23 abril 2011

Praderas en el aire

Los primeros árboles que surgieron sobre la tierra trajeron nuevas oportunidades de vida para los animales, hace unos 400 millones de años. Alzándose del suelo gracias a su tronco, un árbol puede dar hojas a lo largo de metros y metros de altura, formando así una masa verde mucho más voluminosa que la de cualquier pradera que creciese en la misma superficie de suelo que abarcan sus raíces. Realmente la plétora de pequeños herbívoros que se ceban cada año en los renuevos de nuestras encinas hace pensar que para la mayoría de los animales un árbol es algo así como una pradera suspendida en el aire a lo largo de ramas. Pero para un animal pequeño se trata de una pradera bastante desprotegida, porque entre las hojas y ramas no hay refugios tales como rocas, hojarasca o simplemente tierra donde enterrarse, escondrijos todos ellos que sí suelen hallarse a ras de suelo por imperativo de la fuerza de gravedad. Ante esta falta de refugios y la abundancia de enemigos (pájaros, avispas, moscas rapaces...), no es raro que muchos de los diminutos herbívoros de las encinas se fabriquen ellos mismos sus propios escondites. Por ejemplo, cada una de las abundantísimas orugas de la polilla Aleima loeflingianum se oculta en un estuche que construye uniendo con seda los bordes de varias hojas de encina.

Otra manera de protegerse con las hojas nos la muestra el escarabajo rojo de la imagen, un gorgojo enrollahojas. La hembra hace a mordiscos un corte en una hoja de encina de tal manera que la lámina verde se enrolla sobre sí misma formando una especie de tubo. En el interior de esta guarida la hembra pone huevos, y la larva del futuro gorgojo se desarrollará allí dentro, a salvo, alimentándose de los tejidos tiernos de la hoja. Pero, a pesar de todas estas precauciones, el cobijo del enrollahojas todavía puede recibir a un inquilino: la larva del gorgojo verde Lasiorhynchites, que cría en los refugios de su pariente el enrollahojas. Ambas larvas crecen juntas dentro del estuche, aparentemente en buena armonía, hasta que caen al suelo para pupar. Allí sus caminos se separan, pero quizás sólo por unos meses, porque si todo les va bien estos "hermanos de hoja" podrán reencontrarse ya como adultos en los brotes de alguna carrasca en el mes de abril.

Los gorgojos enrollahojas son típicos de las selvas tropicales, y en nuestros montes constituyen un recuerdo más del pasado tropical de la región mediterránea. ¿Qué improbables senderos de la evolución habrán llevado a los enrollahojas y a su inquilino verde a vivir de este modo, como reliquias de un linaje tropical en pleno monte mediterráneo? En cualquier caso, estos gorgojos tan solo representan la punta del iceberg, una más de las muchas historias insólitas que se ocultan en el extraño país de las maravillas que hay en la copa de una encina. En la copa de una simple encina, de una cualquiera de nuestros millares de encinas.

Basado en la narración de Fabre sobre el gorgojo Attelabus (Souvenirs Entomologiques) y en la información sobre estos grogojos que figura en la guía de coleópteros de Zahradnik (Omega, 1990).

09 abril 2011

Flores mentirosas

En el pasillo de las orquídeas-abeja, entre dos filos de encinas, se alzan algunos romeros; a la sombra de su madera retorcida cuelgan las campanas del tulipán de monte, y alrededor de ellos se extiende un pasto pedregoso repleto de manzanilla portuguesa. No hay ni una sola orquídea llamativa, como Orchis papilionacea, pero sí muchas orquídeas-abeja, con sus flores abriéndose como extraños insectos, pelirrojas y aterciopeladas, con formas extravagantes y reflejos como de alas que relucen.

