26 abril 2010

La mayor riqueza es... ¿un suelo no muy rico?

Al avanzar la primavera, nuestro ecosistema se transforma rápidamente, cuando, cada pocas semanas, cambian las flores dominantes en el pastizal. Por ejemplo, concluye en estos días el tiempo de los Senecio minutus, esas minúsculas margaritas endémicas amarillas, y comienza el tiempo de los ranúnculos (Ranunculus paludosus), cuyas flores, como botones dorados, se abren por doquier, junto con todo su cortejo de especies acompañantes: orquídeas-abeja, acederas de lagarto, silenes, minúsculas cariofiláceas, y tulipanes de monte, manzanillas portuguesas, espigas de Vulpia, lino de lagartijas, herraduras, vulnerarias...

¿Cómo pueden tantas especies distintas crecer en el mismo ecosistema? Como vimos antes, parte de la respuesta parece estar en que los herbívoros impiden que unas especies excluyan a otras, pero no deja de ser llamativo que un suelo tan pobre, tan rocoso, albergue tantísima biodiversidad. A primera vista, uno podría pensar que cuanto más rico sea el suelo, más especies vegetales habrá en él, pero, de nuevo, puede que la intuición nos engañe. Porque la mayor biodiversidad suele darse no en los suelos más ricos, ni tampoco en los más pobres, sino en los que no son ni muy pobres ni muy ricos... más bien medianamente pobres. Suelos como el de nuestro ecosistema, casualmente. ¿A qué puede deberse esta extraña relación? ¿Tendrá que ver la competencia entre especies, favorecida en suelos muy ricos? La respuesta parece que no está clara, y el tema permanece como uno de los más complejos de la ecología actual - incluso hay quien duda de que esa relación entre biodiversidad y productividad del suelo realmente exista a escala mundial, aunque sí se dé, por ejemplo, en los pastos mediterráneos. La controversia está servida... ¿alguna idea?

19 abril 2010

¿Algunas lagartijas son como hierbas?

He aquí a un endemismo iberomediterráneo, una lagartija cenicienta (Psammodromus hispanicus). Está tomando el sol en un claro del tomillar, su territorio de caza. Si la cogiéramos se pondría a chillar, en lo que constituye una eficaz estrategia defensiva, pues lograría que la mayor parte de la gente la soltase. Pertenece a una familia de reptiles muy propios de la Región Mediterránea, los lacértidos, los lagartos y lagartijas. Al ser de sangre fría, estos saurios necesitan muy poco alimento, así que sobreviven en matorrales muy pobres y pedregosos - desde este punto de vista, los mamíferos nos las arreglamos mucho peor que los reptiles, ¡necesitamos comer demasiado! Por un motivo u otro, el matorral mediterráneo es seguramente el hábitat más rico en reptiles de toda Europa. Por ejemplo, en nuestro ecosistema hay al menos 4 especies de lacértidos: las lagartijas cenicientas recorren los tomillares, mientras que las lagartijas colilargas buscan la espesura de las coscojas, y en los roquedos viven tanto lagartijas ibéricas como grandes lagartos ocelados.

Comparemos a la lagartija cenicienta con su pariente más próximo, la lagartija colilarga, que también pertenece al género Psammodromus. La mayoría de las cenicientas no logra sobrevivir a su primer año de vida, mientras que las colilargas normalmente sí y viven hasta 5-7 años. Además, las cenicientas maduran a los 8-9 meses de edad; las colilargas necesitan 1-2 años. En vista de lo cual, si comparamos a estas lagartijas con plantas, la cenicienta sería una hierba anual y la colilarga una leñosa. Las hierbas anuales suelen ser los colonizadores pioneros de la tierra desnuda, se propagan fácilmente y colonizan nuevos territorios con rapidez. Sabiendo esto, ¿será casualidad el que la lagartija cenicienta, al parecer, se haya adelantado a otras especies de saurios en su colonización de nuevos territorios después de la última Edad de Hielo? Quizá, después de todo, algunas lagartijas sí sean como hierbas, porque la evolución repite una y otra vez las mismas estrategias en distintos organismos.

Datos sobre los saurios mediterráneos en Reptiles y Anfibios: Guía de Campo (Arnold & Ovenden 2002, Omega)

12 abril 2010

Jardinería involuntaria

Avanza abril y las hierbas enanas del pastizal brotan y florecen en su mundo en miniatura. Los rigores del clima mediterráneo y la pobreza del suelo rocoso las obligan a ser diminutas, a aprovechar con rapidez esta breve época favorable. Su mayor problema en esta primavera serán los herbívoros, pero a la vez muchas de estas hierbas les deben su existencia en el pasto. Para entenderlo, fijémonos en uno de los herbívoros más frecuentes de todo el Paleártico, el conejo común (Oryctolagus cuniculus), sin duda el mamífero ibérico más internacional de todos y del que tantas entradas podrían escribirse.

