26 octubre 2009

Giro a la izquierda

Siguen cayendo, cada pocos días, las lluvias del otoño, y en el suelo ya humedecido se despierta una fantástica variedad de pequeños seres. Durante el verano han permanecido ocultos, bajo tierra, o entre las grietas de las rocas, a salvo de morir deshidratados, pero ahora, por fin, llegó su turno. Levantemos con cuidado algunas piedras, y descubramos a estos secretos habitantes del mundo subterráneo...

A menudo encontraremos pequeños objetos fusiformes que a primera vista parecen crisálidas de mariposas pero que, a través de la lupa de campo, revelan ser caracolas. Como es natural, en un hábitat tan seco como el monte mediterráneo un grupo como los moluscos no encuentra las condiciones más favorables, lo que se refleja en que sólo hay tres o cuatro especies de caracoles en nuestras 25 hectáreas... Y sin embargo, esta diminuta caracola resulta extraordinaria. Si miramos detenidamente su concha, veremos que está enrollada en sentido contrario al avance de las agujas del reloj (lo cual se aprecia tanto de abajo a arriba como de arriba a abajo). Esta clase de enrollamiento de la concha se denomina levógiro ("hacia la izquierda"), en contraposición al dextrógiro, que resulta ser la norma entre los caracoles.

¿Y por qué nuestra caracola, Jaminia quadridens, se ha empeñado en enrollarse hacia otro lado, llevando así la contraria a casi todas las especies de su familia, los Enidae? La respuesta seguramente debe de estar en sus genes, ya que en otras especies de caracoles el sentido del enrollamiento está determinado genéticamente. En el pasado remoto, una mutación levógira debió de fijarse en la población que originó a todas las Jaminia actuales, así que estamos ante un cambio evolutivo y aquí llegamos a lo que esta caracola puede enseñarnos (o recordarnos): que no todo en la evolución se debe a la selección natural. Sin duda la selección natural es muy importante como explicación de la forma y función de los seres vivos, pero no lo es todo, primero nos lo aclaró el propio Charles Darwin y más adelante Gould y Lewontin en este famoso artículo. En el caso de Jaminia, ¿qué ventaja o inconveniente puede haber en tener la concha enrollada hacia un lado o hacia otro? Yo desde luego diría que da exactamente igual, en todo. Pero hasta las características irrelevantes como ésta pueden cambiar con la evolución. No mejorarán la adaptación del organismo a su entorno, ni la empeorarán, pero así y todo ocurren. Y si buscáramos ejemplos, los encontraríamos, incluso... bajo las piedras.

Más sobre Jaminia en: Caracoles Terrestres de Andalucía (Fundación Gypaetus).

20 octubre 2009

Las bellotas y el gorgojo elefante

Ya van madurando las bellotas de las encinas (Quercus rotundifolia), el árbol más emblemático de nuestro monte mediterráneo y del que tanto habrá que decir más adelante en este blog. Por ahora, fijémonos sólo en una de sus ramas repletas de bellotas. Descubriremos toda una red de vida, llena de vínculos insospechados.

En algunas bellotas, sobre su base en forma de cúpula gris de escamas, hay pequeños escarabajos que han hundido su larguísimo hocico (el rostro, o probóscide) hasta la placenta que ancla la semilla. Son los gorgojos Curculio elephas, el mismo insecto al que Jean Henri Fabre llamó "gorgojo elefante", la misma especie cuya vida él descifró entre las encinas de la Provenza agitadas por el mistral.

Durante estos días de octubre podemos ver lo mismo que Fabre observó: sobre las bellotas, las hembras del gorgojo elefante se alzan como trípodes sobre sus largas patas y taladran muy lentamente con el rostro, hasta no poder penetrar más. Seguidamente retiran su "broca" muy despacio, haciendo un gran esfuerzo con las patas para sacarla del todo, y luego ponen uno o más huevos dentro del "sondeo" que acaban de practicar, metiendo en el agujero un larguísimo ovipositor. Del huevo saldrá una larva con forma de gusano, que vivirá literalmente rodeada de alimento y horadará galerías a base de comer bellota, hasta que, al cabo de pocas semanas, ésta caiga prematuramente. La larva entonces sale de la bellota agujereándola y se entierra en el suelo, a veces hasta varios decímetros de profundidad. Allí sepultada se convertirá en pupa y, si todo ha ido bien y la respetan los hongos entomopatógenos, al final del verano emergerá del suelo un nuevo gorgojo.

