19 febrero 2013

2013: una odisea lepidóptera

Sobrevuelan los romeros, liban algunas flores, incluso en los días más fríos de febrero algunas pueden verse revoloteando a ras de suelo, como surgidas de la nada, pero sus alas desgastadas por el viento atestiguan que son sólo un eslabón más en la odisea que cada año lleva a su especie a emprender la más insólita de las migraciones.

El amanecer del viaje
En un planeta azul, perdido en la Vía Láctea, cada traslación alrededor de su estrella amarilla va acompañada de una oleada invisible de vida diminuta que viaja desde los trópicos hacia los polos, un viaje de ida y vuelta de unos 13.000 km realizado por seres tan débiles que no pueden desafiar la fuerza de los vientos que circundan la delgada atmósfera de ese mundo. Estos pequeños animales casi cosmopolitas inician su viaje en las tierras cálidas cercanas al ecuador, en donde se reproducen sin cesar, una generación tras otra, hasta ocho al cabo del año. Pero el latido estacional del planeta cambia cíclicamente la temperatura en las latitudes templadas, lo cual permite a estos seres colonizar territorios más al norte y más al sur del ecuador. Caen allá donde los arrastre el viento, y si encuentran clima favorable y recursos alimenticios entonces rápidamente se reproducen. Pueden poner hasta 500 huevos, y las larvas de la nueva generación, protegidas dentro de tiendas de seda, pronto crecen a costa de consumir apresuradamente la amplia variedad de vida fotosintética que pueden comer. Los adultos, nada más emerger, emprenderán su propio viaje, una etapa más hacia los polos dentro del periplo que sus progenitores habían iniciado. Esta odisea, pues, abarca varias generaciones.

Radar vertical entomológico (VLR) dirigido hacia el cielo de Chilbolton, Hampshire (Inglaterra)
De abril a junio de 2009, más de 11 millones de insectos del tamaño de una mariposa cardera (Vanessa cardui, ver fotografía) fueron detectados por el radar viajando hacia el norte a una altitud de entre 150 y 1.200 metros sobre el suelo. Su velocidad media respecto al suelo era de unos 50 km/h, lo que significa que las mariposas estaban volando a su velocidad típica, de unos 20 km/h, con viento a favor de aproximadamente 30 km/h a 300 metros de altitud. Estas observaciones coinciden en el tiempo con miles de avistamientos de carderas volando cerca del suelo por todo el oeste de Europa. Se piensa que los insectos detectados por el radar pertenecen a la primera generación de carderas nacidas a principios de la primavera en la región mediterránea. A su vez, esta generación mediterránea descendería de otra nacida en latitudes subtropicales durante el invierno.

Finlandia, y más allá del círculo polar
En pleno estío, la generación de carderas alcanza su apogeo en las tierras boreales de Europa. Estos descendientes de la generación primaveral que cruzó sobre Hampshire atestiguan cómo una especie tropical, a través de sucesivas generaciones, ha logrado aprovechar incluso los recursos que le ofrece el efímero verano de Escandinavia. ¿Y ahora qué? Más allá del círculo polar les espera la muerte, y más al sur las heladas del invierno europeo acabarían con todos estos viajeros. ¿Es este el final de su odisea, millones de insectos sucumbiendo al frío? Por supuesto que no. En agosto de 2009, los radares VLR de Kerava y Kumpula, en Finlandia, detectan el paso hacia el sur de las mariposas sobre tierra firme y mar, a entre 500 y 700 metros de altitud. La generación más norteña está regresando al territorio que abandonaron sus antepasados en primavera, y allí criarán, junto a sus parientes que no migraron al norte. Originarán a otra generación de carderas en septiembre-octubre, y a su vez estas mariposas tardías viajarán hacia el mediterráneo y el norte de África, en donde todavía tendrán tiempo de producir otra generación más, ya poco populosa, a las puertas mismas del invierno.
 
Seis generaciones y 60 grados de latitud después, las carderas habrán regresado al invierno tropical africano, a las tierras en donde nunca dejan de reproducirse. Como cada año de cada siglo, su odisea estará lista para volver a empezar.

Basado enteramente en Stefanescu et al. (2012) Multi-generational long distance migration of insects: studying the painted lady butterfly in the Western Palaearctic. Ecography 35: 1-14.

