31 enero 2012

¿Por qué tantas especies? (II)

En el episodio anterior de esta miniserie de entradas, comencé planteando una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué hay tantas especies en la parcela del blog? Buscando una respuesta, llegué al final ante una de las cuestiones más candentes de la biodiversidad: ¿por qué el número de especies aumenta de los polos a los trópicos? Este aumento, el gradiente latitudinal de biodiversidad, quizá sea lo más parecido a una “ley de la naturaleza” en ecología, porque se cumple para casi todos los grupos de seres vivos, ya sean plantas, animales o microbios, acuáticos o terrestres, actuales o de hace cientos de millones de años. ¿Cómo explicarlo?

Los naturalistas llevan siglos proponiendo posibles causas para la exuberancia de la vida en los trópicos, y hay tantas ideas que os remito a esta buena revisión del tema. Se pueden leer literalmente decenas de hipótesis sobre el asunto, pero el debate sigue y hay cierta tendencia derrotista a asumir que se trata de un "misterio sin resolver" al que nunca podremos quitar esa etiqueta. ¿Y si intentamos quitársela? Empecemos fijándonos en un hecho crucial: el aumento de diversidad hacia los trópicos es más claro y más acusado a escala regional, es decir, cuando se comparan regiones enteras entre sí. Esto nos lleva a buscar su explicación entre los procesos que regulan el número de especies de las regiones. Una región puede tener más o menos especies dependiendo de sólo tres procesos: el origen de nuevas especies (especiación), la extinción, y la inmigración de especies desde otras regiones. Podemos entenderlo de la siguiente manera: una especie está en una región o bien porque se ha originado en ella, o porque ha inmigrado desde otra región, y por supuesto porque no se ha extinguido. De modo que ahora tenemos tres posibles explicaciones para el gradiente latitudinal: (1) que hacia los trópicos se originen más especies, (2) que se extingan menos especies, y (3) que sean inusualmente propensos a acumular especies originarias de otras regiones. ¿Se puede descartar alguna opción? Intentémoslo: dejemos que cada una de las tres ideas "hable" y comprobemos si se cumple "lo que dice".

Si hacia los trópicos se originan más especies, entonces debería haber allí mayor proporción de especies recientes que hacia los polos. ¿Sucede así? Las evidencias que conozco no son concluyentes: algunas van a favor, pero otras en contra. Pasemos a la siguiente explicación: si hacia los trópicos se extinguen menos especies, entonces esperaríamos en ellos mayor proporción de especies antiguas que hacia los polos. Lo cual concuerda bien con los hechos (por ejemplo, los linajes de aves más antiguos tienden a ser tropicales). Por último, si los trópicos son especialmente propensos a acumular especies de otras regiones, al quitar esas especies inmigrantes deberíamos tener la misma cantidad de especies endémicas (por unidad de área) que en otras regiones. Esto no se sostiene, porque precisamente las latitudes tropicales albergan el máximo mundial de endemismos por unidad de área, respecto a las demás latitudes. En conclusión, de este párrafo sólo ha salido airosa la hipótesis de la extinción. Es decir, aunque el gradiente latitudinal pueda deberse a muchas causas, la más general de todas parece ser que hacia los polos se extinguen más especies.

¿Y por qué el riesgo de extinción habría de aumentar hacia los polos? Hay un buen motivo: en ellos los cambios climáticos son más drásticos (por cambios orbitales y del eje de rotación, etc.). Y al ser más duros los reveses del clima, hay más peligro de extinción. Pensemos, por ejemplo, que hace 100 millones de años la Antártida estaba cubierta de bosques, y que hace 50 millones de años crecían palmeras en Escandinavia, mientras que hoy las únicas palmeras de Europa (palmito y palma de Creta) se dan en la cuenca mediterránea, es decir, más hacia los trópicos. ¿Es esta la mejor explicación a la diversidad mediterránea, su posición intermedia en un gradiente latitudinal de extinción? Pues resulta que... ¡no lo es! Porque la mayoría de las plantas mediterráneas, las que hacen de la biodiversidad mediterránea algo extraordinario, no son antiguos supervivientes, sino nuevas especies, surgidas en los últimos millones de años. ¿Cómo puede ser? ¿Acaso los matorrales mediterráneos son excepciones al mecanismo clave que ha producido la regla de oro de la biodiversidad, el gradiente latitudinal? No os perdáis el desenlace en el próximo y último episodio… 

