeja son lo que se llama “enemigos raros” de sus polinizadores. Evocan la idea de que la naturaleza es una vasta calculadora analógica, capaz de resolver complejos cálculos evolutivos usando, entre otras unidades, flores e insectos.

En la imagen, una de las cuatro especies de orquídea-abeja del paraje, Ophrys lutea. Más sobre polinización por decepción sexual en este artículo.

29 abril 2010

Vampiro vegetal subterráneo

La mayoría de las plantas se fabrican su propio alimento, pero algunas, además, se lo roban a sus vecinas. He aquí una de estas ladronas, llamada Bartsia latifolia, alias Parentucellia o algarabía. A su lado suelen verse hierbas que están como ajadas prematuramente, con el aire pálido y enfermizo de las víctimas del vampiro, porque Bartsia les está chupando la savia desde las raíces, como podremos comprobar excavando con cuidado. Cuando las raíces de Bartsia contactan con las de su víctima, se hinchan atrapándola y forman así botones llamados haustorios, por los cuales succiona la savia bruta de su desdichada vecina - parece gustar especialmente de la savia de pequeñas espigas, llamadas Vulpia. De este modo, Bartsia logra crecer un poco más a costa ajena, en lo que constituye un ejemplo del llamado hemiparasitismo, y, como también puede florecer sin parasitar, se dice que es hemiparásita facultativa. Pero eso no es todo: la superficie de Bartsia es viscosa, pegajosa... como, supuestamente, lo era la de los antepasados de algunas plantas carnívoras que atrapan a sus presas mediante hojas adhesivas, como la grasilla. Así es Bartsia latifolia: un hemiparásito facultativo con trazas de ancestro de planta carnívora. Pongámosla junto a la mantispa en el podio de lo más extraño de nuestro ecosistema... al menos, ¡por ahora!

26 abril 2010

La mayor riqueza es... ¿un suelo no muy rico?

Al avanzar la primavera, nuestro ecosistema se transforma rápidamente, cuando, cada pocas semanas, cambian las flores dominantes en el pastizal. Por ejemplo, concluye en estos días el tiempo de los Senecio minutus, esas minúsculas margaritas endémicas amarillas, y comienza el tiempo de los ranúnculos (Ranunculus paludosus), cuyas flores, como botones dorados, se abren por doquier, junto con todo su cortejo de especies acompañantes: orquídeas-abeja, acederas de lagarto, silenes, minúsculas cariofiláceas, y tulipanes de monte, manzanillas portuguesas, espigas de Vulpia, lino de lagartijas, herraduras, vulnerarias...

¿Cómo pueden tantas especies distintas crecer en el mismo ecosistema? Como vimos antes, parte de la respuesta parece estar en que los herbívoros impiden que unas especies excluyan a otras, pero no deja de ser llamativo que un suelo tan pobre, tan rocoso, albergue tantísima biodiversidad. A primera vista, uno podría pensar que cuanto más rico sea el suelo, más especies vegetales habrá en él, pero, de nuevo, puede que la intuición nos engañe. Porque la mayor biodiversidad suele darse no en los suelos más ricos, ni tampoco en los más pobres, sino en los que no son ni muy pobres ni muy ricos... más bien medianamente pobres. Suelos como el de nuestro ecosistema, casualmente. ¿A qué puede deberse esta extraña relación? ¿Tendrá que ver la competencia entre especies, favorecida en suelos muy ricos? La respuesta parece que no está clara, y el tema permanece como uno de los más complejos de la ecología actual - incluso hay quien duda de que esa relación entre biodiversidad y productividad del suelo realmente exista a escala mundial, aunque sí se dé, por ejemplo, en los pastos mediterráneos. La controversia está servida... ¿alguna idea?

19 abril 2010

¿Algunas lagartijas son como hierbas?

He aquí a un endemismo iberomediterráneo, una lagartija cenicienta (Psammodromus hispanicus). Está tomando el sol en un claro del tomillar, su territorio de caza. Si la cogiéramos se pondría a chillar, en lo que constituye una eficaz estrategia defensiva, pues lograría que la mayor parte de la gente la soltase. Pertenece a una familia de reptiles muy propios de la Región Mediterránea, los lacértidos, los lagartos y lagartijas. Al ser de sangre fría, estos saurios necesitan muy poco alimento, así que sobreviven en matorrales muy pobres y pedregosos - desde este punto de vista, los mamíferos nos las arreglamos mucho peor que los reptiles, ¡necesitamos comer demasiado! Por un motivo u otro, el matorral mediterráneo es seguramente el hábitat más rico en reptiles de toda Europa. Por ejemplo, en nuestro ecosistema hay al menos 4 especies de lacértidos: las lagartijas cenicientas recorren los tomillares, mientras que las lagartijas colilargas buscan la espesura de las coscojas, y en los roquedos viven tanto lagartijas ibéricas como grandes lagartos ocelados.