29 enero 2013

Capturad al mediano

Una jauría de lobos no se molesta en perseguir a un ratón por el mismo motivo que una comadreja no se lanza a cazar un venado: el esfuerzo no compensa. Porque un depredador no sobreviviría si se dedicase a malgastar sus fuerzas persiguiendo presas diminutas, que apenas le aportarán calorías, ni atacando a presas tan enormes que difícilmente podrá doblegarlas. Por eso la evolución ha ajustado con precisión las costumbres de los cazadores de manera que cada especie se dedica a presas dentro de una determinada gama de tallas, las que le rendirán buenos beneficios en términos de esfuerzo y resultado. ¿Qué significa esto para las presas? Que las pequeñas tendrán que preocuparse sobre todo de cazadores pequeños, y las grandes de los mayores predadores. En este esquema, las presas medianas son las más perjudicadas, porque interesan tanto a grandes como a pequeños cazadores. Así, los lobos cazan numerosos conejos, y a veces las comadrejas capturan gazapos. Justo en el tamaño del conejo (Oryctolagus cuniculus) coinciden los fulcros de multitud de palancas depredadoras del matorral mediterráneo. Su pariente, la liebre, también sufre los intereses de la mayoría de carnívoros y rapaces. Estando conejos y liebres en pleno punto de mira, ¿qué pueden hacer para sobrellevar a tanto depredador?

Los conejos han optado por la estrategia de sustituir sus bajas rápidamente, y para ello cuentan con una fecundidad proverbial. Prueba de ello son las frecuentes plagas de conejos tanto dentro como fuera de la región mediterránea, graves hasta tal punto que los antiguos habitantes de Mallorca pidieron ayuda incluso a las legiones romanas para que los librasen de una marea de conejos que arrasaba la isla. Por su parte, la liebre ha tomado otro camino, se ha tornado en maestra de la defensa en forma de huida, y la evolución ha llevado al límite su anatomía en aras de la velocidad y el quiebro. Así, la liebre europea (Lepus europaeus) alcanza 56 km/h en campo abierto, y su columna vertebral increíblemente flexible le otorga una portentosa capacidad para el regate. Sus músculos están especialmente preparados para los esfuerzos súbitos de la carrera, ya que contienen mucha mioglobina, una proteína que almacena oxígeno y tiñe de rojo oscuro la carne de liebre. Su corazón es enorme, representa el 1.8% del peso corporal, frente al 0.3% del conejo. Con la proporción de una liebre, el corazón de un hombre de 80 kg pesaría casi kilo y medio, unas cinco veces más de lo normal. Nuestra liebre ibérica (Lepus granatensis, ver dibujo), por supuesto, muestra adaptaciones muy similares a la europea.

Liebres y conejos ejemplifican las múltiples soluciones que puede dar la evolución ante un mismo problema. ¿Por qué esta divergencia? ¿Tal vez porque los conejos son más propensos a ser fecundos, por construir madrigueras donde crían a salvo? ¿Quizás la mayor vulnerabilidad de los lebratos hizo de la liebre la arcilla adecuada para que la evolución modelase a un velocista extremo? Sea cual sea la respuesta, la evolución de una de estas tácticas puede cambiar todo el ecosistema. Porque, si los conejos no fuesen tan prolíficos, seguramente no habrían evolucionado los grandes especialistas en su captura, es decir, el lince ibérico y el águila imperial, emblemas de la fauna ibérica. Los ancestros del conejo empezaron a excavar madrigueras para criar, ¿fue eso fue la primera ficha de dominó cuya caída se tradujo, al cabo de millones de años, en el origen de nuestro lince ibérico? Sería otro caso más en el que una mezcla de casualidad y ecología marcase el rumbo de la historia de la evolución.

Más sobre plagas de conejo en Species diversity in space and time, de Michael Rosenzweig (1995),

12 enero 2013

El invierno de los de antes


Un pececillo de cobre, posiblemente del género Machilis.
En las vastas soledades de hielo de la Antártida, más allá de un océano gélido, en los confines australes del planeta, el mayor animal terrestre que existe es... un mosquito. Belgica antarctica pertenece a un antiguo linaje que se separó de los demás mosquitos quironómidos hace unos 68 millones de años, al final de la era de los dinosaurios. A su vez, los mosquitos resultan ser el grupo más primitivo dentro del orden de los Dípteros (moscas y mosquitos). ¿Será casualidad esta conexión entre frío y antigüedad? Intentemos averiguarlo en esta entrada, y para eso empecemos fijándonos en qué clase de animales se aventuran a exponerse a los elementos durante estos días de escarcha y niebla en nuestro matorral mediterráneo.
 
