11 marzo 2011

Semilla reptante

Todo animal fue antes un embrión, pero también toda planta. Lo que ahora despliega tallos, hojas y raíces era en principio un mero esbozo diminuto con muñones insinuando una raíz y una hoja, o dos (según la planta sea monocotiledónea o dicotiledónea, respectivamente). Al producir un embrión, la planta cierra su ciclo vital, porque dan vida a lo que antaño fueron: semillas, embriones rodeados de reservas de alimento dentro de una envoltura protectora. Las semillas, dentro de su correspondiente fruto, se dedican sobre todo a viajar, en una especie de lotería en la que puede tocarles una tierra buena para crecer, o todo lo contrario. Algunas semillas viajan del modo más simple, como las de las orquídeas, cuyos embriones, del tamaño de motas de polvo, se dejan llevar por la brisa. Otras plantas preparan a sus semillas con un equipo de desplazamiento, más o menos complicado, desde vilanos hasta los "cebos" que sirven como pago para que las hormigas transporten la semilla.

Una de las estrategias más extrañas de dispersión de semillas es la de la planta de la imagen, un alfiler de pastor, una de esas hierbas del género Erodium, parientes cercanas del geranio silvestre, que en estos días tachonan de flores rosadas el pastizal. El fruto de los Erodium parece una especie de sacacorchos cuando está seco, pero al humedecerse se estira lentamente, impulsado por fuerzas higroscópicas que se generan al mojarse las células muertas que componen el vástago. Al secarse, estas fuerzas desaparecen y entonces la "cola" del embrión vuelve a enrollarse. A base de mojarse y secarse alternativamente, siguiendo el ritmo de las lluvias, el "sacacorchos" se estira y se enrolla una y otra vez, y el resultado es que la semilla se arrastra por el suelo, dando tumbos a cámara lenta, a lo largo de meses. Así, este embrión reptante puede alejarse del lugar donde primeramente haya caído, dando, quizás, con una tierra mejor donde germinar. Si encuentra una pequeña grieta en el terreno, puede incluso clavarse como un verdadero sacacorchos, atornillándose al suelo mediante sucesivos ciclos de humedecerse y secarse. Con esto, la semilla se planta a sí misma, pero curiosamente lo hace sin hacer nada, sólo dejándose mojar por las lluvias y secar por el sol, una y otra vez.

Antes de caer al suelo, los frutos del Erodium se secan y al hacerlo giran muy despacio, como la manecilla pequeña de un reloj, soltándose de la planta. Por eso los Erodium también se llaman relojes. En este estado, los "sacacorchos" pueden clavarse en el pelo de algún animal que cruce por allí, como una oveja, y viajar muy lejos. Quizás las lluvias les ayuden a apearse de la lana, saltando de lomos de su transporte como muelles vivientes. El mecanismo de muelle de los Erodium recuerda extrañamente a los resortes de los colémbolos, a la biomecánica de las patas de los canguros, al sistema que dispara los dardos venenosos de ciertas células de las medusas, y a los movimientos higroscópicos que liberan las semillas de algunas plantas del desierto. Como si la evolución descubriera, una y otra vez, trucos similares, empleándolos de maneras distintas.

Gracias a Carlos M. Herrera por la información sobre el auto-enterramiento de las semillas de Erodium, que se describe con detalle en Stamp (1984) Self-burial behaviour of Erodium cicutarium seeds. Journal of Ecology 72:611-620. Más sobre dispersión de semillas de plantas mediterráneas en Blondel & Aronson (1999) Ecology and wildlife of the Mediterranean Region, Oxford University Press.