16 enero 2012

¿Por qué tantas especies? (I)

Aliagas en flor entre encinas y asfódelos (gamones).
¿Cuántas especies habría en ese monte? Me lo pregunté una tarde de mayo, hace años, y decidí averiguarlo dando un paseo para anotar, por primera vez, todas las especies que pudiera reconocer, aunque no supiera su nombre. Entre currucas, gladiolos, chinches, musgos y líquenes, la lista iba creciendo minuto a minuto. No esperaba encontrar más allá de 40 especies, pero al cabo de hora y media tenía anotadas más de 130. Entonces miré el paraje, un monte como otro cualquiera, y sentí asombro e ignorancia ante todos esos seres vivos cuya variedad iba más allá de cuanto había imaginado. Aquella tarde me hice una pregunta que me ha acompañado desde entonces: ¿por qué hay aquí tantas especies? Fascinado, quise conocer mejor todo ese mundo de biodiversidad insospechada que de repente parecía haberse abierto ante mis ojos. Durante los siguientes años fui identificando las especies del lugar lo mejor que pude, a veces enviando fotos o ejemplares a expertos. La lista de biodiversidad no dejaba de crecer, haciendo la pregunta cada vez más pertinente: ¿por qué tantas especies? Cuando pasé de 500 especies ya había descubierto algunas nuevas para mi comunidad autónoma, y pensé que la lista no podría aumentar mucho más, ¡pero cada mes seguían apareciendo nuevos insectos, nuevas hierbas! Hace como dos años alcancé 950 especies, y desde entonces sólo esporádicamente he añadido alguna a la lista, aunque sin duda hay muchas más. ¿Cómo explicar toda esta plétora de especies? Creo que la mejor manera de enfocar esta cuestión es la siguiente.

Primero conviene preguntarse si tanta biodiversidad es algo anormal. Si nos fijamos en grupos muy conocidos (leñosas, aves, etc), de los cuales hay mucha información, la biodiversidad de nuestro paraje resulta bastante normal para un matorral mediterráneo. Por tanto, hay que reformular la pregunta: ¿por qué en los matorrales mediterráneos hay tantas especies? Si comparamos la región mediterránea con otras regiones, está claro que las tierras boreales albergan menos diversidad y los trópicos mucha más. Así que volvemos al tema final de la entrada anterior: el gradiente latitudinal de biodiversidad. La latitud intermedia del paraje podría ser la explicación más general para su biodiversidad intermedia, a grandes rasgos, entre la boreal y la tropical.

Así fue como un paseo por un monte manchego acabó llevándome a explorar una de las preguntas más complicadas, escurridizas y controvertidas de la historia de la ecología: ¿por qué la biodiversidad aumenta hacia los trópicos? Intentaremos responder, si es posible, en la siguiente entrada, donde los matorrales mediterráneos revelarán una sorpresa...

Dos libros clave en el camino hacia esa pregunta fueron "Biology and wildlife of the Mediterranean region" (Blondel y Aronson, 1999) y "Biodiversity: an introduction" (Gaston y Blackburn, 2004).
El artículo que enlazo sobre el gradiente latitudinal es un clásico que resume algunas posibles explicaciones.

28 diciembre 2011

Del mundo... a un monte mediterráneo

Alcaudón real meridional (Lanius meridionalis) sobre el mapa de regiones biogeográficas de Wallace (1876). Pinchar para ampliar.
Si hay suerte, cada año podremos ver unas 60 especies de aves en nuestro ecosistema. ¿De dónde han surgido? Ninguna de ellas parece haberse originado aquí, en La Mancha. Debieron de separarse de sus especies antecesoras a cientos, a miles de kilómetros, y desde esa lejanía se dispersaron como nuevas especies hasta alcanzar el pequeño matorral que nos ocupa en este blog. De modo que las piezas (especies) que componen el puzzle de la biodiversidad no sólo se han formado en distintas etapas de la historia de la vida, sino también en diferentes lugares del mundo. Así, la biodiversidad es como un puzzle en el tiempo y en el espacio. ¿Y qué porciones del mundo ocupan las piezas del puzzle de nuestro monte? Fijémonos en un caso sencillo, el de los 42 géneros de aves habituales en el paraje.