Los más visibles de esos animales son las aves, que resisten muy bien el frío y las inclemencias gracias a su sangre caliente y a su plumaje impermeable. La mayoría de estas aves invernales son pequeños pájaros (Paseriformes), cuyo origen evolutivo es bastante reciente. Así que sumemos un punto en contra para la conexión frío-antigüedad. Pero, ¿qué hay de los invertebrados? Ahora llegan dos puntos para esa conexión, porque los únicos que a lo largo de estos años he alcanzado a descubrir mientras pululaban sobre el suelo de nuestro monte tras las heladas son algunos de los invertebrados de linaje más antiguo del paraje. Los menos escasos resultan ser los opiliones, esos zanquilargos arácnidos que se separaron los primeros de la estirpe que originó a los escorpiones y solífugos. Cuando asoma el sol y la escarcha se derrite, algunos diminutos opiliones, de varias especies, salen de entre las grietas de las rocas y pasean, majestuosos a su manera, sobre sus larguísimas patas, con un aire que siempre me recuerda a los trípodes de los marcianos en La Guerra de los Mundos. De igual manera se mueven los opiliones incluso sobre las nieves alpinas, en donde se cuentan entre los poquísimos invertebrados capaces de sobrevivir, un nuevo indicio de que están especialmente bien adaptados al frío. Junto a ellos, en nuestro monte puede corretear el otro protagonista del invierno de los invertebrados, el extrañísimo pececillo de cobre, miembro del orden más remoto de entre todos los insectos actuales, el de los Arqueognatos. Estos insectos primitivos, de aspecto rugoso y un tanto antediluviano, saltan como si fueran colémbolos, pero tienen tres colas al estilo de los pececillos de plata; comen detritus y prefieren vivir en sitios húmedos, muchos incluso en las orillas, como si todavía recordasen su origen a partir de crustáceos acuáticos.

 
En resumen, en lo más frío del invierno permanecen activos en nuestro monte un grupo de vertebrados más bien moderno y dos grupos de invertebrados muy antiguos. Sumemos a esto el caso del mosquito antártico, y ya tenemos un 1 a 3 a favor de la conexión frío-antigüedad. Por supuesto, con este resultado tan corto no se puede asegurar que esa conexión sea una norma en la naturaleza, pero queda abierta la posibilidad de que lo sea. ¿Y si lo fuese? ¿Por qué los grupos más antiguos de seres vivos habrían de ser más propicios a tener especies adaptadas al frío? Tal vez porque adaptarse al frío es de por sí difícil para cualquier organismo, pues las células se rompen cuando se congelan, atravesadas por agujas microscópicas de hielo. La evolución necesitará tiempo para dar con la solución a este problema, y lo hará a base de generaciones y generaciones "probando" diversas mutaciones. Cuanto más tiempo le demos, más fácil será que dé con la solución. Según esto, lo lógico sería que los organismos adaptados al frío surgieran precisamente en los linajes más antiguos, ya que la evolución ha tenido en ellos tiempo suficiente para producir las adaptaciones necesarias. Este proceso sería válido sobre todo en seres de sangre fría, como la mayoría de los invertebrados, ya que los animales de sangre caliente están de por sí mejor adaptados al clima frío. Por eso, quizás, los mamíferos del ártico, como el oso polar, son más bien modernos que antiguos: sus antepasados estaban preadaptados para que la evolución los moldease con más facilidad ajustándolos al frío polar. A falta de conclusiones definitivas, quedémonos con que el invierno hace de nuestra fauna de invertebrados una colección de especies más primitiva que nunca. O dicho de otro modo, de "los de antes" es el invierno.

13 diciembre 2012

El inquilino acorazado

Ciertas avispas jurásicas comenzaron a excavar galerías subterráneas, y en su mundo de laberintos oscuros perdieron las alas, se organizaron como una sociedad de castas al mando de una reina, y hoy llamamos hormigas a sus lejanos descendientes. Las hormigas crearon un nuevo hábitat, el de sus hormigueros, un ambiente protegido, abastecido de provisiones y amortiguado respecto al frío y al calor del exterior. Algunos invertebrados supieron aprovechar las ventajas de este nuevo mundo, se convirtieron en las “mascotas” de las hormigas, como veíamos en una entrada anterior. En estos días de frío, bajo la escarcha, en lo profundo de los túneles, deambulan entre la masa de hormigas en movimiento unos inquilinos mucho más extraños y fuertes que la indefensa cochinilla de la humedad.

Podemos encontrar a estos insólitos comensales al levantar una roca y dejar al descubierto los intrincados pasadizos del hormiguero, pero resulta fácil pasarlos por alto, pues en ese momento sólo nos parecerán grumos de tierra, o como mucho conchas vacías y estropeadas de algún caracol. Pero una vez me entretuve lo bastante ante la piedra levantada como para que uno de esos grumos cobrase vida. De pronto, unas patas asomaron del pequeño estuche terroso, revelando que era en realidad el habitáculo de una larva de escarabajo. Durante más de un año, la naturaleza de esa larva fue para mí un misterio. Hasta que, leyendo por casualidad en una guía de campo, di con la respuesta.
Como pude confirmar, era una larva de escarabajo clítrido, seguramente del género Lachnaia, o Clytra, un insecto que pasaba su estadío juvenil errando a ciegas por el dédalo de un hormiguero. Se alimenta, creemos, de los detritus que va encontrándose por los pasadizos. Se protege de las belicosas hormigas fabricándose ese estuche terroso a base de sus propios excrementos, una funda que crece al ir creciendo el gusano que la construye. Ante el inquisidor contacto de las antenas de una hormiga, la larva de clítrido se refugia velozmente en el estuche, taponando la entrada con la dura placa esclerotizada que escuda su cabeza. De este modo logra sobrevivir entre la marea de obreras dispuestas a eliminar a cualquier intruso en su colonia. Y cuando finalmente la larva se convierte en crisálida, suele hacerlo bajo una roca, cerca del exterior, facilitando así el escape al escarabajo adulto.