¿Es el "sondeo" del gorgojo el motivo por el cual muchas bellotas muestran goterones de savia cerca de la base, el llamado daño del "melazo" de la encina? ¿Acaso esto sucede después de que alguna de las diminutas avispas parasitoides que pululan entre las hojas haya destruido el huevo del gorgojo, permitiendo así que mane mejor la savia? ¿O, por el contrario, el espeso melazo es en realidad una estrategia del gorgojo, en la que la savia atrae a las avispas sociales que pueden alejar de la bellota a potenciales consumidores como, por ejemplo, la paloma torcaz? ¿Y qué relación hay entre este escarabajo y el "melazo" líquido, espumoso, que cubre algunas bellotas, en donde crece la bacteria patógena Brenneria quercina? Por si fueran pocas estas conexiones con otros seres vivos, el gorgojo elefante, al hacer que caigan pronto las bellotas donde se desarrolla, favorece que la cúpula se empape de exudados de savia donde crecerán levaduras y hongos, que serán luego comidos por minúsculos insectos de los que se alimentarán los escarabajos Tachyporus.

Ya lo véis: en octubre, una rama de encina esconde un pequeño mundo complejo y extraño, plagado de seres cuyas vidas entrelazadas tejen uno de los laberintos ecológicos más fascinantes del monte mediterráneo.

Más información sobre el gorgojo elefante en el libro de Fabre "The life of the Weevil".

13 octubre 2009

La guerra de las hormigas

"Puede afirmarse que las hormigas en particular
son los animales más agresivos y belicosos de todos."
Hölldobler y Wilson, Viaje a las hormigas (1994)

Las hormigas Messor bouvieri son con mucho los insectos más abundantes del paraje: habitan en hormigueros subterráneos de hasta decenas de miles de obreras. Su nombre genérico significa "cosechadora" (Messor era ayudante de la diosa romana de la agricultura, Ceres) y alude a que se trata de hormigas granívoras; a base de recolectar semillas llegan a modificar la estructura de especies vegetales del pasto, como veremos en otra entrada. Por ahora, contemplemos esta imagen propia de este tiempo de tormentas: dos "cosechadoras" enzarzadas en una lucha a muerte. Pertenecen a distintos hormigueros, y de su combate puede depender el destino de miles y miles de hormigas. ¿Pero por qué han llegado estos insectos a trabarse en semejante duelo? Y lo primero de todo, ¿cómo se han reconocido como rivales? La respuesta es que cada hormiguero tiene su propio olor característico, así que las hormigas notan pronto cuándo una compañera pertenece o no a su colonia. Normalmente cada colonia no interfiere mucho con las demás porque cada una tiene sus propias rutas para recolectar semillas, pero, cuando llueve, los rastros químicos que marcan esas sendas sobre la tierra se borran, con lo cual hay que trazarlas de nuevo y entonces se producen encontronazos con las hormigas vecinas. Resultado: la agresividad se desata.

La gran obrera que se alza amenazadora sobre su rival estaba minutos antes patrullando lejos de su hormiguero, pero su encuentro casual con una hormiga de otra colonia degeneró en esta batalla a muerte. El objetivo de cada hormiga es la aniquilación total de su adversaria, porque, si ésta quedase viva, huiría a su hormiguero y daría una señal de reclutamiento consistente en un olor especial (la feromona de alarma) y un débil chirrido (emitido con un raspador pequeño de su cintura); entonces regresaría al ataque con más hormigas dispuestas a zanjar de una vez la refriega. Primero los dos ejércitos calibrarían sus fuerzas, aunque aún no se sabe cómo lo hacen - quizá cada hormiga cuenta de algún modo el número de obreras cabezonas rivales, lo cual da una idea del tamaño del hormiguero enemigo. Si hay mucha superioridad en un bando, la batalla puede desencadenar una guerra total, en la que una columna de hormigas se abre paso hacia el hormiguero rival y no cesa hasta entrar en él y acabar con la colonia. Así habrán ganado sus graneros subterráneos y el territorio donde se abastecían de semillas, en resumen, muchísimo alimento y suelo por donde extender su hormiguero.