Según la distribución mundial de los animales, el naturalista Alfred Russel Wallace dividió el planeta en siete grandes regiones biogeográficas aún vigentes: Paleártico (las tierras templadas y frías del Viejo Mundo), Neártico (Norteamérica), Afrotropical (África y Madagascar, excluyendo el Magreb), Neotropical (Centroamérica y Sudamérica), Oriental (Asia tropical), Australasia (Oceanía y parte de Indonesia) y Antártica. Nuestro ecosistema es un punto diminuto hacia el sudoeste del Paleártico, pero la mayoría de sus especies se distribuyen también por otras regiones. Como es de esperar, ningún género de las aves de nuestro matorral vive en la Antártida, pero hay siete géneros repartidos por las restantes seis regiones del mundo. A estos géneros casi cosmopolitas pertenecen el aguilucho pálido (Circus), el gavilán (Accipiter), el cernícalo vulgar (Falco), la lechuza (Tyto), el chotacabras pardo (Caprimulgus), la golondrina común (Hirundo) y el mirlo y el zorzal común (Turdus). El contrapunto de estos géneros son los restringidos a una región, dos géneros endémicos del Paleártico: la avutarda (Otis) y el sisón (Tetrax), si bien los géneros del petirrojo (Erithacus), del pinzón vulgar (Fringilla) y del triguero (Miliaria) prácticamente pueden considerarse endémicos, ya que apenas salen del Paleártico.

Entre estos extremos están la mayoría de los géneros de aves del paraje, que suelen ocupar unas tres regiones biogeográficas. Con Norteamérica tenemos en común nada menos que 16 géneros, incluyendo el reyezuelo listado (Regulus). Con Oceanía, 13 géneros, por ejemplo, el del alcaraván (Burhinus), los mismos que con los trópicos americanos, donde hay parientes del jilguero (Carduelis). Pero se llevan la palma los trópicos del Viejo Mundo, con los que compartimos nada menos que 37 géneros (34 con la región Afrotropical y 32 con la Oriental). Estos géneros suelen tener muchas especies tropicales, pocas en la zona templada y muy pocas en las tierras frías, lo cual ejemplifica uno de los grandes patrones de la biodiversidad mundial: la riqueza de especies suele aumentar desde los polos hacia el ecuador. Es el llamado gradiente latitudinal de biodiversidad, uno de los temas que han hecho correr más ríos de tinta desde los comienzos de la ecología hasta hoy. ¿A qué puede deberse esta exuberancia de la vida en los trópicos? Hagan sus sugerencias, mientras se fragua otra entrada sobre el asunto...

Datos sobre las regiones biogeográficas que habita cada género de aves tomados de guías de campo, de Wikipedia y de otras páginas web.

18 diciembre 2011

Un habitante de las espinas

Al amanecer, las primeras heladas construyen sobre el suelo los diminutos paisajes de cristales y agujas que llamamos escarcha. El hielo, ese mineral efímero, va apareciendo como de la nada, extendiendo sobre las hojas de hierba una arquitectura como de laberintos cristalinos que se derriten con el calor de mi mano sosteniendo la lupa. ¿Qué más puedo observar? Algo nuevo y extraño que descubro, algo como una bola de apenas 3 mm de anchura, cubierta de pelo blanco e incrustada en la espina de una aliaga. ¿Será acaso un hongo? No lo parece, a través de la lupa no se ven esporangios... Entonces caigo en la cuenta y abro la bola por la mitad: está hecha de tejido verde de la aliaga, y en el centro, en un hueco minúsculo que la lupa apenas alcanza a resolver, habita un inquilino diminuto y rojizo.

Estos tumores con inquilino, las agallas, son frecuentes en los robles, las encinas y muchas otras plantas, a las que incluso llegan a dar nombre, en el caso de la cornicabra. Normalmente las agallas son producidas por insectos, y otras veces por nemátodos o ácaros. Cuando un insecto pone un huevo en el tejido vegetal, la planta reacciona ante las señales químicas del huevo haciendo crecer un tumor que lo encierra. Del huevo así encapsulado nace una larva que se alimenta del interior de la agalla, hasta completar su desarrollo y salir al exterior como insecto adulto, practicando un agujero de escape. Esta manera de vivir es típica de ciertas avispillas (sobre todo cinípidos y avispas portasierra), mosquitos y pulgones. En el caso que nos ocupa, el inquilino de la agalla podría ser la larva de un mosquito, Dasineura scorpii, pero hay más opciones, no sólo porque sabemos poco sobre los insectos agallígenos que ya conocemos, sino también porque en nuestros matorrales hay una increíble cantidad de especies de estos seres, una diversidad en gran parte todavía desconocida. De hecho, los insectos formadores de agallas suelen ser más variados y abundantes en la vegetación esclerófila (de hojas duras) y en climas más bien secos, justo lo que predomina en la cuenca mediterránea. ¿A qué puede deberse el vínculo entre estas condiciones y las agallas?