Un peligro más letal que la horda de hormigas acecha a esta larva acorazada. Lo vi en una sola ocasión en trece años, o quizás no, no estoy seguro. Sólo sé que una vez, al levantar una roca, observé atónito, entre las hormigas, a una hormiga de terciopelo, una de esas avispas vellosas, rojinegras y sin alas. Este intruso avanzaba sin ninguna preocupación aparente junto a las hormigas, lo cual me extrañó porque normalmente los insectos huyen de ellas. Más tarde averigüé que una especie de hormiga de terciopelo, Physetopoda halensis, se desarrolla parasitando larvas de Clytra dentro de los hormigueros. Tal vez sorprendí a una de estas especialistas extremas buscando a su víctima, no puedo confirmarlo.

En cualquier caso, existe una avispa de terciopelo que crece devorando a un gusano acorazado, que a su vez vive como comensal de unas avispas subterráneas… Sumemos una extravagancia evolutiva más a la larga lista de rarezas vivientes del matorral mediterráneo.

14 noviembre 2012

Delicioso parásito

Llegó el tiempo de la seta de cardo, y cada mañana los seteros que recorren las alfombras verdes de hierba recién nacida bajo la niebla son la pieza final de una larga y extravagante historia de evolución. Remontémonos unos 800 millones de años hacia el pasado; por entonces, la tierra firme era todavía un desierto solamente habitado por microbios y por algunos hongos que vivían de descomponer los escasos restos que dejaban las algas del verdín sobre la roca y el suelo. Miles de siglos después, hace unos 450 millones de años, ya había primitivas plantas creciendo junto al agua, erguidas gracias a la rigidez que les otorgaba una sustancia especial de sus células: la lignina, esa filigrana de anillos de átomos de carbono que hoy todavía sigue dando su consistencia a la madera. Al extenderse las plantas sobre tierra firme, la lignina se tornó abundante como residuo vegetal, y los hongos no desaprovecharon la oportunidad de alimentarse de ella. Desarrollaron eficaces sistemas moleculares para digerir la lignina, y hasta tal punto llegó la avidez de algunos hongos por la materia vegetal que empezaron a consumir a las plantas todavía vivas. Entre estos parásitos se cuenta nuestra seta de cardo, que vive a costa de ir pudriendo las raíces de ciertas hierbas de la familia Umbelíferas - no confundir con la versión cultivada, la falsa seta de cardo de la madera (Pleurotus ostreatus), de sabor muy inferior y que crece en los tocones formando parte de los hongos de la llamada "podredumbre blanca" de la madera.

Bajo lo que conocemos por seta de cardo (la de monte) se esconde un complejo grupo de especies y variedades de hongos cuyo aspecto y sabor resultan virtualmente idénticos. La diferencia radica en que cada variante de la seta de cardo se ha especializado en parasitar cierto tipo de umbelíferas de su área nativa de distribución, que es la cuenca mediterránea y sus alrededores. Así, Pleurotus ferulae infecta las raíces de la vistosa Ferula communis, mientras que Pleurotus eryingii hace lo propio con las del cardo corredor o setero (Eryingium campestre). Bajo tierra, esta seta despliega los filamentos algodonosos de su micelio, una pelusa viviente que va segregando enzimas digestivas llamadas lacasas, las cuales poco a poco hidrolizan la lignina de las raíces del cardo setero. Muchos cardos sucumben ante la infección por parte del hongo, que sería por tanto un parásito letal, un parasitoide. Pero otros cardos seteros resisten de algún modo, y estos supervivientes experimentan un misterioso cambio de sexo. Al parecer, ciertas sustancias que produce el hongo esterilizan la parte masculina (polen) de la planta. El cardo pasa así a convertirse en una planta hembra, a efectos prácticos, ya que sólo serán fértiles los óvulos de sus flores. En esto la seta de cardo recuerda a la bacteria Wolbachia, que vive dentro de numerosos insectos a los que convierte en hembras.