Como herbívoros, los conejos son muy competitivos: cuando pastan dejan la hierba tan baja que ni los ciervos ni el ganado pueden ya comerla. Esto hace que el conejo, cuando abunda muchísimo, pueda literalmente dejar el suelo pelado y extinguir a otros herbívoros, como demostraron las desastrosas plagas de conejo en Australia a principios del siglo XX, que motivaron la construcción de vallas de cientos de kilómetros que cruzaban el país en un intento de contener a los conejos. Sin embargo, en condiciones normales, cuando los depredadores controlan la abundancia del conejo, su efecto sobre el pasto puede ser beneficioso, como demostró un sencillo experimento realizado en unos herbazales de Inglaterra hace ya casi un siglo.

Los investigadores vallaron algunas parcelas, excluyendo así a los conejos, y al cabo de un tiempo compararon la biodiversidad de hierbas de esas parcelas con la de cuadros adyacentes pastados por conejos. Los resultados fueron espectaculares: en las parcelas pastadas había muchas más especies de hierbas (cuadro izquierdo, donde cada letra distinta representa una especie), mientras que en las parcelas sin conejos dominaban sólo unas pocas especies (cuadro derecho). ¿Cómo es posible esto? ¿No debería ser al revés? La explicación está en que el conejo se come a las especies más competitivas de hierbas, las plantas que, por sus cualidades, acabarían ganándoles la partida a las demás especies en la lucha por la vida en el herbazal, eliminándolas del ecosistema. El conejo simplemente les impide ganar esa partida comiéndoles las hojas, y gracias a eso las especies menos competitivas pueden mantenerse sobre el tablero. Al haber más biodiversidad, el pastizal será más resistente frente a posibles catástrofes como sequías o inundaciones. De este modo, sin pretenderlo, conejos, ovejas, ciervos, antílopes y demás herbívoros ayudan a conservar el tesoro de la biodiversidad a nuestro alrededor.

El artículo citado, del que proceden los cuadros de la imagen, es Tansley & Adamson (1925). Studies of the vegetation of the English chalk. III. The chalk grasslands of the Hampshire-Sussex border. Journal of Ecology 13: 177-223.

07 abril 2010

Elaiosoma

Salvo excepciones, nosotros, los animales, podemos movernos; podemos huir de donde no queramos estar y buscar mejores sitios. En cambio, las plantas, una vez arraigadas, jamás abandonarán su puesto: deben afrontar todo lo que venga o morir. Su única opción de viajar es cuando aún son semillas, pequeños embriones rodeados de alimento, juguetes del viento, del agua, de los animales, y sobre todo de la ciega injusticia del azar.

De entre los animales, en nuestro ecosistema ninguno ayuda tanto a las plantas a viajar como las hormigas. Ejércitos de hormigas patrullan incesantes cada brizna de hierba, cada palmo de suelo, durante la primavera mediterránea, y en su deambular comen ingentes cantidades de huevos de insecto y se llevan en las mandíbulas las semillas que más les gustan. Suelen gustarles las que tienen un apéndice graso nutritivo: un elaiosoma. Para ellas es comida, pero para la semilla representa el pasaporte a la tierra mullida y abonada que rodea al hormiguero, ya que es allí, en la misma entrada, adonde las hormigas pueden llevarla para dejarla abandonada tras dar buena cuenta del bocado oleoso del elaiosoma.

Así, gracias a los elaiosomas, las semillas no sólo pueden viajar sino que alcanzan una tierra muy favorable para su crecimiento. Con tamaña ventaja, no es raro que los elaiosomas hayan surgido independientemente en varios linajes de plantas de la flora mundial. Volviendo a nuestra Región Mediterránea y al mes de abril, seguramente habría que agradecer a las hormigas la imagen de muchas de las trompetas rosas que ahora abre junto a los caminos una de nuestras labiadas más tempranas, la ortiga muerta Lamium amplexicaule. Mientras avanza la primavera, nuevos elaiosomas crecen sobre las incipientes semillas de esta especie, como demostrando una inteligencia que ni existe en las plantas ni es necesaria para que la evolución produzca adaptaciones que podrían parecernos, eso sí, inteligentes.

02 abril 2010

La charca de las oportunidades

Las lluvias generosas de este año han creado, de nuevo, la charca, una pequeña laguna, en las afueras del ecosistema, que llevaba 13 años sin formarse. Como aquella primavera, en las orillas cientos de renacuajos de sapo (Bufo, abajo) se arremolinan sobre el barro, mordisqueando las plantas y algas en descomposición. Entre ellos se retuercen diminutas larvas de mosquitos quironómidos, que serpentean dibujando ochos a medias aguas. Ese también es el hábitat de los cangrejos cíclope, que, con su único ojo y su cuerpo de apenas medio milímetro, recuerdan al grupo de crustáceos dulceacuícolas del que, al parecer, evolucionaron los insectos. Voraces larvas de escarabajos acuáticos acechan a los renacuajos, y los mosquitos ahogados que flotan sobre la superficie del agua son el alimento de la hidrómetra (Hydrometra stagnorum, dibujo), una de esas especies de chinches que, literalmente, caminan sobre las aguas apoyándose en la tensión superficial. La comunidad de la charca configura un microcosmos que durará pocos meses pero, en tan poco tiempo, alcanzará una complejidad sorprendente.