Algunas abejas macho encuentran irresistibles estas flores. Realmente les recuerdan a una hembra, no sólo por su aspecto, sino por su olor. De algún modo, millones de años de evolución han proporcionado a las orquídeas la fórmula secreta del aroma de la abeja hembra a la que imitan. Hasta tal punto es bueno el engaño que las abejas macho tratan inútilmente de aparearse con la flor. Cuando los forcejeos de la abeja la colocan en la posición adecuada, se le quedan pegadas dos bolsas de polen, las polinias (adheridas a la frente, o al extremo del abdomen, según la orquídea). Así su próxima visita a otra orquídea-abeja podrá polinizar la flor. ¿Resultado? La pobre abeja ha tenido dos decepciones sexuales, y la orquídea se ha gastado cero calorías en néctar para atraer a las abejas, pero a pesar de eso ha conseguido reproducirse: el engaño sexual le ha dado buenos dividendos evolutivos.

Y sin embargo, siempre que veo orquídeas-abeja pienso que están atrapadas por su propio engaño. Porque, ¿qué ocurriría si lograran ser muy abundantes? Las abejas perderían mucho tiempo y energía entreteniéndose con las flores engañosas, y eso les restaría capacidad reproductiva. Entonces la selección natural se pondría en marcha seleccionando a los machos capaces de detectar e ignorar las imitaciones florales. Con esto, las orquídeas abeja perderían clientela, y se verían obligadas a evolucionar, mejorando sus imitaciones. Así entraríamos en un círculo vicioso, en el que, generación tras generación, las abejas se volverían cada vez más hábiles descubriendo los engaños y las orquídeas harían señuelos cada vez más eficaces. Es lo que se llama una “carrera de armamentos”, cuyo final podría ser o bien abejas que ya no pueden ser timadas por las orquídeas (las cuales irían escaseando hasta quizás desaparecer), o bien una flor con todo lo que una abeja macho pueda soñar, un señuelo insuperable… con el que las orquídeas estarían no ganando la partida, sino perdiéndola. Porque, si las orquídeas abundan y el señuelo es tan bueno que las abejas macho realmente lo prefieren a las hembras, eso diezmará la reproducción de las abejas, y entonces cada año tendrán menos polinizadores, con lo cual las orquídeas se reproducirán cada vez menos, y quizás se extingan. Su propio éxito habrá sido su fracaso, igual que si un depredador fuese tan eficaz como para exterminar a sus presas o un parásito se contagiase como una plaga acabando con sus hospedadores.

¿Cuál es la solución a esta partida de ajedrez evolutiva? La que nos muestran nuestros campos: pocas orquídeas-abeja, pero con flores muy atractivas para las abejas macho. Al ser pocas flores, no estorban demasiado la reproducción de sus abejas, por lo que no entran en la peligrosa carrera de armamentos. Y al ser flores muy atractivas, da igual que sean pocas, porque seguramente tendrán éxito. Al apostar por la escasez como estrategia de supervivencia, las orquídeas abeja son lo que se llama “enemigos raros” de sus polinizadores. Evocan la idea de que la naturaleza es una vasta calculadora analógica, capaz de resolver complejos cálculos evolutivos usando, entre otras unidades, flores e insectos.

En la imagen, una de las cuatro especies de orquídea-abeja del paraje, Ophrys lutea. Más sobre polinización por decepción sexual en este artículo.