Pero parece ser que las consecuencias de esta transmutación no son del todo perjudiciales para los cardos seteros. Pensemos que, en un terreno de setas ("rodal"), los cardos feminizados no podrán reproducirse entre sí, con lo cual el polen que los fecundará forzosamente será de plantas de otros terrenos sin Pleurotus, terrenos que estarán relativamente lejanos y que por tanto seguramente tendrán cardos con variedades diferentes de ciertos genes. De este modo, los hongos están favoreciendo una saludable mezcla genética entre diferentes poblaciones de cardos seteros. Tal vez así facilitan la persistencia de las poblaciones de estas plantas, lo cual suena lógico porque dependen totalmente de ellas. ¿Acaso está convirtiéndose la seta de cardo en un extraño simbionte de su hospedador? Los indicios apuntan a que las diferentes especies y variedades de setas de cardo han evolucionado recientemente adaptándose a distintas plantas a lo largo de la zona mediterránea y alrededores, de modo que la coevolución planta-hongo no ha hecho más que empezar en este caso. ¿Qué derroteros seguirá la historia de la seta de cardo en un futuro lejano? ¿Se convertirá en un simbionte integrado dentro de los tejidos vegetales del cardo setero, como ejemplifican los numerosos hongos endofíticos que se conocen? Quién sabe...

Por su capacidad de romper la lignina, los Pleurotus y otros hongos de la podredumbre blanca de la madera podrían ser útiles para descontaminar terrenos polucionados con hidrocarburos aromáticos policíclicos.

16 septiembre 2012

Daños colaterales

Hacia esta época del año nacen los lagartos ocelados, para muchos los reptiles más vistosos del continente. Ven su primera luz bajo el aspecto de pequeñas lagartijas de cabeza grande y ocelos blancos, pero cuando crezcan, si los respetan sus numerosos enemigos (coches incluidos), podrán alcanzar las tallas que hacen de esta especie, Timon lepidus, el mayor lagarto de Europa. Hay citas de lagartos de hasta 70 cm de longitud, y este tamaño le garantiza dos cosas. Lo primero, haber sido consumido por el hombre, costumbre más bien folclórica y típica que lo fue del norte de Extremadura. Lo segundo, ser tenido por peligroso (lo sea o no), lo que le ha dado un aura de leyenda negra. Se dice que el lagarto persigue a las mujeres menstruantes por el campo, y que come tantos huevos que diezma las poblaciones de perdiz.
 
Su fama de destructor de huevos es completamente exagerada: estamos ante uno de los reptiles ibéricos cuya dieta se ha estudiado mejor, y los datos dejan claro su régimen mayoritariamente insectívoro. Cuando los huevos de ave están presentes en su menú, es sólo de manera esporádica, por lo que resulta difícil de creer que afecten a la dinámica poblacional de la perdiz. Del mismo modo, resulta anecdótica su captura de gazapos y de otros vertebrados, que suponen sólo alrededor del 1% de la dieta, y sólo están al alcance de los lagartos más grandes. A pesar de ello, en los años 1970 las batidas de lagartos eran habituales en muchos cotos, y todavía hoy se les pone veneno o se abaten, en un ejemplo más de esa miopía ecológica orgullosa de sí misma que todavía campea por lo más recalcitrante de nuestro acervo popular. Porque los lagartos son presas frecuentes de la mayoría de las rapaces y carnívoros, con lo cual, al eliminar al lagarto, se favorece que esos depredadores se dediquen más al conejo y a la perdiz. Lo cual podría hacer que se pierdan más piezas de caza de las que restarían todos los lagartos juntos.

Aparte de la antipatía generalizada que despierta entre los cazadores, este soberbio y hermoso reptil, endémico del oeste de la cuenca mediterránea, afronta otros muchos problemas que le han valido el ser catalogado a escala mundial como "Casi Amenazado", según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, 2008). La intensificación de la agricultura le viene mal al lagarto, que no prospera en los monocultivos cerealistas faltos de refugio y sobrados de insecticidas. En la llanura de La Crau, en la Provenza, los lagartos ocelados abundaban hasta que en 1995 las ovejas empezaron a ser tratadas con un producto químico para eliminar gusanos parásitos. Este vermicida mejoró la salud de las ovejas pero volvió sus excrementos tóxicos para los escarabajos estercoleros, una de las presas favoritas del lagarto ocelado. Para 1997, estos escarabajos casi habían desaparecido de algunas parcelas, y en una de ellas, que en 1993 albergaba 225 lagartos, sólo quedaban dos. Hoy los lagartos se consideran casi extinguidos en La Crau.
 
Efectos indirectos como el de este caso seguramente se esconden tras el declive de muchas otras especies. Recuerdo la insólita escena veraniega de un gran lagarto ocelado corriendo sobre sus patas traseras, como un pequeño dinosaurio, a través de un claro de nuestro ecosistema. Antes pensaba que los lagartos estaban más o menos a salvo en esta crisis de biodiversidad. No sabía que nuestro modo de vida puede poner en jaque a las especies más cotidianas a través de engranajes ecológicos tan inesperados como, por desgracia, efectivos.
 