Pero es llamativo que las hormigas estén individualmente dispuestas a morir por estas ventajas para su grupo. ¿De dónde sacan tan ciega lealtad? La clave es que las obreras han optado evolutivamente por no reproducirse, dedican su vida a ayudar a su madre, la reina, a criar a sus hermanas que sí se reproducen, las hormigas aladas. Así que si las obreras, muriendo, ayudan a salvar su hormiguero, habrán triunfado en el juego darwiniano por la existencia: la reina madre seguirá viva, y los genes de las obreras caídas en combate podrán pasar a la siguiente generación a través de sus hermanas y hermanos alados...

Ver más información sobre las Messor en Lamarabunta.org.

06 octubre 2009

Las últimas flores... son las primeras

Avanza el otoño y, con los días más frescos y la tierra ya humedecida por las tormentas, se abren las últimas flores del año, los azafranes silvestres (Crocus serotinus). Nacen de bulbos, como tantas otras flores de los pastizales mediterráneos; pertenecen, por tanto, al biotipo de los geófitos en la clasificación de Raunkiaer. En algunos geófitos, como por ejemplo el azafrán, ocurre algo extraño: las flores se abren antes de que las hojas se desarrollen completamente. Estas plantas se llaman histerantos, en contraposición a los sinantos, que florecen con hojas ya bien desarrolladas. ¿A qué puede deberse esta condición? ¿Y por qué se abren tan tarde sus flores?

Para buscar respuesta a estas preguntas, partamos de que en un día soleado casi todos los azafranes tienen abejas alrededor. A menudo incluso las abejas pasan la noche dentro del azafrán, donde la temperatura es más agradable. Es decir, los pocos insectos que son buenos polinizadores y que aún quedan vivos a estas alturas del año acuden al azafrán casi desesperadamente, porque... ¡es la única flor que hay! Debido a esto, los azafranes juegan con ventaja a la hora de ser polinizados: ninguna otra flor les hace la competencia por los insectos. Así, para producir semillas les basta con abrir una flor al año por bulbo, con lo que ahorran nutrientes y energía. Por todas estas razones, se cree que la selección natural ha desplazado la época de floración de los azafranes, y sorprendentemente lo ha hecho adelantándola hasta pasar del inicio de la primavera al invierno y, dado que durante éste no hay abejas, de ahí al otoño, en el que, aunque no tengan hojas desarrolladas, las reservas alimenticias de su bulbo subterráneo les permitirán florecer. Es curioso pensar que, entonces, los azafranes no son en realidad las últimas flores de la temporada, sino las primeras de la siguiente, ¡las más adelantadas de todas!

Encontraremos en nuestro monte otras flores que han optado por abrirse en épocas del año más bien poco propicias al crecimiento vegetal, pero eso será dentro de varios meses. De momento, un apunte etnobotánico como final: estos azafranes silvestres se llaman en la zona "arrendajos", porque imitan ("arriendan", en la sabrosa jerga comarcal) las flores del azafrán cultivado, la rosa del azafrán que dio nombre a la única Zarzuela ambientada en La Mancha y cuyo cultivo es, cada vez, más y más escaso...

29 septiembre 2009

El árbol de los pájaros

Estas ramas, plagadas de frutillas rojas, son ahora para innumerables pájaros un pasaporte hacia África. Las aves migradoras que cruzan por la cuenca mediterránea en su periplo hacia territorios de invernada del África subsahariana necesitan urgentemente abastecerse de energía para salvar dos grandes escollos: el mar y luego la vasta desolación del desierto más grande del planeta. Nuestros matorrales proporcionan a estos pájaros abundante combustible para tan extraordinario viaje, en forma de frutos fáciles de detectar por sus vivos colores y valiosísimos por su contenido nutritivo. Incluso pájaros insectívoros, como las currucas y los papamoscas, se vuelven frugívoros en estas fechas para aprovechar tan rica fuente de energía en su larga migración. Convertirán rápidamente los azúcares de estos frutos en reservas de glucógeno y grasa, y así, en pocos días, engordarán los pajarillos hasta la mitad de su peso, pudiendo de este modo volar sin pausa durante decenas de horas sobre los yermos campos de dunas del Sáhara, donde difícilmente hallarán ocasión de reponer fuerzas.