01 abril 2011

Viviendo sin aire

Junto a las encinas, entre las flores amarillas de las aliagas, una oveja pasta, recortando hierba con los largos dientes, hora tras hora, hasta acumular casi 5 kg de pasto en su estómago. Luego, tranquilamente, rumia, regurgita la hierba tragada para masticarla de nuevo, bocado tras bocado, y el puré resultante regresa al estómago, a la gran cámara oscura del rumen. Allí, millones de diminutas vidas microscópicas aguardan para digerir la pasta de hierba. Viven prácticamente sin oxígeno, como vivían las células primordiales del eón Arcaico. Como ellas, la mayoría son bacterias. Se alimentan de la fibra de la hierba, de la celulosa; la fermentan y dejan como residuo un cóctel de suaves ácidos orgánicos llenos de una energía que aprovecharán otras bacterias diferentes. Entre las bacterias nadan microbios de formas insólitas que parecen como monstruos enormes impulsados por pestañas vibrátiles. Son células eucariotas, los ciliados del rumen: Entodinium, Isotricha... Engullen bacterias una tras otra como alimento, pero a la vez algunos albergan bacterias que viven flotando dentro de ellos. Estas bacterias interiores, al alimentarse, desprenden gas natural, metano que escapa al exterior por la boca de la oveja, contribuyendo al cambio climático. Estos productores de metano son los metanógenos, reliquias vivientes de una Tierra primigenia donde el aire todavía no tenía oxígeno, supervivientes de un abismo de tiempo anterior a los dinosaurios y a los animales y plantas, de una edad en que nuestro mundo era un planeta extraño donde el metano de la atmósfera retenía el calor de un Sol joven y débil, originando una bruma rojiza que hacía del día un perpetuo ocaso.

Podríamos perdernos en esta jungla microbiana: hay hongos que a veces parecen no serlo, porque sus esporas nadan, y también hay virus que destruyen bacterias, como los Podoviridae, y en una gota del fluido del rumen puede haber más de estos virus que personas en el mundo. Para todos estos microbios la oveja es valiosa, porque ofrece en su rumen un buen ambiente donde vivir, lleno de alimento y lejos del oxígeno del aire, que los dañaría. Fuera de la oveja, estos seres microscópicos deben de sobrevivir a duras penas convertidos en esporas, si es que sobreviven, a la espera de ser tragados para resucitar dentro del estómago. Para la oveja, los microbios son valiosos: sin ellos, no podría digerir la fibra, el componente principal de la hierba. Gracias a sus extraños aliados, la oveja asimila la celulosa en forma de sustancias sencillas, el producto del tanque de fermentación que es su rumen. Pero la oveja también devora a sus benévolos inquilinos, cuando digiere la pasta de hierba fermentada, en otra cavidad del estómago. Y toda esta historia al final puede terminar en nosotros, a través del cordero y del queso.

Más sobre el rumen de la oveja en este artículo, y sobre la vida primigenia en Knoll (2003) La vida en un joven planeta, Omega.

19 marzo 2011

Clones entre la hierba

Los seres vivos más simples, las bacterias, se reproducen clonándose, dividiéndose en dos copias idénticas a la bacteria original. En ocasiones, dos bacterias se juntan y se pasan algunos genes una a otra, en lo que puede verse como el preludio de la reproducción sexual que hoy domina entre los ciclos vitales de la flora y la fauna. La clave de la sexualidad es precisamente que dos organismos mezclan sus genes antes de reproducirse, normalmente mediante células que se fusionan (óvulos, o células-huevo, y espermatozoides, o granos de polen). Como resultado, los descendientes tendrán una mezcla de genes de sus progenitores, lo cual puede ser ventajoso. Para entender por qué, imaginemos que la vida de cada individuo es una partida de cartas, donde cada naipe es un gen distinto (un alelo, o versión de un gen).

Si el individuo es un clon, como ocurre con las bacterias, entonces tendrá exactamente las mismas cartas que jugó su progenitor. Si esas cartas eran buenas, podrá ganar fácilmente, pero también pueden ser malas y entonces seguramente perderá en el juego de la vida. La selección natural lo eliminará del tapete verde sin contemplaciones. Ahora bien, si el individuo es el fruto de la reproducción sexual, entonces tiene una mano de cartas distinta de la de sus progenitores. La reproducción sexual barajea las cartas-genes, de manera que el nuevo jugador no está condenado a repetir una y otra vez la misma combinación de cartas, así que puede dar con una combinación ganadora. ¿Es esto siempre una ventaja? Pues... depende. Fijémonos en una de las hierbas más conocidas que ahora florecen, el diente de león (género Taraxacum).