25 febrero 2011

Madre de las Hormigas

Mientras las abejas se afanan en los romeros, bañadas en sol, más abajo se extiende el mundo subterráneo, hecho de roca pulverizada, humedad y detritus, un oscuro laberinto sin caminos por donde yerran toda su vida millares de microbios, gusanos diminutos, lombrices, y el lagarto sin patas al que llaman la Madre de las Hormigas. La leyenda de una serpiente atendida por sus hijas hormigas en el corazón del hormiguero se repite extrañamente en distintas culturas, pero en nuestro caso la supuesta matriarca es en realidad un depredador del subsuelo que persigue a las hormigas dentro de sus propias galerías, las rastrea sacando su lengua bífida, las atrae, quizás, con uno de los débiles crujidos que emite, y las engulle una tras otra. Es la culebrilla ciega (Blanus cinereus), un lagarto en el que la evolución ha dado de nuevo con la forma de una lombriz de tierra, con una misma solución para un mismo estilo de vida, en lo que constituye un ejemplo espectacular de convergencia evolutiva. ¿Qué queda de lagarto en la culebrilla ciega? Ya no tiene patas, y sus ojos son sólo como puntos minúsculos cubiertos de escamas, pero todavía puede desprenderse de su cola como un verdadero lagarto.

La culebrilla ciega sólo vive en la Península Ibérica, y en toda Europa es la única especie de su familia, los Anfisbénidos. Tal nombre les viene de un monstruo legendario de la antigua Grecia, la
anfisbena, la Madre de las Hormigas, la serpiente con una cabeza en cada extremo del cuerpo, con lo cual podía moverse hacia delante y hacia atrás sin que se supiera si iba o venía. Puede que esta criatura esté inspirada de algún modo en la culebrilla ciega, cuya cabeza cuesta a veces distinguir de la cola y cuya presencia, en las raras ocasiones en que se deja ver, suele advertirse entre los túneles de un hormiguero al levantar una piedra. Se dice que la anfisbena nació de una gota de sangre de la monstruosa Gorgona Medusa, cuya mirada petrificaba y cuyos cabellos eran serpientes. Después de que Perseo, el Destructor, la decapitase mirando su reflejo en un escudo pulido, la sangre de Medusa cayó al desierto de Libia y fecundó las arenas, produciendo serpientes insólitas que, según se cuenta, fueron el asombro de Catón y de sus soldados cuando recorrieron aquella desolación. Siglos después, en los escudos y bestiarios medievales, la anfisbena reapareció en forma de dragón de dos cabezas, y más tarde aún inspiró el misterioso relato escrito por un Jorge Luis Borges con toques de Lovecraft: There are more things. Ajena a toda esta vida imaginaria, la anfisbena de nuestro monte mediterráneo no tendrá dos cabezas, ni será hija de Medusa, pero, evocando otra leyenda griega, este reptil es para las hormigas el verdadero monstruo de sus laberintos subterráneos.

L
a producción de sonidos en la culebrilla ciega fue descrita por vez primera en Gómez Durán (1985) Producción de sonidos en Blanus cinereus. Doñana Acta Vertebrata 12: 326-327. Más sobre la anfisbena en "El libro de los seres imaginarios", de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero (edición de 2007).

16 febrero 2011

Estudio en escarlata

Aquella mañana de mediados de febrero comencé así mis notas de campo: "9:30, soleado, al pasar de los 12º vuelan las primeras abejas". Zumbaban sobre los romeros cargados de flores, cada una según sus peculiares costumbres... Las grandes Anthophora volaban veloces como ráfagas, libando nerviosamente una flor cada pocos segundos, mientras que las pequeñas Halictus se detenían a veces más de un minuto en la pista de aterrizaje de cada flor. Me senté a contemplar el espectáculo de tanto bullicio diminuto, y pronto descubrí otros visitantes más escasos: una esfinge colibrí... cardenillos... un chinche de la fresa, moscas abejorro, y el más extraño de todos, una mosca tan roja que parecía emanar desde el interior de su cuerpo un resplandor irreal de intenso color bermellón, un ser extravagante, de frente picuda, cuyo cuerpo escarlata reverberaba bajo el sol como un rubí viviente. ¿Quién era este desconocido entre el microcosmos del romero en flor? Imposible averiguarlo sin volver a casa, donde, entre guías y claves de identificación, me sumergí, como Holmes y Watson, en mi particular versión naturalista de su estudio en escarlata. Me costó como una hora, pero finalmente di con la respuesta: era un Conópido del género Myopa, una especie de... abreabejas.