Información tomada de la excelente monografía sobre el lagarto ocelado de José A. Mateo (2009) en la Enciclopedia Virtual de los Vertebrados Españoles.

27 agosto 2012

Cómo sobrevivir a la sequía

El viento que antes batía sobre las dunas del Sahara descendió este verano sobre la Península Ibérica para convertirla en una extensión meteorológica del desierto. En nuestro ecosistema, las frecuentes olas de calor desde finales de junio han llevado al límite la capacidad de supervivencia de muchas especies. Los tomillos, paradigma de planta resistente, están más secos de lo que nunca he visto, aunque todavía conservan algunas hojas medio verdosas entre la sombra de la base de sus diminutos tallos. Incluso los romeros (Rosmarinus officinalis) amarillean, a pesar de que su mayor tamaño les da ventaja frente a la sequía, pues les permite desarrollar unas raíces más profundas, que acceden a zonas del suelo que permanecen húmedas más tiempo. Nunca deja de asombrarme que estas plantas de la familia Labiadas sobrevivan a los días de fuego en que el aire parece quemar y la calima desdibuja los contornos del paisaje. ¿Cómo lo consiguen? Cuentan con la protección de sus aceites esenciales, esas sustancias aromáticas que recubren sus hojas como un barniz que reduce la pérdida de agua. También frenan la desecación gracias a las fuertes cutículas de las hojas, a la protección del vello del envés, y resguardando bien los poros (estomas) con que la planta intercambia gases. Pero todo eso no basta; lo demuestran las hojas secas que se acumulan día tras día en las ramas fragantes de ambos arbustos. La propia planta las deja morir, cortándoles el suministro de savia, sacrificándolas para evitar perder demasiada agua a través de ellas.
 
Aun así, las hojas que la planta "decide" conservar vivas en verano todavía habrán de afrontar serios peligros de deshidratación. Para economizar al máximo la necesidad de agua, dentro de las células de las hojas del romero la actividad fotosintética se ralentiza, las paredes celulares se refuerzan y se acumulan sustancias de reserva. Lo peor han de soportarlo las hojas altas, las que apenas reciben sombra de otras ramas; en ellas podemos ver ahora una curiosa disposición, la que muestra la fotografía. Cuando noté por primera vez estas hojas giradas en vertical, pensé que era el preludio de que se secarían, idea que abandoné al ver hojas secas pero perfectamente horizontales más abajo, en la misma rama. ¿Acaso el romero estaba pivotando sus hojas más altas para salvarlas del sol? Tras buscar información, creo que esa es la respuesta. Lo hacen otros arbustos mediterráneos que también pierden algunas hojas en verano, en concreto algunas jaras (Cistus): orientan sus hojas en un ángulo muy vertical para que reciban menos insolación, con lo cual evitan no sólo que se deshidraten, sino los daños que causa la intensa radiación ultravioleta del sol en los delicados sistemas fotosintéticos (esto es, la fotoinhibición).
 
Por estos trucos de supervivencia tan sutiles podemos imaginarnos hasta qué punto peligran las plantas en el verano mediterráneo. No perdamos de vista que son la respuesta a unas condiciones verdaderamente duras, a una meteorología propia de un desierto subtropical. Si el resto del año siguiera la tónica seca y cálida del verano mediterráneo, a la larga desaparecería nuestro monte y lo sustituiría la desolación. La realidad indiscutible del calentamiento global durante el siglo XX sugiere que, de ir en alguna dirección, vamos en esa. Y la presencia de más dióxido de carbono en la atmósfera de lo que ha habido en los últimos 400.000 años apunta claramente a que la causa directa de ese aumento de temperatura es la quema de combustibles fósiles. Y en contra de cualquier principio de prudencia, seguimos emitiendo gases de invernadero, y al hacerlo no sólo jugamos con el clima del futuro, sino también con las fuerzas y los ritmos que han modelado el patrimonio de la biodiversidad que nos rodea.

09 agosto 2012

El delfín de los eriales

Ocurrió hace unos 5 millones de años. El deterioro del clima traía nuevos retos para la vida en la cuenca mediterránea. Entre sus millares de tipos de plantas, pugnaba por sobrevivir un linaje de pequeñas hierbas llegadas hacía pocos millones de años desde más allá de los confines orientales del mar. Por sus flores amoratadas, con forma de espolón, hoy las llamamos espuelas de caballero, y por su lejana semejanza con un delfín, bajo cierto punto de vista, se clasifican dentro del género y subgénero Delphinium. En estas espuelas se repitió la misma historia que en tantas otras plantas de la región: formaron poblaciones que ocupaban una llanura entera, una cordillera, una península... poblaciones que se quedaron relativamente aisladas entre sí durante algún tiempo, seguramente por las vicisitudes de la geografía y del clima. Estas poblaciones aisladas iban evolucionando por separado, y, al no mezclarse entre sí, se diferenciaban cada vez más, hasta que eventualmente se convirtieron en especies distintas. Así, a través del aislamiento geográfico, suelen originarse las especies (especiación alopátrica). Y así es como debió de surgir la espuela de caballero de nuestro ecosistema, Delphinium gracile, una hierba exclusiva de la Península Ibérica y del norte de África, uno de tantos endemismos que hacen de los territorios de clima mediterráneo un caleidoscopio de diversidad florística sólo comparable con los trópicos.