La foto muestra un diente de león de los que crecen en el ecosistema, un Taraxacum obovatum. Entre los dientes de león hay linajes que habitualmente se reproducen clonándose. Estas plantas, después de miles de millones de años, han vuelto a la estrategia de las bacterias primordiales, y los Taraxacum obovatum parecen ser una de estas estirpes de dientes de león. Se trata de hierbas que dan semilla sin necesidad de recibir polen, en un fenómeno llamado apomixis. La apomixis hace que cada nuevo diente de león sea genéticamente igual a su progenitor, es decir, un clon. Curiosamente, los dientes de león que se reproducen así tienen mayor área de distribución geográfica que los estrictamente sexuales. Los linajes que realizan la apomixis deben de estar repitiendo, una y otra vez, una ronda de cartas muy buena, que les permite sobrevivir en lugares difíciles y así colonizar nuevos territorios rápidamente mediante sus semillas, que viajan con el viento gracias a esos vilanos tan conocidos entre los niños.

Este caso nos muestra que la reproducción asexual está lejos de ser un estrategia primitiva e ineficaz, ya que puede superar las ventajas de la sexualidad, al menos en ciertas condiciones. Cuando el medio ambiente se mantenga más o menos estable, un clon con una ronda genética ganadora puede extenderse como la pólvora. Eso sí, cuando cambien las condiciones, puede que retroceda y que la balanza se incline hacia la reproducción sexual. Por eso no es extraño que incluso los linajes asexuales de dientes de león a veces se reproduzan sexualmente con otras especies: conviene cambiar algunas cartas de vez en cuando, por si acaso cambia el juego de repente. Toda esta complejidad no es exclusiva de las plantas: por ejemplo, los lagartos norteamericanos del género Cnemidophorus tienen especies asexuales que a veces hibridan con otras especies y que prosperan en ambientes bastante hostiles. En una entrada anterior planteábamos si algunas lagartijas son como hierbas; ahora podríamos darle otra vuelta de tuerca a esta idea desde el punto de vista de las estrategias de reproducción. Otro ejemplo más de que las mismas estrategias evolutivas pueden darse en especies muy dispares.

11 marzo 2011

Semilla reptante

Todo animal fue antes un embrión, pero también toda planta. Lo que ahora despliega tallos, hojas y raíces era en principio un mero esbozo diminuto con muñones insinuando una raíz y una hoja, o dos (según la planta sea monocotiledónea o dicotiledónea, respectivamente). Al producir un embrión, la planta cierra su ciclo vital, porque dan vida a lo que antaño fueron: semillas, embriones rodeados de reservas de alimento dentro de una envoltura protectora. Las semillas, dentro de su correspondiente fruto, se dedican sobre todo a viajar, en una especie de lotería en la que puede tocarles una tierra buena para crecer, o todo lo contrario. Algunas semillas viajan del modo más simple, como las de las orquídeas, cuyos embriones, del tamaño de motas de polvo, se dejan llevar por la brisa. Otras plantas preparan a sus semillas con un equipo de desplazamiento, más o menos complicado, desde vilanos hasta los "cebos" que sirven como pago para que las hormigas transporten la semilla.

Una de las estrategias más extrañas de dispersión de semillas es la de la planta de la imagen, un alfiler de pastor, una de esas hierbas del género Erodium, parientes cercanas del geranio silvestre, que en estos días tachonan de flores rosadas el pastizal. El fruto de los Erodium parece una especie de sacacorchos cuando está seco, pero al humedecerse se estira lentamente, impulsado por fuerzas higroscópicas que se generan al mojarse las células muertas que componen el vástago. Al secarse, estas fuerzas desaparecen y entonces la "cola" del embrión vuelve a enrollarse. A base de mojarse y secarse alternativamente, siguiendo el ritmo de las lluvias, el "sacacorchos" se estira y se enrolla una y otra vez, y el resultado es que la semilla se arrastra por el suelo, dando tumbos a cámara lenta, a lo largo de meses. Así, este embrión reptante puede alejarse del lugar donde primeramente haya caído, dando, quizás, con una tierra mejor donde germinar. Si encuentra una pequeña grieta en el terreno, puede incluso clavarse como un verdadero sacacorchos, atornillándose al suelo mediante sucesivos ciclos de humedecerse y secarse. Con esto, la semilla se planta a sí misma, pero curiosamente lo hace sin hacer nada, sólo dejándose mojar por las lluvias y secar por el sol, una y otra vez.