La explicación más plausible la dieron Fernandes y Price (ver este trabajo suyo también): en la vegetación de clima más bien húmedo, los hongos consumen a menudo a las larvas de dentro de las agallas, y por algún motivo los insectos parasitoides las atacan con más frecuencia. Estos insectos, de una vasta variedad, normalmente son avispillas (calcídidos) que inoculan huevos en las agallas, devorando sus larvas a las del inquilino original. Todos estos enemigos disminuyen su actuación en las zonas más secas, lo cual resulta lógico para los hongos, que necesitan humedad para digerir su alimento, ¿pero por qué la sequedad reduce también el ataque de los insectos parasitoides? Ni idea; el caso es que ocurre así y eso ayuda a explicar la gran diversidad de insectos formadores de agallas en la región mediterránea, las sabanas, e incluso la bóveda forestal de las selvas tropicales, donde la humedad disminuye y las hojas se tornan más duras, más esclerófilas. En todos estos tipos de vegetación, el mundo de las agallas nos depara historias fascinantes, más propias de la ciencia ficción que de las ciencias naturales, todo un patrimonio evolutivo que merecerá su propia entrada, más adelante...

28 noviembre 2011

La extraña resurrección del tomillo

Se marchitaron los tomillos este verano, allá donde no había sombra que los cobijase. Llegaron al otoño pardos y quebradizos, imagen misma de la sequía. ¿Quién iba a adivinar que todavía estaban vivos? Ahora, con la tierra por fin empapada, rebrotan los tomillos, desplegando sus diminutas hojas fragantes y verdes entre las hojas muertas. Fijémonos en esas hojas secas: hay dos tipos, cortas y largas. Las cortas son hojas de verano, y las largas de primavera, porque el tomillo cambia de hoja al cabo del año. Como muchos otros arbustos aromáticos de su familia (Labiadas), el tomillo tiene dimorfismo foliar, y afronta el verano con hojas pequeñas y duras, que al ofrecer escasa superficie al viento disminuyen la pérdida de agua por evaporación.

Pero la resurrección de este tomillo (Thymus zygis) ha sido incompleta: no brotan hojas de algunas ramas que sí las tenían el año anterior (como demuestra la presencia en ellas de hojas secas recientes). Estas ramas muertas han sido las víctimas de la larga sequía de los meses anteriores. En realidad las ha matado el propio tomillo, que puede cortar el suministro de savia de aquellas ramas cuyo mantenimiento comprometa la supervivencia de la mata entera. Así, el tomillo logra concentrar su actividad en las pocas ramas que le permitan sobrevivir. Como las lagartijas, puede autoamputarse partes del cuerpo para escapar de la muerte, en este caso dejando en pago ramas a la sequía en vez de la cola al depredador. Con semejantes capacidades, no es raro que el tomillo prospere en los terrenos pobres, duros y secos de la cuenca mediterránea, desde los tomillares que dan nombre a Tomelloso, cerca de nuestro ecosistema, hasta sus equivalentes del este del Mediterráneo, los phrygana de Grecia y los bath´a de Israel. Además, el tomillo está protegido por aceites esenciales que recubren sus hojas, verdaderas sustancias multifuncionales, tan interesantes... que les dedicaremos otra entrada entera, algún día de estos...

Más datos sobre la sorprendente adaptación del tomillo a la sequía en Blondel & Aronson (1999) Biology and wildlife of the Mediterranean region, y en Shmida (1981) Mediterranean vegetation in California andhttp://bio.huji.ac.il/upload/E017-C%20%20Mediterranean%20vegetation%20in%20California%20and%20Israel.pdf Israel: similarities and differences. Israel Journal of Botany, 30: 105-123.