He aquí a uno de estos viajeros, un papamoscas cerrojillo (Ficedula hypoleuca), en este caso un macho en plumaje de cría. Los inquietos papamoscas se ven fácilmente en Septiembre sobre ramas como las de la imagen anterior, que son de un espino albar (Crataegus monogyna), un arbusto-árbol todavía común en algunos linderos que el fuego y el hacha han respetado en el Campo de Montiel. Tras comer uno de estos frutos rojos, un pájaro expulsará la semilla intacta en apenas 20 ó 30 minutos, a menudo sólo un poco más lejos de la planta original. Con esto, el espino albar está utilizando a los pájaros para dispersar sus semillas hacia terrenos donde podrán, quizás, desarrollarse mejor. Es la misma estrategia de tantas otras leñosas del matorral mediterráneo: el torvisco, la esparraguera, el espino negro, la zarzaparrilla, el labiérnago... Como siguiendo inconscientemente un justo acuerdo, estas plantas dan a los pájaros energía cuando más falta les hace, en forma de frutos, a cambio de que dispersen sus semillas. El origen de este mutualismo, sin embargo, no es fácil de trazar, y sin duda dará para algunas entradas más en este blog...

Bibliografía:
Blondel & Aronson (1999) Biology and wildlife of the Mediterranean Region

18 septiembre 2009

Ecos del pasado

Tras varios días de lluvia, después del seco verano mediterráneo, el linaje de vegetales más antiguo del planeta reanuda su discreta vida en nuestro monte. Son ecos de un pasado tan remoto como no es posible imaginar, seres cuya forma apenas ha cambiado a lo largo de abismos de tiempo de miles de millones de años. Los podemos encontrar bajo el aspecto de pequeñas gelatinas verdosas esparcidas sobre los calveros de suelo desnudo; bajo un microscopio, su aspecto es como el de este dibujo: cadenas de células verdes inmersas en una matriz hialina. Estas células son del género Nostoc, de la estirpe de las cianobacterias - las primitivas algas cuya actividad oxigenó la atmósfera hace unos 2.500 millones de años. Las cianobacterias se cuentan entre los colonizadores pioneros de la tierra firme, cientos de millones de años antes de que las primeras plantas iniciaran su odisea sobre los continentes. Musgos, hierbas o árboles, comparados con Nostoc, son unos recién llegados. Pensando sólo en animales y plantas, a menudo se dice que las especies vienen y van, que cada especie que surge suele estar destinada a extinguirse en unos pocos millones de años como mucho. Sin embargo, para las cianobacterias, para los microbios en general, las reglas del juego son distintas. Sobreviven desde la noche de los tiempos, antes incluso de que se iluminasen muchas de las estrellas que conocemos...

16 septiembre 2009

Muñecos de paja

Llegué justo después de una tromba de agua y encontré, en lugar de un camino, un río que encauzaba unos 70 litros por segundo, con saltos de agua, pequeños rápidos y estos dos extraños muñecos de paja. El agua arrastró por la rambla del ecosistema kilos de paja seca, acumulándola en las espinas de las dos aliagas de esta foto. A su paso, la corriente dejó al descubierto la roca madre en el fondo del camino, y en los bordes desenterró hasta la raíz los rompesacos ya marchitos. Los animales estaban desubicados por la tormenta recién pasada, salvo los milpieses Ommatoiulus y los enormes escarabajos de las tinieblas Blaps, que salían por fin de sus refugios subterráneos tras meses de sequía. Los pájaros en migración cruzaban piando alarmados: pardillos, papamoscas... insensibles a la mirada atenta de un mochuelo sobre las pedrizas cercanas. En apenas dos horas, el torrente cesó y sólo quedaron charcos. En nuestra región mediterránea, a veces, muy pocas veces, un monte seco puede convertirse en un río...

10 septiembre 2009

El Diablo Mediano

Al caer la tarde, las retamas suenan, crepitando débilmente, como si susurraran. Este apagado crujido es la tosca música que hacen cientos de semillas al golpetear contra su vaina ya seca cuando el viento las agita. Cerca de las semillas, en la base de las hojas como tallos verdes, algunas ninfas de chinche de escudo succionan savia y exudan melaza, cuidadas por sus socias, las hormigas Camponotus; unas moscas diminutas se acercan también y sorben inquietas el dulce líquido, prestas a huir de las hormigas. Más abajo, en la rama, hay cicatrices de hojas que ya murieron, y tienen forma como de espina de rosal. Cuál no sería mi sorpresa al percatarme de que una de estas "espinas"... ¡se movía!