Leí cómo estas moscas se desarrollan como gusanos que devoran vivas por dentro a las abejas y abejorros, al estilo de tantos y tantos otros parasitoides del mundo de los insectos. Pero lo especial de los Conópidos es cómo abordan a su víctima. Tienen unas piezas con forma de abrelatas al final del abdomen, con las cuales abren un poco los segmentos abdominales de las abejas, lo justo para introducirles la muerte en forma de un huevo. Dicen que todo sucede en un abrir y cerrar de ojos: el rápido vuelo de la mosca escarlata, la abeja que recibe un inesperado contacto en el aire, y, tras una lucha en la que ambos insectos pueden caer al suelo forcejeando, todo vuelve a la normalidad. Pero sólo en apariencia: la abeja lleva ya dentro a un pasajero que acabará por alejarla del sol, de las flores del romero, de todo ese mundo que, al romper la primavera, identificamos como el triunfo de la vida, y en el que el insecto rojo me enseñó que también acechan los más refinados y mortales trucos de la evolución.

07 febrero 2011

Lagartijas, muros y especies ocultas

Con los primeros días de sol y buenas temperaturas, la vida se despereza en nuestros montes. Después de semanas de torpor, los insectos y demás animales de sangre fría reanudan su actividad. Los pequeños lagartos mediterráneos, las lagartijas, se calientan por la mañana al sol, con la piel avejentada por las inclemencias del invierno y el hocico húmedo de mordisquear el musgo, de donde lamen gotas de agua. Uno de estos saurios recién salidos del parón invernal (o brumación, en reptiles) es la lagartija ibérica (Podarcis hispanica). Este lagarto menudo se solea sobre las rocas aplanándose hasta el punto de extender sus costados, prolongando su anchura al mover hacia el exterior las costillas. Así logra aumentar al máximo la superficie que expone al sol, con lo cual se calienta más rápidamente y puede pronto lanzarse a acechar insectos, a los que captura con una velocidad y precisión que parecen más propias de un depredador de sangre caliente.

Aunque la lagartija ibérica habita solamente en la Península Ibérica y sólo se adentra un poco en el norte de África y en Francia, el caso es que su apariencia varía más que la muchas especies de distribución mucho más amplia. Esto sugiere que lo que nosotros llamamos "lagartija ibérica" en realidad corresponde a varias especies de distinto aspecto, unidas bajo el común denominador de frecuentar los roquedos y de tener un aspecto similar. Esta sospecha se ha confirmado recientemente mediante estudios genéticos, que han demostrado que la lagartija ibérica en realidad es lo que se llama un "complejo de especies", esto es, varias especies muy semejantes por fuera pero en realidad muy diferentes en su ADN, lo que indica que no se reproducen entre sí y por tanto que son especies por pleno derecho. Mientras se describen estas especies insospechadas de nuestro saurio más familiar, quedémonos con la clave de este asunto: en la naturaleza, lo que llamamos "especie" puede esconder varias especies prácticamente idénticas pero perfectamente válidas. Estas especies, llamadas especies gemelas o especies crípticas, quizá sean frecuentes entre ciertos grupos de seres vivos, pero no las reconoceremos hasta que analicemos cuidadosamente sus genomas. Así que una simple guía de campo no nos bastará para identificar correctamente todo lo que encontremos incluso entre los vertebrados. Si pensábamos que la biodiversidad es un patrimonio desmesurado, lo es más aún...