Nuestra flor-delfín parece frágil entre los eriales dorados y áridos que habita, su tallo es tan débil que se comba cuando se posa a libarla uno de los abejorros que, se cree, son sus principales polinizadores. Se diría que la planta está ocultando con su aspecto las temibles armas químicas que contiene. Porque este Delphinium está repleto de toxinas cuyo efecto aún no se conoce bien, aunque sí se sabe que su estructura química es muy similar a la de la metilaconitina (MLA), un alcaloide presente en otras hierbas del mismo género, con propiedades paralizantes al estilo del curare, pues bloquea la contracción muscular (del músculo esquelético, en este caso) y puede llegar a causar la muerte. Con semejante defensa, resulta más fácil de entender que las espuelas de caballero se vean casi siempre intactas en pleno verano, cuando apenas quedan plantas verdes y por tanto deberían de ser muy apetecidas por los insectos herbívoros y por el ganado. Dado que otros Delphinium han provocado envenenamientos de ganado, no me extrañaría en absoluto que los animales evitasen estas hierbas. Y como suele ocurrir con las plantas peligrosas, las espuelas de caballero han tenido ciertos usos medicinales en el pasado, aunque la fiabilidad de algunos de ellos parece tan dudosa como la creencia de que ayudan a combatir la picadura del escorpión o de que alejan de los establos a las brujas, en Transilvania.

La cronología de la evolución de las espuelas de caballero procede de este artículo, y las referencias sobre los usos figuran aquí. Planta identificada con la Flora Vascular de Andalucía Oriental.

22 julio 2012

La avispa mamut

Megascolia maculata flavifrons, hembra; supera los 4 cm de longitud.
Casi a mediodía, bajo un sol que hacía luminosas las sombras, las avispas solitarias erraban acechantes entre la hierba dorada y quebradiza. Una diminuta Tachytes rojinegra revoloteaba inquieta en busca de saltamontes. Algo más lejos se escuchaba el zumbido de una delgadísima Prionyx que excavaba en la galería de su nido subterráneo, tal vez deseosa de aprovisionarlo con una buena langosta italiana. A ras de suelo, las hormigas de terciopelo buscaban alguna galería de abeja en donde infiltrarse, mientras sus machos de alas oscuras libaban en las flores de una alfalfa ya medio seca. Y entonces toda mi atención de repente fue a parar a un zumbido casi monstruoso que se impuso al canto de las cigarras en las encinas, y apareció volando un insecto enorme, la mayor avispa de Europa: Megascolia maculata flavifrons. Con una envergadura más propia de un pequeño pájaro que de un insecto, Megascolia prospectó el erial y pronto se marchó rumbo a un olivar cercano. Pensé saber el motivo, y recordé la vieja historia que Fabre escribió, hace más de un siglo, acerca de este coloso de los insectos al que los ingleses llaman "avispa mamut".

Larva de escarabajo lamelicornio (familia Scarabaeidae).

Por entonces Fabre la llamaba Scolia, como a otras avispas menores de su misma familia (Scoliidae). A lo largo de unos 50 años, el maestro de la Provenza pudo reunir suficientes observaciones sobre las Scolia como para reconstruir cómo vivían. Descubrió que las hembras excavan en la tierra suelta en busca de larvas de escarabajos, y que estas larvas eran invariablemente de lamelicornios, como la cetonia (familia Scarabaeidae). En su mundo subterráneo, la avispa paraliza a la larva de un certero aguijonazo tóxico, para después depositar cuidadosamente un huevo sobre ella. Acto seguido se marcha abriéndose paso a través de la arena, en busca de otra larva. Y cada una de las larvas paralizadas servirá de alimento para una futura avispa excavadora, que emergerá del suelo en verano, manchándose de las pequeñas motas minerales que pusieron a Fabre en la sospecha de sus hábitos zapadores.