Antes de caer al suelo, los frutos del Erodium se secan y al hacerlo giran muy despacio, como la manecilla pequeña de un reloj, soltándose de la planta. Por eso los Erodium también se llaman relojes. En este estado, los "sacacorchos" pueden clavarse en el pelo de algún animal que cruce por allí, como una oveja, y viajar muy lejos. Quizás las lluvias les ayuden a apearse de la lana, saltando de lomos de su transporte como muelles vivientes. El mecanismo de muelle de los Erodium recuerda extrañamente a los resortes de los colémbolos, a la biomecánica de las patas de los canguros, al sistema que dispara los dardos venenosos de ciertas células de las medusas, y a los movimientos higroscópicos que liberan las semillas de algunas plantas del desierto. Como si la evolución descubriera, una y otra vez, trucos similares, empleándolos de maneras distintas.

Gracias a Carlos M. Herrera por la información sobre el auto-enterramiento de las semillas de Erodium, que se describe con detalle en Stamp (1984) Self-burial behaviour of Erodium cicutarium seeds. Journal of Ecology 72:611-620. Más sobre dispersión de semillas de plantas mediterráneas en Blondel & Aronson (1999) Ecology and wildlife of the Mediterranean Region, Oxford University Press.

25 febrero 2011

Madre de las Hormigas

Mientras las abejas se afanan en los romeros, bañadas en sol, más abajo se extiende el mundo subterráneo, hecho de roca pulverizada, humedad y detritus, un oscuro laberinto sin caminos por donde yerran toda su vida millares de microbios, gusanos diminutos, lombrices, y el lagarto sin patas al que llaman la Madre de las Hormigas. La leyenda de una serpiente atendida por sus hijas hormigas en el corazón del hormiguero se repite extrañamente en distintas culturas, pero en nuestro caso la supuesta matriarca es en realidad un depredador del subsuelo que persigue a las hormigas dentro de sus propias galerías, las rastrea sacando su lengua bífida, las atrae, quizás, con uno de los débiles crujidos que emite, y las engulle una tras otra. Es la culebrilla ciega (Blanus cinereus), un lagarto en el que la evolución ha dado de nuevo con la forma de una lombriz de tierra, con una misma solución para un mismo estilo de vida, en lo que constituye un ejemplo espectacular de convergencia evolutiva. ¿Qué queda de lagarto en la culebrilla ciega? Ya no tiene patas, y sus ojos son sólo como puntos minúsculos cubiertos de escamas, pero todavía puede desprenderse de su cola como un verdadero lagarto.

La culebrilla ciega sólo vive en la Península Ibérica, y en toda Europa es la única especie de su familia, los Anfisbénidos. Tal nombre les viene de un monstruo legendario de la antigua Grecia, la
anfisbena, la Madre de las Hormigas, la serpiente con una cabeza en cada extremo del cuerpo, con lo cual podía moverse hacia delante y hacia atrás sin que se supiera si iba o venía. Puede que esta criatura esté inspirada de algún modo en la culebrilla ciega, cuya cabeza cuesta a veces distinguir de la cola y cuya presencia, en las raras ocasiones en que se deja ver, suele advertirse entre los túneles de un hormiguero al levantar una piedra. Se dice que la anfisbena nació de una gota de sangre de la monstruosa Gorgona Medusa, cuya mirada petrificaba y cuyos cabellos eran serpientes. Después de que Perseo, el Destructor, la decapitase mirando su reflejo en un escudo pulido, la sangre de Medusa cayó al desierto de Libia y fecundó las arenas, produciendo serpientes insólitas que, según se cuenta, fueron el asombro de Catón y de sus soldados cuando recorrieron aquella desolación. Siglos después, en los escudos y bestiarios medievales, la anfisbena reapareció en forma de dragón de dos cabezas, y más tarde aún inspiró el misterioso relato escrito por un Jorge Luis Borges con toques de Lovecraft: There are more things. Ajena a toda esta vida imaginaria, la anfisbena de nuestro monte mediterráneo no tendrá dos cabezas, ni será hija de Medusa, pero, evocando otra leyenda griega, este reptil es para las hormigas el verdadero monstruo de sus laberintos subterráneos.