31 enero 2011

La lucha por la existencia

En nuestro monte, a ras de suelo, la hierba brotada en otoño aguarda el final de las noches de escarcha y los días helados. Siempre que veo a las pequeñas plantas, unas junto a otras, soportando el hielo, me viene a la mente esa expresión clásica del darvinismo, la "lucha por la existencia", el fundamento de la evolución por selección natural. Darwin mismo comprobó lo difícil que es la supervivencia en el mundo de las hierbas: aclaró un pequeño parche de suelo, dejando la tierra al descubierto, y anotó cualquier planta que comenzase a crecer. De un total de 357 plantas que nacieron, no menos de 295 fueron destruidas por los insectos y las babosas. Wallace, el codescubridor de la selección natural, expresó la idea de lucha por la existencia de este modo:

Para la mayoría de las personas la naturaleza parece en calma, ordenada, y pacífica. Ven los pájaros cantando en los árboles, los insectos sobrevolando las flores, la ardilla trepando entre las copas, y todos los seres vivientes en posesión de salud y vigor, y en el disfrute de una existencia al sol. Pero no ven, y casi nunca piensan sobre, los medios por los que esta belleza y armonía y disfrute surgen. No ven la constante y diaria búsqueda de comida, el fracaso al obtenerla que trae debilidad o muerte, el constante esfuerzo para escapar de los enemigos, la incesante lucha contra las fuerzas de la naturaleza.

Contra las fuerzas de la naturaleza... ¿pero cuáles son esas fuerzas, y cuál es su importancia? Muchos naturalistas, al pensar en la lucha por la existencia, consideran más bien una pugna entre individuos, una competencia sin cuartel. Estos naturalistas suelen saber mucho de animales y menos de plantas. Por el contrario, los más dados a las plantas tienden a darle menos peso a la competencia entre especies y más a lo que Wallace sugiere al final: las "fuerzas de la naturaleza", el clima y sus imposiciones. Ante esta discrepancia, lo lógico es preguntarnos qué fuerzas predominan en la lucha por la existencia: ¿los enemigos, o los elementos? Esta cuestión daría pie a innumerables entradas, pero de momento solamente me fijaré en una idea muy general. Pensemos en un ecosistema como nuestro monte. Ninguno de sus habitantes puede escapar al clima de la región y a sus peligrosos caprichos: trombas, sequías, heladas, nevadas... En cambio, la acción de los enemigos (depredadores, parásitos, competidores...) depende, de un modo u otro, del encuentro entre un organismo y ese enemigo, encuentro que de por sí implica un componente de azar. Por simple azar, por tanto, los seres vivos podrían ver mitigada su lucha por la existencia unos contra otros, pero jamás pueden evitar la lucha con los elementos primordiales. Así que, a muy grandes rasgos, el impacto del clima y sus vicisitudes podría ser mayor en la evolución que el de la consabida competencia. Sé que suena demasiado sencillo para ser cierto, así que en próximas entradas iré desgranando la idea con algunos ejemplos...

Párrafo de Wallace traducido por mi mismo del capítulo II de su obra Darwinism (1889, edición de Dodo Press), de donde procede también el relato sobre el experimento de Darwin.

21 enero 2011

Memorias de Australia

Las palomas torcaces (Columba palumbus) son las mayores palomas de la región mediterránea y una de las aves inviernantes más comunes de nuestros montes. Su despegue ruidoso desde encinas y olivos puede oirse todo el año, pero al llegar el frío miles de palomas bajan desde el norte de Europa para pasar esos meses hostiles en los paisajes mediterráneos, donde el invierno se hace más llevadero. Otros grupos de aves no realizan esta migración, por ejemplo, las aves de la tundra ártica: el halcón gerifalte, el búho nival, la perdiz nival... Especies que se han adaptado a las condiciones extremas del invierno boreal, a diferencia de las palomas y otras muchas aves. ¿A qué puede deberse esta diferencia? ¿Acaso las palomas, por algún motivo, encuentran difícil adaptarse al frío? Es difícil contestar a esta pregunta, pero puede que la respuesta sea más sencilla de lo que parece. La clave podría estar en algo que últimamente suena mucho en ecología: el conservadurismo de nicho (niche conservatism).