Más tarde descubrí que estas cigarrillas-espina se llamaban Centrotus cornutus, una de las tres especies europeas de una familia eminentemente tropical: los Membrácidos, famosos entre los naturalistas por presentar algunas de las formas más extravagantes entre los animales (hasta aparecen en la película Master and Commander como inspiración de ideas evolutivas para ese doctor que refleja la fascinante época previa a la teoría de la evolución). Su pronoto abultado a menudo tiene prolongaciones que llegan incluso a formar un arco, una especie de atomium de Bruselas, banderines, crisálidas, falsas hormigas, y ... algo tan inclasificable como esto. El aspecto de nuestro Centrotus motivó que Geoffroy, en el S. XVIII, lo llamara "Diablo Mediano"; "Diablo Pequeño" le puso a otro membrácido europeo (Gargara genistae) - al parecer no adjudicó un "Diablo Mayor", quizá porque eso ya le sonó demasiado para un inofensivo insecto que sólo succiona savia tranquilamente.

Llegamos por fin a la "Pregunta Mayor": ¿por qué los membrácidos tienen semejante tórax? Prácticamente desde los tiempos de Darwin se generalizó la idea de que la causa es la selección natural: el insecto mejora su camuflaje al romper su silueta mediante excrecencias del tórax, con lo cual los pájaros lo confundirán a menudo con alguna espina o cicatriz foliar, así que cazarán menos individuos cuanto mejor imiten éstos su entorno vegetal. Resultado: imitaciones perfectas de espinas y otros órganos de plantas. Así, los membrácidos se convirtieron en un clásico de libro de texto para ilustrar la evolución del camuflaje. Sin embargo, incluso hoy en día hay quien pone en duda esta explicación. Si esas prolongaciones mejoran el camuflaje, dicen, ¿por qué entre los membrácidos hay formas que, aparentemente, no sólo no se asemejan a nada que rodee al insecto sino que llaman la atención sobre la planta (pinchad, por favor, en alguno de los vínculos anteriores)? Los que dan mucho peso a esta crítica y a otras sugieren que los membrácidos no son un caso de camuflaje originado por selección natural, sino una caprichosa explosión evolutiva en la que la forma del pronoto, básicamente, no influye en la supervivencia. El enorme desarrollo de ese primer segmento del tórax se achaca a una vieja idea que ya fue esgrimida por los detractores de Darwin en el S. XIX: la ortogénesis, según la cual la evolución sigue tendencias independientes de la selección natural (en este caso, complicar el pronoto) a veces hasta lograr incluso órganos tan exagerados (hipertelia) que perjudican al ser vivo. El ejemplo habitual de ortogénesis hipertélica son las astas gigantes del alce irlandés, a las que Stephen Jay Gould dedicó uno de sus siempre curiosos ensayos.

Por lo visto, no hay pruebas irrefutables a favor o en contra del papel de la selección natural en el caso de los membrácidos... Me quedo, pues, con mi propia experiencia de las tardes junto a las retamas, y os aseguro que no es nada fácil encontrar a estas discretas cigarrillas: aun sabiendo lo que busco, las cicatrices de las hojas me confunden una y otra vez. ¿Por qué para un pájaro no habrían de ser igualmente difíciles de detectar? Para nuestro "Diablo Mediano", desde luego, yo apostaría por la selección natural... (¡pero no demasiado!).

06 septiembre 2009

Lo barroco de la naturaleza

No es una mantis. Es una prueba viviente de la selección natural. Observad las garras rapaces, erizadas de pinchos para retener la presa. Contemplad los ojos iridiscentes como una esmeralda que cambiase de color en la oscuridad, el vientre que imita el diseño de advertencia de las avispas, y esas alas imposibles en una mantis verdadera, repletas de delicadas nerviaciones como las de una hormiga león. Sí, es un neuróptero como ellas, un pariente lejano de las crisopas, pero tan especial, tan sometido a las mismas presiones evolutivas que las mantis, que la selección natural ha modelado su cuerpo hasta lograr algo fantásticamente semejante a esos hieráticos insectos (por convergencia evolutiva).