Siendo nuestra "avispa mamut" la mayor de las Scolia de Fabre, es lógico que su víctima haya de ser el mayor de nuestros escarabajos lamelicornios, y así lo confirmó Carlo Passerini, que en 1840-41 vio cómo las hembras de Megascolia se internaban en las arenas tras las enormes larvas del escarabajo rinoceronte. Este escarabajo, Oryctes nasicornis, es común en los olivares del Campo de Montiel, donde su larva se desarrolla entre la tierra mezclada con restos de madera y hojarasca al pie de tocones añosos de olivo. De modo que la Megascolia que observé aquel día parecía saber perfectamente adónde debía ir, como si la guiase a los olivares un sexto sentido que debe de ser en realidad un finísimo olfato, o el reconocimiento visual del hábitat de su presa, o ambas cosas, supersentidos que se desarrollan cuando la evolución ata unas especies al destino de otras. La gran avispa se ha liberado de tener que competir por las presas con otras avispas similares, ya que se dedica en exclusividad a una especie de escarabajo que las demás evitan, por lo que sabemos. Pero si ese escarabajo se extingue, cae también la "avispa mamut". Así, para bien o para mal, la mayor avispa de la cuenca mediterránea depende totalmente del mayor escarabajo.

Más sobre las avispas Scolia en los Souvenirs Entomologiques de Fabre, y en el Vol. 10 de Faune de France (Berland, 1925), que podéis descargar gratis del enlace que figura en la columna lateral del blog.

11 julio 2012

Collalbas y estrellas de mar

Un macho de collalba rubia (Oenanthe hispanica), pájaro de campo abierto que cada año viene a criar desde África. Recuerdo que esta especie fue la primera que identifiqué utilizando mi primera guía de aves... y a partir de ahí empezó todo.
En junio de 1963, en una costa del Pacífico un poco más al sur de Canadá, Robert T. Paine se preguntó qué pasaría si eliminásemos a los depredadores en un ecosistema. Y se fijó en una orilla rocosa repleta de mejillones, percebes, lapas y bellotas de mar, entre las que se deslizaba el caracol carnívoro Thais. Pero todos estos animales, incluso Thais, eran presa del mayor depredador del lugar, la estrella de mar Pisaster ochraceus. Nuestro naturalista simplemente mantuvo a la estrella de mar fuera de una pequeña parcela de costa, y esperó unos meses. Sin la estrella, empezaron a ocurrir cambios en la comunidad. Las bellotas de mar, libres de su enemigo, se extendieron hasta que ocuparon la mayoría del espacio disponible, hacia septiembre. Para el siguiente junio, los mejillones y percebes, lentos pero seguros, estaban reemplazando a las bellotas de mar, y las algas, antes frecuentes, escaseaban. Muchas otras especies se vieron alteradas, con el resultado de que la comunidad pasó de tener unas 15 especies a sólo 8. ¡Y sólo por faltar la estrella de mar! Este depredador era clave para mantener la diversidad de la costa, porque, al comerse a los competidores más agresivos, permitía a los competidores más débiles mantenerse sobre el tablero ecológico. Algo parecido a lo que hacía el conejo con las hierbas, como vimos en este post. Este efecto, llamado "predación clave" (keystone predation), hizo del artículo en el que Paine lo describió todo un clásico de la historia de la ecología.

La red alimentaria de una costa rocosa de Norteamérica, en donde la estrella de mar ocupa el puesto de superpredador. Basado en el artículo de Paine (1966).

En nuestro monte, la estrella de mar podría muy bien ser el zorro, las culebras y los lagartos, todos los animales que, de vez en cuando, depredan huevos o pollos de los nidos a ras de suelo. El papel de las bellotas de mar, mejillones y percebes sería representado por cogujadas, calandrias, collalbas y demás pajarillos que nidifican en el suelo, en campo abierto. Se ha demostrado que los nidos de estas aves suelen ser depredados con mucha más frecuencia que los de pájaros que nidifican en árboles o matorrales, lugares que por su estructura protegen de muchos depredadores oportunistas. Así que cabe aplicar a las pequeñas aves de campo abierto nuestro ejemplo de la estrella de mar, y entonces surge la idea de que la gran depredación que sufren podría en realidad ayudarles a coexistir más fácilmente, manteniendo su diversidad local más alta de lo que sería sin tanto enemigo. Los depredadores, al relajar la competencia entre especies, podrían también ser la causa de que estos pajarillos ocupen nichos ecológicos muy similares (generalmente, insectívoros-granívoros con un hábitat de campo abierto poco especializado). Quizás, por esa competencia relajada, la selección natural no ha ejercido la misma presión sobre estas aves que sobre otras a la hora de separar los nichos nítidamente. Desconozco si realmente ha sido así, pero no deja de impresionarme el que, bajo la apariencia totalmente distinta de una costa rocosa y de un monte mediterráneo, podamos encontrar unos mismos principios, y que éstos, pese a conocerse desde hace mucho, nos abran nuevas perspectivas para entender la biodiversidad.