12 noviembre 2011

Terrible caracola

Llegó la época del año en que más me gusta curiosear quién vive debajo de las rocas. Porque la lluvia despierta a la fauna lapidícola del matorral mediterráneo, y siempre hay alguna sorpresa que encontrar. A veces la sorpresa no estriba en dar con una especie, sino en observar algún episodio de su modo de vida, sobre todo en el caso de algunos animales frecuentes y de aspecto un tanto anodino. En la ilustración tenemos una caracola de lo más común en los montes secos ibéricos, Rumina decollata, el decollate snail de los anglosajones, una especie originaria de la región mediterránea. Es inconfundible por su concha en forma de cono con el ápice truncado, y se trata de la caracola más común en nuestro ecosistema, junto con la insólita Jaminia quadridens, mucho menor. ¿Quién podría sospechar, a primera vista, que la discreta Rumina es un carnívoro voraz?

Este depredador a cámara lenta no sólo come otros caracoles y babosas, sino también sus huevos, y lombrices, y otros invertebrados fáciles de atacar. No caza a sus presas, simplemente se las va comiendo a base de rasparlas con su "lengua", la rádula, una lámina de quitina repleta de dientes diminutos que la hacen áspera como un papel de lija, convirtiendo a esta caracola en el depredador con más dientes de todos los del paraje. Esta "terrible caracola" también rae materia vegetal y restos descompuestos, pero su capacidad de eliminar a otros caracoles le ha ganado la fama de aliado del agricultor. Sobre todo fuera de España, donde Rumina se emplea como agente de control biológico de caracoles.

En California, por ejemplo, la introdujeron deliberadamente en naranjales, durante los años 1970, en un intento de controlar las plagas de otra especie mediterránea de caracol, Helix aspersa. ¿Funcionó la idea? Las pruebas no son concluyentes, y además puede que nuestra caracola contribuyera al declive de especies interesantes de caracoles autóctonos. Ese declive ha ocurrido ya en las Bermudas, y los culpables parecen ser caracoles carnívoros invasores, entre ellos Rumina. En estas islas el desatino ecológico ha alcanzado cimas grotescas: para acabar con las Rumina, que eran consideradas como una plaga para las plantas, trajeron a otro caracol carnívoro, Natalina cafra, y así añadieron otro enemigo para la fauna autóctona de caracoles. El peligro potencial de Rumina para otras especies de caracol se ve aumentado por su gran capacidad de colonizar nuevos territorios. Por ejemplo, llegó a Norteamérica hacia los años 1820, quizás a bordo de hortalizas importadas; y ahora está "invadiendo" Argentina. A pesar de todo esto, si buscáis en la web veréis que venden lotes de Rumina como antiplagas ecológico para jardines y cultivos...

Nuestra terrible caracola me hizo pensar que la región mediterránea es una máquina de producir especies invasoras. Recordé que la mayoría de las "malas hierbas" hoy cosmopolitas tienen origen mediterráneo (referencia: aquí). ¿Acaso nuestras condiciones climáticas, o biológicas, favorecen la evolución de especies muy invasivas? Quizás... pero de momento quedémonos con ese inesperado paralelismo entre Rumina y las plantas mediterráneas, porque esa sólo es su primera similitud. La segunda estriba en la reproducción: las Rumina, hermafroditas, no suelen aparearse, al contrario que los demás caracoles, sino que la mayoría de las veces... ¡se autofecundan! Así basta con una caracola para originar una población entera, como ocurre con muchas plantas que tampoco necesitan cruzarse con otra para dar semilla. Tal vez esto les permite invadir mejor y tener una distribución mundial muy amplia, acercándose a las distribuciones amplísimas de las bacterias. Como Rumina, las bacterias sólo intercambian genes esporádicamente, en lo que podríamos llamar sexo. Como las bacterias, Rumina difícilmente se ajusta al concepto usual de especie, basado en que los organismos de una misma especie se reproducen sexualmente entre sí.

En nuestro matorral habrá pocas especies de caracoles, pero desde luego no tienen desperdicio para cualquier naturalista curioso.

Gracias a Jesús Dorda por facilitarme la guía que me despertó la curiosidad por esta especie.