L
a producción de sonidos en la culebrilla ciega fue descrita por vez primera en Gómez Durán (1985) Producción de sonidos en Blanus cinereus. Doñana Acta Vertebrata 12: 326-327. Más sobre la anfisbena en "El libro de los seres imaginarios", de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero (edición de 2007).

16 febrero 2011

Estudio en escarlata

Aquella mañana de mediados de febrero comencé así mis notas de campo: "9:30, soleado, al pasar de los 12º vuelan las primeras abejas". Zumbaban sobre los romeros cargados de flores, cada una según sus peculiares costumbres... Las grandes Anthophora volaban veloces como ráfagas, libando nerviosamente una flor cada pocos segundos, mientras que las pequeñas Halictus se detenían a veces más de un minuto en la pista de aterrizaje de cada flor. Me senté a contemplar el espectáculo de tanto bullicio diminuto, y pronto descubrí otros visitantes más escasos: una esfinge colibrí... cardenillos... un chinche de la fresa, moscas abejorro, y el más extraño de todos, una mosca tan roja que parecía emanar desde el interior de su cuerpo un resplandor irreal de intenso color bermellón, un ser extravagante, de frente picuda, cuyo cuerpo escarlata reverberaba bajo el sol como un rubí viviente. ¿Quién era este desconocido entre el microcosmos del romero en flor? Imposible averiguarlo sin volver a casa, donde, entre guías y claves de identificación, me sumergí, como Holmes y Watson, en mi particular versión naturalista de su estudio en escarlata. Me costó como una hora, pero finalmente di con la respuesta: era un Conópido del género Myopa, una especie de... abreabejas.

Leí cómo estas moscas se desarrollan como gusanos que devoran vivas por dentro a las abejas y abejorros, al estilo de tantos y tantos otros parasitoides del mundo de los insectos. Pero lo especial de los Conópidos es cómo abordan a su víctima. Tienen unas piezas con forma de abrelatas al final del abdomen, con las cuales abren un poco los segmentos abdominales de las abejas, lo justo para introducirles la muerte en forma de un huevo. Dicen que todo sucede en un abrir y cerrar de ojos: el rápido vuelo de la mosca escarlata, la abeja que recibe un inesperado contacto en el aire, y, tras una lucha en la que ambos insectos pueden caer al suelo forcejeando, todo vuelve a la normalidad. Pero sólo en apariencia: la abeja lleva ya dentro a un pasajero que acabará por alejarla del sol, de las flores del romero, de todo ese mundo que, al romper la primavera, identificamos como el triunfo de la vida, y en el que el insecto rojo me enseñó que también acechan los más refinados y mortales trucos de la evolución.

07 febrero 2011

Lagartijas, muros y especies ocultas

Con los primeros días de sol y buenas temperaturas, la vida se despereza en nuestros montes. Después de semanas de torpor, los insectos y demás animales de sangre fría reanudan su actividad. Los pequeños lagartos mediterráneos, las lagartijas, se calientan por la mañana al sol, con la piel avejentada por las inclemencias del invierno y el hocico húmedo de mordisquear el musgo, de donde lamen gotas de agua. Uno de estos saurios recién salidos del parón invernal (o brumación, en reptiles) es la lagartija ibérica (Podarcis hispanica). Este lagarto menudo se solea sobre las rocas aplanándose hasta el punto de extender sus costados, prolongando su anchura al mover hacia el exterior las costillas. Así logra aumentar al máximo la superficie que expone al sol, con lo cual se calienta más rápidamente y puede pronto lanzarse a acechar insectos, a los que captura con una velocidad y precisión que parecen más propias de un depredador de sangre caliente.