Pero en Mantispa styriaca, protegida por convenios internacionales, hay aún mucho más de lo que Margalef llamó "lo barroco de la naturaleza". Las contadísimas veces que he encontrado mantispas ha sido siempre en septiembre y siempre cerca de capullos de huevos de araña, a menudo de Segestria florentina. Esto no es extraño, porque estamos ante un peculiar súper-depredador, o bien parasitoide de predadores. Las larvas de mantispa se abren camino a través de la envoltura sedosa de los capullos y dentro se transforman en otro tipo de larva que se alimenta de huevos de araña, hasta que se transforma en crisálida. A esto se le llama hipermetamorfosis, y se conoce en pocas especies de insectos de nuestra fauna, como, por ejemplo, en el aceitero y en el Sitaris de quien tanto escribió Fabre.

Mantispa styriaca, un mantíspido. Convergencia evolutiva, coloración aposemática, mimetismo parcial con una avispa, consumidor especialista de huevos de un predador, e hipermetamorfosis, todo en uno. ¿Alguien da más?

04 septiembre 2009

Las cogujadas y las pequeñas diferencias

Hoy como hace siglos, las cogujadas comunes (Galerida cristata, izda.) corretean por los caminos polvorientos, apartándose de los coches con una rápida carrera cuando casi están a punto de atropellarlas. De ahí su nombre manchego, "pájaras tontas", que revela una opinión muy discutible sobre su inteligencia cuando uno se percata de que lo que buscan es alimentarse de los insectos que chocan contra el parabrisas y caen al suelo aturdidos. Su segundo nombre, "pájara moñuda", suena casi igual de manchego pero más descriptivo, y mucho más internacional por su semejanza con el nombre inglés del pájaro, crested lark. Sin embargo, pocas veces se ven cogujadas en Inglaterra, lo cual es chocante cuando sí que crían en el Norte de Francia. Parece que la respuesta está en que son especialmente sedentarias comparadas con sus parientes cercanos las alondras comunes (Alauda arvensis, la skylark, dcha.), frecuentes en la mitad septentrional de Iberia. Es llamativo que en los eriales de nuestro monte siempre se vean unas cuantas parejas de cogujadas todo el año, pero sólo en invierno haya alondras. Los mapas de distribución de ambas especies nos dicen que esto es la norma general: la alondra es sobre todo un ave invernante en el Sur de España, mientras que la cogujada aguanta durante el verano. ¿Acaso estos pájaros, que tanto se parecen, que están muy próximos dentro de la misma familia, se diferencian en algo que al uno le abre las puertas del verano mediterráneo mientras que al otro se las entorna o prácticamente se las cierra? Pues parece ser que sí, y que, en efecto, se trata de unas diferencias tan sutiles como importantes.

La sequía estival es el gran escollo al que deben enfrentarse todos los seres vivos mediterráneos, y es evidente que a unos pájaros de campo abierto sometidos a esta prueba les ayudará muchísimo a superarla el poder ahorrar agua en su cuerpo. Y qué casualidad: las cogujadas tienen un metabolismo más lento que el de las alondras, lo cual las hace generar menos agua de respiración. Además, las cogujadas pierden menos líquido por evapotranspiración que las alondras, en lo que probablemente influyan tanto la capa de grasa que las aísla como, quizá, algo a primera vista tan irrelevante como... ¡la longitud del pico! Al exhalar el aire a través de los cornetes nasales, el pico más largo de la cogujada tendería a retener más vapor de agua que el de la alondra. Aunque esto aún no se ha confirmado como diferencia clara entre ambas especies, es la tendencia general en su familia (Aláudidos).

¿Es la selección natural la causa de estos rasgos? Entonces, seguramente la alondra emigra para evitar el verano mediterráneo, al que no estaría tan bien adaptada como nuestra "pájara moñuda". Pero, desde mi ignorancia, hay al menos otra alternativa: que el origen de estos rasgos sea simplemente que los pollos de la cogujada han crecido en un hábitat más cálido y seco (plasticidad fenotípica)... Si fuera así, entonces el instinto migrador de las alondras sería en realidad lo que las excluye del Sur de Iberia, pero no su capacidad de adaptación. Es una posibilidad, pero personalmente sospecho que la selección natural está muy implicada en este asunto. En todo caso, las cogujadas no sólo no son tontas, ni "vulgares", sino que tienen mucho que enseñarnos, según con qué ojos las miremos.