26 octubre 2011

La noche de la escolopendra

Enroscada como un diminuto dragón de escamas doradas y múltiples patas, la escolopendra esperaba en su guarida subterránea el retorno de las lluvias. Tras la tormenta, el mayor ciempiés de Europa, el más característico de la región mediterránea, arrastró sus casi 15 cm de longitud a su cita con la oscuridad, y de nuevo corrió con pasos vertiginosos a la caza de pequeñas criaturas. Volvió a ejercer en ellas ese mordisco que quema, o mejor dicho ese pellizco, ya que en realidad "muerde" con dos uñas venenosas (forcípulas) situadas justo detrás de la cabeza. Con ellas inocula un asombroso cóctel de toxinas que incluye histamina (un antiinflamatorio) y acetilcolina, un neurotransmisor que ralentiza los latidos del corazón. Así puede acabar incluso con un pájaro, igual que una gran tarántula. Como las arañas, las moscas rapaces y las serpientes, la escolopendra abate a sus presas usando las armas invisibles de la bioquímica, pero antes que todos esos cazadores ya había ciempiés, según se deduce de los fósiles y los árboles evolutivos.

Podemos imaginar a un antepasado de la escolopendra errando por orillas nebulosas como las de este marjal, pintado por Burian, repleto de extrañas plantas primordiales, un paisaje de hace más de 400 millones de años, cuando todavía faltaban por encenderse muchas de las estrellas que hoy vemos, como las Pléyades que ahora brillan titilantes sobre el matorral nocturno. Igual que mirar a las estrellas es observar el pasado, porque su luz tarda años en llegarnos, así contemplar la biodiversidad es adentrarse en un puzzle hecho de especies cuyo diseño corporal es el recuerdo vivo de una historia más vieja que muchas estrellas. Escribió el filósofo Spinoza que el hombre sabio intenta, dentro de lo posible, ver las cosas sub specie aeternitatis, esto es, bajo el ángulo de la eternidad. Sin llegar tan lejos, algo parecido nos ofrece la naturaleza cada día: un compendio de maravillas biológicas que son como puentes en el tiempo uniendo en el presente distintas edades de la historia del planeta.

Información sobre los principios activos del veneno de la escolopendra procedente de Blas, M. y cols. (1987) Historia Natural de los Països Catalans, 10.

15 octubre 2011

El origen de las especies... y sus picos


(pulsar en la imagen para aumentarla)
¿Por qué la abubilla tiene ese pico tan largo y fino? Es una sonda, para hurgar en el suelo a la caza de larvas subterráneas. ¿Y el alcaudón, por qué su pico termina insinuando un gancho? Porque lo necesita para desgarrar, como el milano real, a sus menudas y ocasionales presas. El alcaraván, con su pico robusto, captura numerosos grillos. Y así, cada pico parece adaptado al uso que su dueño le da. Incluso dentro de los granívoros hay sutiles diferencias: el corto pico del pardillo es muy bueno para extraer las pequeñas semillas de la lechuga y de otras herbáceas, mientras que el pico largo y puntiagudo del jilguero le permite acceder a las semillas de los cardos sin pincharse la cara.

El origen de variedades de picos perfectamente adaptadas a la dieta ha fascinado a los naturalistas desde tiempos de Darwin. El propio Darwin comenzó a plantearse la idea de evolución de las especies en gran parte a causa de sus observaciones sobre la forma y función del pico en los pinzones de las islas Galápagos. En estos pájaros, de varias especies, parecía como si una sola especie ancestral de pinzón hubiera sido modificada en distintas islas con el fin de adaptarse a las diferentes dietas disponibles, desarrollando de manera acorde diferentes picos. Hoy sabemos que esto fue exactamente lo que sucedió. Más aún, cuando surge una nueva especie, ese tipo de cambios son habituales. Es decir, cada especie que evoluciona a partir de otra suele desarrollar ciertas características nuevas que le permiten explotar un nuevo nicho ecológico: un pico distinto, diferentes preferencias de hábitat... ¿Por qué sucede así?