Aunque la lagartija ibérica habita solamente en la Península Ibérica y sólo se adentra un poco en el norte de África y en Francia, el caso es que su apariencia varía más que la muchas especies de distribución mucho más amplia. Esto sugiere que lo que nosotros llamamos "lagartija ibérica" en realidad corresponde a varias especies de distinto aspecto, unidas bajo el común denominador de frecuentar los roquedos y de tener un aspecto similar. Esta sospecha se ha confirmado recientemente mediante estudios genéticos, que han demostrado que la lagartija ibérica en realidad es lo que se llama un "complejo de especies", esto es, varias especies muy semejantes por fuera pero en realidad muy diferentes en su ADN, lo que indica que no se reproducen entre sí y por tanto que son especies por pleno derecho. Mientras se describen estas especies insospechadas de nuestro saurio más familiar, quedémonos con la clave de este asunto: en la naturaleza, lo que llamamos "especie" puede esconder varias especies prácticamente idénticas pero perfectamente válidas. Estas especies, llamadas especies gemelas o especies crípticas, quizá sean frecuentes entre ciertos grupos de seres vivos, pero no las reconoceremos hasta que analicemos cuidadosamente sus genomas. Así que una simple guía de campo no nos bastará para identificar correctamente todo lo que encontremos incluso entre los vertebrados. Si pensábamos que la biodiversidad es un patrimonio desmesurado, lo es más aún...

31 enero 2011

La lucha por la existencia

En nuestro monte, a ras de suelo, la hierba brotada en otoño aguarda el final de las noches de escarcha y los días helados. Siempre que veo a las pequeñas plantas, unas junto a otras, soportando el hielo, me viene a la mente esa expresión clásica del darvinismo, la "lucha por la existencia", el fundamento de la evolución por selección natural. Darwin mismo comprobó lo difícil que es la supervivencia en el mundo de las hierbas: aclaró un pequeño parche de suelo, dejando la tierra al descubierto, y anotó cualquier planta que comenzase a crecer. De un total de 357 plantas que nacieron, no menos de 295 fueron destruidas por los insectos y las babosas. Wallace, el codescubridor de la selección natural, expresó la idea de lucha por la existencia de este modo:

Para la mayoría de las personas la naturaleza parece en calma, ordenada, y pacífica. Ven los pájaros cantando en los árboles, los insectos sobrevolando las flores, la ardilla trepando entre las copas, y todos los seres vivientes en posesión de salud y vigor, y en el disfrute de una existencia al sol. Pero no ven, y casi nunca piensan sobre, los medios por los que esta belleza y armonía y disfrute surgen. No ven la constante y diaria búsqueda de comida, el fracaso al obtenerla que trae debilidad o muerte, el constante esfuerzo para escapar de los enemigos, la incesante lucha contra las fuerzas de la naturaleza.

Contra las fuerzas de la naturaleza... ¿pero cuáles son esas fuerzas, y cuál es su importancia? Muchos naturalistas, al pensar en la lucha por la existencia, consideran más bien una pugna entre individuos, una competencia sin cuartel. Estos naturalistas suelen saber mucho de animales y menos de plantas. Por el contrario, los más dados a las plantas tienden a darle menos peso a la competencia entre especies y más a lo que Wallace sugiere al final: las "fuerzas de la naturaleza", el clima y sus imposiciones. Ante esta discrepancia, lo lógico es preguntarnos qué fuerzas predominan en la lucha por la existencia: ¿los enemigos, o los elementos? Esta cuestión daría pie a innumerables entradas, pero de momento solamente me fijaré en una idea muy general. Pensemos en un ecosistema como nuestro monte. Ninguno de sus habitantes puede escapar al clima de la región y a sus peligrosos caprichos: trombas, sequías, heladas, nevadas... En cambio, la acción de los enemigos (depredadores, parásitos, competidores...) depende, de un modo u otro, del encuentro entre un organismo y ese enemigo, encuentro que de por sí implica un componente de azar. Por simple azar, por tanto, los seres vivos podrían ver mitigada su lucha por la existencia unos contra otros, pero jamás pueden evitar la lucha con los elementos primordiales. Así que, a muy grandes rasgos, el impacto del clima y sus vicisitudes podría ser mayor en la evolución que el de la consabida competencia. Sé que suena demasiado sencillo para ser cierto, así que en próximas entradas iré desgranando la idea con algunos ejemplos...