Comparemos a la lagartija cenicienta con su pariente más próximo, la lagartija colilarga, que también pertenece al género Psammodromus. La mayoría de las cenicientas no logra sobrevivir a su primer año de vida, mientras que las colilargas normalmente sí y viven hasta 5-7 años. Además, las cenicientas maduran a los 8-9 meses de edad; las colilargas necesitan 1-2 años. En vista de lo cual, si comparamos a estas lagartijas con plantas, la cenicienta sería una hierba anual y la colilarga una leñosa. Las hierbas anuales suelen ser los colonizadores pioneros de la tierra desnuda, se propagan fácilmente y colonizan nuevos territorios con rapidez. Sabiendo esto, ¿será casualidad el que la lagartija cenicienta, al parecer, se haya adelantado a otras especies de saurios en su colonización de nuevos territorios después de la última Edad de Hielo? Quizá, después de todo, algunas lagartijas sí sean como hierbas, porque la evolución repite una y otra vez las mismas estrategias en distintos organismos.

Datos sobre los saurios mediterráneos en Reptiles y Anfibios: Guía de Campo (Arnold & Ovenden 2002, Omega)

07 abril 2010

Elaiosoma

Salvo excepciones, nosotros, los animales, podemos movernos; podemos huir de donde no queramos estar y buscar mejores sitios. En cambio, las plantas, una vez arraigadas, jamás abandonarán su puesto: deben afrontar todo lo que venga o morir. Su única opción de viajar es cuando aún son semillas, pequeños embriones rodeados de alimento, juguetes del viento, del agua, de los animales, y sobre todo de la ciega injusticia del azar.

De entre los animales, en nuestro ecosistema ninguno ayuda tanto a las plantas a viajar como las hormigas. Ejércitos de hormigas patrullan incesantes cada brizna de hierba, cada palmo de suelo, durante la primavera mediterránea, y en su deambular comen ingentes cantidades de huevos de insecto y se llevan en las mandíbulas las semillas que más les gustan. Suelen gustarles las que tienen un apéndice graso nutritivo: un elaiosoma. Para ellas es comida, pero para la semilla representa el pasaporte a la tierra mullida y abonada que rodea al hormiguero, ya que es allí, en la misma entrada, adonde las hormigas pueden llevarla para dejarla abandonada tras dar buena cuenta del bocado oleoso del elaiosoma.

Así, gracias a los elaiosomas, las semillas no sólo pueden viajar sino que alcanzan una tierra muy favorable para su crecimiento. Con tamaña ventaja, no es raro que los elaiosomas hayan surgido independientemente en varios linajes de plantas de la flora mundial. Volviendo a nuestra Región Mediterránea y al mes de abril, seguramente habría que agradecer a las hormigas la imagen de muchas de las trompetas rosas que ahora abre junto a los caminos una de nuestras labiadas más tempranas, la ortiga muerta Lamium amplexicaule. Mientras avanza la primavera, nuevos elaiosomas crecen sobre las incipientes semillas de esta especie, como demostrando una inteligencia que ni existe en las plantas ni es necesaria para que la evolución produzca adaptaciones que podrían parecernos, eso sí, inteligentes.

02 abril 2010

La charca de las oportunidades

Las lluvias generosas de este año han creado, de nuevo, la charca, una pequeña laguna, en las afueras del ecosistema, que llevaba 13 años sin formarse. Como aquella primavera, en las orillas cientos de renacuajos de sapo (Bufo, abajo) se arremolinan sobre el barro, mordisqueando las plantas y algas en descomposición. Entre ellos se retuercen diminutas larvas de mosquitos quironómidos, que serpentean dibujando ochos a medias aguas. Ese también es el hábitat de los cangrejos cíclope, que, con su único ojo y su cuerpo de apenas medio milímetro, recuerdan al grupo de crustáceos dulceacuícolas del que, al parecer, evolucionaron los insectos. Voraces larvas de escarabajos acuáticos acechan a los renacuajos, y los mosquitos ahogados que flotan sobre la superficie del agua son el alimento de la hidrómetra (Hydrometra stagnorum, dibujo), una de esas especies de chinches que, literalmente, caminan sobre las aguas apoyándose en la tensión superficial. La comunidad de la charca configura un microcosmos que durará pocos meses pero, en tan poco tiempo, alcanzará una complejidad sorprendente.

Todas estas especies han permanecido ausentes del lugar durante más de una década, y sin embargo aquí están de nuevo. Los sapos del monte, ocultos durante años, se han desplazado hasta la charca guiados por un instinto más viejo que su propia especie. Los huevos del cíclope habrán aguardado su momento en el suelo, o habrán llegado arrastrados por el aire. Por su parte, los escarabajos acuáticos y la hidrómetra probablemente han venido desde lejos, quizá desde la charca de Los Caños, a más de un kilómetro. De una manera u otra, las lagunas temporales, tan propias de la Región Mediterránea, demuestran que la vida jamás desperdicia una ocasión de desarrollarse, aunque esa oportunidad sólo surja una vez cada 13 años.