En el caso mejor estudiado, el de los propios pinzones de Darwin, el matrimonio Grant nos explica en su libro "How and why species multiply" (2008) que al parecer esas nuevas características, ese cambio a otro nicho ecológico, surgen a medida que la nueva especie se adapta a las peculiaridades de su entorno de origen. Por ejemplo, volviendo a nuestro matorral, imaginemos que una población de jilgueros queda aislada en un valle sin cardos. La selección natural los forzará a cambiar de dieta y por tanto seguramente modificará la forma del pico. Si ese cambio de forma se fija y es acompañado de otros cambios genéticos, entonces podría surgir una nueva especie de jilgueros de pico corto, por ejemplo. Su aspecto piquicorto en principio no tendría nada que ver con la competencia con otras especies, como a menudo se piensa. La competencia puede pulir las diferencias entre especies, haciéndolas más distintas aún para evitar que compitan por los recursos. Pero la base para ese pulido son aquí las diferencias surgidas por adaptación a diferentes entornos, no por competencia. Y es que la competencia no tiene por qué ser siempre la clave para entenderlo todo en la naturaleza. A menudo es más interesante buscar otros caminos...

24 septiembre 2011

Cazadores acosados

Terminaba el verano, y cruzaban por el matorral las aves de paso, rumbo al sur. Un zarcero políglota, papamoscas grises, una collalba gris, currucas capirotadas... En el filo de los espinos albares siempre trajinaba alguno de estos nómadas, y a pocos pasos asistía yo a este entretenimiento cuando se oyó un piar extraño. Me llevó unos momentos localizarlo: era una hembra de curruca cabecinegra, chillando, como graznándole a algo invisible que odiase y que quisiera ahuyentar, entre las ramas de espino cargadas de frutilla roja. ¿Cuál era el blanco de esa ira diminuta? A través de los prismáticos sólo se distinguía delante de la curruca una rama mocha, gruesa y roma. De pronto la rama se giró y contemplé atónito cómo se transformaba en un pequeño búho, un autillo (Otus scops, ver ilustración) que me observaba silencioso, petrificado, con grandes ojos extraviados y minúsculas "orejas" de plumas. A su lado seguía gritándole la curruca, esta vez con algunas compañeras también empeñadas en echar de allí al autillo, que soportaba a estos acosadores con aparente calma.

El acoso de los pájaros a las rapaces nocturnas es un ejemplo más de una conducta muy extendida sobre todo en las aves, la de molestar a los depredadores. ¿Qué sentido tiene? En el caso que observé, el autillo puede a veces cazar pequeños pájaros, quizás currucas o sus pollos, aunque se alimenta básicamente de insectos grandes durante los meses de primavera y verano en que nos visita. Así que las currucas quizás actuaban así por proteger a su descendencia, pero se ha demostrado que hay otro posible motivo para esta conducta: que los jóvenes aprendan a distinguir quién es su enemigo, al ver a los adultos señalarlo. De hecho, al parecer las reintroducciones de aves en ocasiones fracasan por falta de esta tradición cultural, que curiosamente implica a varias especies. Como si hubieran desarrollado un sentido de solidaridad comunal, pájaros de distintas especies (herrerillos, carboneros, pinzones...) apoyarán el acoso iniciado por uno de otra especie. ¿Qué tienen que ganar con ello?

Está claro que mucho, si el depredador caza habitualmente pájaros de distintas especies. No es extraño que la evolución haya favorecido esta clase de altruismo entre especies, ya que actuar en grupo contra los enemigos es más eficaz para echarlos del territorio y eso trae ventajas individuales para los que participan en el acoso. La insolidaridad de un pájaro que no colabore podría verse penalizada a largo plazo si su descendencia persiste en esa actitud, ya que en teoría eso favorece la presencia de más enemigos en el paraje. Además, ¿por qué no colaborar? Incluso el ejemplar que inicia el acoso no tiene por qué perder nada con ello salvo algo de tiempo y energía, y puede ganar algo: el respeto del depredador. Porque al enfrentarse a él le está dando la prueba de que es un ave fuerte, valiente, por tanto una mala elección como presa. Tal vez el enemigo capte así el mensaje de que todas las aves de esa especie sean presas difíciles, lo cual beneficiaría a la descendencia del acosador. En resumen, el acoso a depredadores parece ser como una buena jugada de ajedrez de esas que a la vez atacan y defienden varias cosas.