Las palomas (orden Columbiformes) parece que se originaron en Australia, junto con muchos otros linajes de aves, como los córvidos o lo que llamamos "pájaros" (paseriformes). En Australia, las primeras palomas debieron de ocupar las antiguas selvas tropicales, donde aún hoy se da la máxima diversidad mundial de palomas. En las junglas, las palomas originariamente se alimentarían, como hoy, de frutos, como tantos otros organismos tropicales. Así que, desde el principio, las palomas comenzaron como aves frugívoras tropicales. Esta manera de vivir, este nicho ecológico ancestral, supone una herencia difícil de perder. Cuando, a lo largo de millones de años, las palomas se extendieron de Australia a Eurasia, originando nuevas especies por el camino, y cuando finalmente colonizaron Europa, cambiaron adaptándose al clima más fresco de estas regiones templadas, pero las nuevas especies retuvieron ese "aire de familia", heredado de sus antepasados de Oceanía. Quizás por eso aún hoy parece que les cuesta adaptarse a los climas muy fríos, ya sean de montaña o boreales, ya que ese clima es muy lejano del clima tropical en que vivían sus ancestros. Y quizás esa herencia explica que su dieta se base principalmente en los frutos. Como nos muestran nuestras torcaces, que incluso en la región mediterránea se alimentan todavía en abundancia de los frutos de un linaje tropical de árboles: las encinas. En efecto, las torcaces son consumadas comedoras de bellotas, que tragan enteras. Su historia evolutiva, en la que se unen la biogeografía y el conservadurismo de nicho ecológico (de papel ecológico, si se quiere), constituye un ejemplo curioso de cómo la ecología y la evolución nos pueden ayudar a entender los rasgos de los seres vivos a nuestro alrededor.

Sobre el origen de las palomas en Australia: Briggs (1987) Biogeography and plate tectonics. Elsevier. Sobre conservadurismo de nicho: Wiens (2005) Niche conservatism as an emerging principle in ecology and conservation biology. Ecology Letters 13: 1310-1324.

22 diciembre 2010

Tres especies y un nicho

Una imagen como ésta es tan difícil de contemplar como fácil de ver resulta su protagonista rapaz, el aguilucho pálido (Circus cyaneus), en sus largos planeos sobre los campos abiertos durante el invierno, ya sea en La Mancha o en cualquier otra zona despejada a lo largo de casi toda la región Paleártica (Eurasia y Norteamérica). Cada año sobrevuelan nuestro ecosistema algunos aguiluchos pálidos, menos que sus parientes estivales, los aguiluchos cenizos (Circus pygargus), que prácticamente son idénticos excepto por su tamaño algo mayor y por migrar cada año desde el África subsahariana. Por lo demás, ambas especies de aguiluchos cazan planeando bajo sobre los campos, y ambas capturan más o menos lo mismo: pequeños vertebrados (sobre todo pajarillos, roedores, algún gazapo...) y a menudo insectos grandes.

Por tanto, a efectos prácticos, uno y otro aguilucho desempeñan el mismo papel en el ecosistema, el mismo nicho ecológico. Y esto va en contra de lo que se nos enseña generalmente a los biólogos: que cada especie tiene un nicho ecológico distinto, separado del de otras especies de su comunidad. Pero muchos os habréis ya percatado de que en realidad ambos aguiluchos sí que ocupan nichos distintos, separados en el tiempo por la estación del año. De este modo, viven en el mismo sitio pero nunca coinciden lo suficiente como para competir en serio uno con otro por el alimento, lo cual llevaría a la extinción de la especie menos capaz, según cree la mayoría de los naturalistas. Con esto, la norma "una especie - un nicho" queda salvada.

Pero quitémonos los prismáticos y miremos alrededor del aguilucho pálido. En esos mismos campos abiertos podemos encontrar ratoneros y milanos reales, rapaces que solamente visitan el paraje en invierno, con dietas prácticamente idénticas a las del aguilucho pálido. ¿Diremos que ocupan nichos distintos? Si es así, ¿dónde está la diferencia que los separa? Tanto el aguilucho pálido como el ratonero y el milano se dedican a capturar lo que buenamente pueden para sobrevivir al invierno, ¿podemos pensar que se van a permitir el lujo de seleccionar a su presa para evitar competir entre sí? Como no puedo convencerme de que no compitan por sus presas (lo que come uno ya no lo comerá otro), tengo que considerar que las tres rapaces están ocupando un mismo nicho en el ecosistema. Es decir, cuando llega el invierno, cuando escasean las presas, los temporales impiden cazar y en los días de sol apenas hay horas de luz para conseguir alimento, en esos meses durísimos para la vida, en nuestro monte no hay una sola especie de rapaz planeadora, como en verano, sino... ¡nada menos que tres! Tres especies en el mismo nicho.