Párrafo de Wallace traducido por mi mismo del capítulo II de su obra Darwinism (1889, edición de Dodo Press), de donde procede también el relato sobre el experimento de Darwin.

21 enero 2011

Memorias de Australia

Las palomas torcaces (Columba palumbus) son las mayores palomas de la región mediterránea y una de las aves inviernantes más comunes de nuestros montes. Su despegue ruidoso desde encinas y olivos puede oirse todo el año, pero al llegar el frío miles de palomas bajan desde el norte de Europa para pasar esos meses hostiles en los paisajes mediterráneos, donde el invierno se hace más llevadero. Otros grupos de aves no realizan esta migración, por ejemplo, las aves de la tundra ártica: el halcón gerifalte, el búho nival, la perdiz nival... Especies que se han adaptado a las condiciones extremas del invierno boreal, a diferencia de las palomas y otras muchas aves. ¿A qué puede deberse esta diferencia? ¿Acaso las palomas, por algún motivo, encuentran difícil adaptarse al frío? Es difícil contestar a esta pregunta, pero puede que la respuesta sea más sencilla de lo que parece. La clave podría estar en algo que últimamente suena mucho en ecología: el conservadurismo de nicho (niche conservatism).

Las palomas (orden Columbiformes) parece que se originaron en Australia, junto con muchos otros linajes de aves, como los córvidos o lo que llamamos "pájaros" (paseriformes). En Australia, las primeras palomas debieron de ocupar las antiguas selvas tropicales, donde aún hoy se da la máxima diversidad mundial de palomas. En las junglas, las palomas originariamente se alimentarían, como hoy, de frutos, como tantos otros organismos tropicales. Así que, desde el principio, las palomas comenzaron como aves frugívoras tropicales. Esta manera de vivir, este nicho ecológico ancestral, supone una herencia difícil de perder. Cuando, a lo largo de millones de años, las palomas se extendieron de Australia a Eurasia, originando nuevas especies por el camino, y cuando finalmente colonizaron Europa, cambiaron adaptándose al clima más fresco de estas regiones templadas, pero las nuevas especies retuvieron ese "aire de familia", heredado de sus antepasados de Oceanía. Quizás por eso aún hoy parece que les cuesta adaptarse a los climas muy fríos, ya sean de montaña o boreales, ya que ese clima es muy lejano del clima tropical en que vivían sus ancestros. Y quizás esa herencia explica que su dieta se base principalmente en los frutos. Como nos muestran nuestras torcaces, que incluso en la región mediterránea se alimentan todavía en abundancia de los frutos de un linaje tropical de árboles: las encinas. En efecto, las torcaces son consumadas comedoras de bellotas, que tragan enteras. Su historia evolutiva, en la que se unen la biogeografía y el conservadurismo de nicho ecológico (de papel ecológico, si se quiere), constituye un ejemplo curioso de cómo la ecología y la evolución nos pueden ayudar a entender los rasgos de los seres vivos a nuestro alrededor.

Sobre el origen de las palomas en Australia: Briggs (1987) Biogeography and plate tectonics. Elsevier. Sobre conservadurismo de nicho: Wiens (2005) Niche conservatism as an emerging principle in ecology and conservation biology. Ecology Letters 13: 1310-1324.