El autillo pronto huyó del espino albar, perdiéndose entre las encinas. Las currucas se tranquilizaron, pero los caminos de la evolución son tan caprichosos que quizás después prestaron oídos a algún alcaudón real en paso, imitando el canto de las currucas de su especie, y se acercaron a él, y en vez de acosarlo lo oyeron mansamente, hasta ser capturadas y devoradas (ver este post). Ante lo cual surge la duda: ¿acosan al autillo porque realmente les causa bajas, o sólo porque se parece lejanamente a alguna rapaz muy peligrosa para ellos (por ejemplo, un gavilán)? Es difícil saber por qué hacen lo que hacen unos seres vivos tan complejos en su psicología como... los pájaros.

07 septiembre 2011

¿Hijos de la Antártida?

Todo lo que sucede es fruto del azar o de la necesidad, decía Demócrito. Ambos se entremezclan en la naturaleza de modo que muchas veces apenas se distinguen, y entonces podemos confundirnos. Así, algunos ven misteriosas casualidades por doquier donde otros se empeñan en distinguir una lógica, una cadena de fichas de dominó que caen una tras otra, de manera elegante pero sospechosamente simple. Bien, ¿quiénes están en lo cierto? Pensémoslo mediante un ejemplo, un caso real que nos llevará muy hacia atrás en el tiempo, a la época en que Europa tenía junglas tropicales, un mundo perdido destinado a sucumbir por un cambio climático.

La primera ficha de dominó de nuestra historia cayó hace unos 35-40 millones de años, cuando la deriva continental separó la Antártida de los demás continentes. Aislada en el polo sur, una corriente marina comenzó a circundarla, unas aguas que se enfriaron progresivamente. Así cambió la circulación de las corrientes oceánicas del planeta, y en la Antártida avanzaron los glaciares donde antes había bosques templados. Por todo el mundo, el clima se tornó más fresco. Eso provocó menos evaporación, por tanto menos nubes, por tanto menos lluvias. La sequía se extendió por el interior de Asia, lejos del mar, y las estepas avanzaron. En ese hábitat evolucionaron nuevas especies esteparias, los ancestros de las avutardas, de las gangas, alondras y cogujadas, y de nuestra perdiz roja (Alectoris rufa). Lentamente, el clima mundial siguió deteriorándose, y el frío y la sequedad llegaron a cambiar los paisajes de Europa. Las selvas fueron desapareciendo, y en torno al mar Mediterráneo, hace unos 3-7 millones de años, fue fraguándose un clima con estación seca, pero aún templado. Con la sequía, los incendios eran más frecuentes, y como resultado los bosques retrocedieron, siendo sustituidos por matorrales más abiertos, resistentes al fuego. Ese nuevo hábitat se extendió de sur a norte y de este a oeste, y proporcionó un lugar donde vivir para las aves de las estepas asiáticas. Seguramente llegó de Asia algo parecido a la perdiz chukar, y su estirpe se dividió originando varias especies, una para cada zona de la cuenca mediterránea: primero la perdiz moruna, del norte de África, hace unos 6 millones de años; y luego, en el sur de Europa, dos especies: al este la perdiz griega, y al oeste nuestra patirroja; ambas surgieron hace como 2 millones de años.

Causa: la Antártida queda aislada. Consecuencia: la perdiz roja. ¿Es así de sencillo? Ni de lejos. Porque en cada paso de esta historia desconocemos qué papel tuvo el azar, cómo influyó en la dirección del movimiento de los continentes, en la reorganización de las corrientes marinas y sobre todo en las mutaciones que debieron de acumularse en el origen de estas perdices, cambios genéticos que de por sí sabemos que son aleatorios. Si pudiéramos dar marcha atrás y dejar que la historia comenzase de nuevo, ¿tendríamos otra vez a los cazadores empeñados en abatir perdices rojas? Stephen Jay Gould propuso originariamente este tipo de cuestión en su libro "La vida maravillosa", y como él podemos concluir que la historia más bien se parece a una mezcla de necesidad y de azar, lo cual hace del presente sólo una opción más de las muchas que pudieron ser y no fueron. Quizás esa incertidumbre ante lo forzoso de los acontecimientos naturales sea lo más razonable que podamos aprender reflexionando sobre... una perdiz.

Datos sobre la evolución de las perdices Alectoris procedentes de Randi et al. (1992) Biochemical analysis of relationships of Mediterranean Alectoris partridges. The Auk, 109: 358-367. La historia de los cambios globales se basa, entre otras fuentes, en Blondel y Aronson (1999) Biology and wildlife of the Mediterranean region. Oxford University Press.