Por desgracia, la definición de nicho es tan capciosa que habrá quien piense que no llevo razón, que estas tres rapaces ocuparán tres nichos distintos, separados por alguna peculiaridad completamente insignificante que distinga sus dietas en el paraje. Da lo mismo: si compiten, la teoría clásica dice que debería quedar una sola especie. Y es difícil negar que compitan por el escaso alimento en las condiciones que he descrito antes. Por todo esto, y por más cosas que ya he comentado por aquí, considero que la imagen típica de las comunidades ecológicas, esa idea de que cada especie tiene forzosamente un nicho distinto, es una caricatura de la realidad que más que ayudar nos confunde a la hora de comprender la naturaleza.

11 diciembre 2010

Los pequeños migradores

Después de las primeras nieves y de las lluvias abundantes que siguieron, por fin vuelve a salir el sol sobre nuestro monte mediterráneo, y ahora todos los pajarillos se afanan aprovechando las horas de buen tiempo para conseguir algo de la comida que no han logrado en estos días de tempestades. Toda la comunidad de aves invernantes está en movimiento: petirrojos y herrerillos trajinan por las copas de las encinas, más arriba de la altura de las ramas por donde se suele ver a las currucas. Los zorzales y las urracas cruzan de un arbusto a otro, bandos de torcaces pasan rápidamente por el cielo, y a lo lejos se oyen gangas, ortegas, mirlos... En esta época incluso los pedregales tienen su propio especialista, el colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros, el de esta acuarela es un macho). Cada invierno, dos o tres parejas de colirrojos se instalan provisionalmente en torno a las alineaciones de rocas apiladas que delimitan un antiguo campo de cultivo, abandonado hace décadas e invadido por matorrales, en el borde del ecosistema. Como tantas especies de aves, los colirrojos sólo visitan el paraje en invierno, y se marchan en cuanto despunta la primavera. Lo mismo cabe decir de los reyezuelos, petirrojos, zorzales, escribanos montesinos, pinzones, herrerillos, alondras... Todos ellos tienen algo en común: son pájaros bastante pequeños. En comparación, muchas de las aves que pueden verse todo el año son medianas o grandes, como avutardas, sisones, torcaces, perdices, gangas y ratoneros, por citar unas cuantas especies. Y si lo pensamos tiene toda la lógica del mundo, porque, al igual que los más propensos a padecer el frío son los niños pequeños, las aves más menudas resultan mucho más vulnerables a las heladas que las de mayor tamaño. Un ser vivo pequeño tiene mucha superficie corporal comparada con su peso, y esa elevada relación superficie/volumen hace que pierda más calor que uno grande. Por eso esperaríamos que las aves que vienen a estas tierras huyendo del frío de los inviernos del norte fuesen mayoritariamente pequeñas. Un simple paseo por cualquiera de nuestros montes confirma esta sencilla expectativa, otro ejemplo más de que la naturaleza a menudo es más fácil de entender de lo que parece.

25 noviembre 2010

Recuerdo del trópico

Muchas de las plantas del monte mediterráneo que ahora toleran los temporales y el frío descienden de especies tropicales, aunque cueste creerlo. Sus antepasados antaño crecían en las junglas lluviosas que cubrían Europa, hace 50 millones de años, y en cambio ahora sus lejanos descendientes han de vérselas con el cierzo y la escarcha. Ante tanto contraste, se diría que poco tienen de tropicales... y el lector está en todo su derecho a dudar de que ese supuesto origen tropical sea cierto... porque, en definitiva, ¿qué pruebas hay? Bien, fijémonos en las coscojas, esas carrascas de vivo color verde, cuyas hojas, a diferencia de las encinas, no tienen el envés cubierto de fino pelo blanco.

Las coscojas (Quercus coccifera) nos muestran todo el año sus hojas duras, coriáceas y escamosas, esa clase de hoja, llamada esclerófila, que encontramos en muchos otros arbustos mediterráneos, desde el olivo hasta el madroño. Y entre las hojas, sobre cuencos leñosos repletos de espinas, las coscojas echan sus bellotas, mucho más amargas que las de la encina. Las separa además otra gran diferencia: las bellotas de la encina cuajan en primavera y caen al siguiente otoño, y muchas bellotas de la coscoja siguen el mismo ritmo pero otras se vuelven tardonas, madurando no al primero otoño sino al segundo. El que los frutos tarden años en madurar es uno de los rasgos más típicos de los árboles tropicales, que en el buen clima de la selva lluviosa pueden permitirse el lujo de dejar que crezcan sus frutos durante un invierno o más, porque a efectos prácticos el invierno apenas se distingue del verano.

Así que las bellotas tardonas de la coscoja nos dan la pista que estábamos buscando: sólo un genuino descendiente de árboles tropicales podría mostrarnos algo así. En eso contrasta vivamente con sus parientes de última generación, los robles, árboles del mismo género que la coscoja (Quercus) pero que han perdido muchos rasgos tropicales para adaptarse al frío de los bosques europeos al norte del mediterráneo. Sus bellotas caen al primer otoño, y además sus hojas ya no son perennes, como las de los árboles tropicales, sino que se han vuelto caducas - el roble las deja morir en otoño y así se evita posibles daños por congelación. Todos estos y muchos más pequeños detalles son las pistas, en apariencia insignificantes, que nos permiten resolver esos misterios que nos brinda la naturaleza con tanta abundancia a poco que la intentamos entender.

Basado en el origen de la flora mediterránea narrado en Thompson (2005) Plant evolution in the Mediterranean (Oxford University Press).

06 noviembre 2010

Gelatina medicinal consume terciopelo violeta

El título de esta entrada no está sacado de ninguna oscura obra surrealista, sino que, por extraño que parezca, se ciñe a la realidad, a una de esas historias increíbles de nuestro monte mediterráneo. Este es el hongo Tremella mesenterica creciendo sobre el tocón de un romero. Más concretamente, lo que vemos aquí equivale a una seta, el cuerpo fructífero con que el hongo fabrica sus esporas. Antes de producir esta gelatina anaranjada, llamada en inglés mantequilla de brujas, el hongo consiste en levaduras, células microscópicas que se desarrollan como un parásito "vampiro", absorbiendo nutrientes directamente de las células de otros hongos de la madera, hongos como el moho violeta llamado Peniophora quercina (pinchad para verlo), común en las ramas muertas de las encinas en esta época del año.

Las levaduras de Tremella que consumen este terciopelo violeta pueden ser de dos sexos distintos, pero sería muy extraño llamarlos macho y hembra, ya que son sólo células. Ambos sexos se atraen mediante sustancias químicas y al unirse dan lugar a una célula-huevo que crece hasta formar esta gelatina dorada. Hace poco se ha descubierto que tiene propiedades anticancerígenas: cuando esta extraña masa se macera en alcohol, el extracto resultante provoca la muerte de las células malignas de ciertos tipos de cáncer de pulmón. ¿Qué otras sorpresas medicinales nos aguardarán entre toda esta biodiversidad ignorada del monte mediterráneo? Y pensar que para muchos todo lo que no sea caza o cultivos debe ser eliminado de la naturaleza...

Basado en estas fuentes:
Chen et al. (2008) Induction of apoptosis in human lung carcinoma A549 epithelial cells with an ethanol extract of Tremella mesenterica. Bioscience 72:1283-1289.
Sakagami et al. (1981) Peptidal sex hormones inducing conjugation tube formation in compatible mating-type cells of Tremella mesenterica. Science 212:1525-1527.

Más sobre el mundo fascinante de los hongos en la guía de Marcel Bon (2005) Hongos de España y de Europa (Omega).