Todas estas especies han permanecido ausentes del lugar durante más de una década, y sin embargo aquí están de nuevo. Los sapos del monte, ocultos durante años, se han desplazado hasta la charca guiados por un instinto más viejo que su propia especie. Los huevos del cíclope habrán aguardado su momento en el suelo, o habrán llegado arrastrados por el aire. Por su parte, los escarabajos acuáticos y la hidrómetra probablemente han venido desde lejos, quizá desde la charca de Los Caños, a más de un kilómetro. De una manera u otra, las lagunas temporales, tan propias de la Región Mediterránea, demuestran que la vida jamás desperdicia una ocasión de desarrollarse, aunque esa oportunidad sólo surja una vez cada 13 años.

29 marzo 2010

El momento adecuado

En nuestro ecosistema hay literalmente millones de hierbas, y todas juntas forman esa especie de jungla diminuta y fascinante a la que llamamos pasto. En esa jungla, cada primavera, las hierbas luchan en silencio a vida o muerte, pugnando por un poco de suelo donde poder desarrollarse y dar semilla. En esta competición, ¿cuál es la señal de salida? ¿Cómo saben las hierbas cuándo tienen que germinar, cuándo empezar su carrera por la supervivencia?

Fijémonos en una de las hierbas que ahora han florecido, el zurrón de pastor (Capsella bursa-pastoris). Esta crucífera, una de las plantas anuales más comunes de Europa, resulta inconfundible por sus frutos con forma acorazonada, que recuerdan también a la silueta de un zurrón. Dioscórides ya la conocía en la antigüedad por sus usos medicinales: "Provoca los menstruos y destruye los fetos.", afirmaba. Las semillas del zurrón son del tamaño de granos de arena, y cuando caen de la planta permanecerán inactivas durante meses, en lo que se denomina dormancia. Para salir de este letargo y germinar, las semillas necesitan recibir tres señales de su entorno: primero el frío invernal, después el calentamiento del suelo que ocurre en los primeros días cálidos de primavera, y finalmente la luz del Sol. Esta última señal hace que sólo germinen las semillas de la superficie del suelo, pero no las enterradas. Por eso no es raro que el zurrón de pastor crezca sobre todo allá donde la tierra ha sido removida recientemente: las semillas enterradas han salido a la luz.

Un zurrón de pastor que brote en el momento adecuado puede encontrarse con la desagradable situación de que la primavera venga muy seca, o muy fría. Entonces apenas producirá semillas, si es que produce alguna, y será un año perdido para la especie. En nuestro clima mediterráneo, tan imprevisible, las malas primaveras son un problema adicional para las hierbas. Lo solucionan con visión de futuro: cada año, a pesar de que se den las tres señales favorables, no todas las semillas germinan. Algunas necesitan dos años, y esas semillas "remolonas" representan para la especie un seguro a prueba de malas primaveras. De ahí que en el suelo haya muchas más semillas de las que cada año germinan, y todas juntas constituyen el llamado banco de semillas, un depósito a plazo fijo para el futuro del ecosistema.

22 marzo 2010

La planta vivípara y el sucidio evolutivo


Aquellas hierbas eran extrañas: al entrar la primavera... ¡se habían marchitado! Las identifiqué como la gramínea Poa bulbosa, una de las apenas cien especies conocidas de plantas vivíparas. Pero, ¿cómo puede una hierba ser vivípara? Sencillamente dejando que sus semillas germinen cuando aún están sujetas a la planta madre, o bien, como hace Poa, produciendo en las yemas pequeñas plantas (pseudoviviparismo). Esas plántulas recién nacidas caerán al suelo y, si todo les va bien, se pondrán a crecer allí mismo, junto a su madre.

¿Y qué motivos hay para que una hierba se vuelva vivípara? ¿Acaso el viviparismo le aportará alguna ventaja? A primera vista más bien se diría que ser vivípara puede traerle problemas. Es fácil darse cuenta del motivo: las nuevas plantas no podrán alejarse mucho de la planta madre, y para la mayoría de las plantas lo importante es justo lo contrario, alejar sus semillas lo más posible, mediante vilanos u otras estrategias. Al dispersar las semillas, hay más posibilidades de que éstas caigan en un buen lugar para crecer. Así que, ¿por qué las vivíparas han optado por no dispersarse, si la dispersión es tan ventajosa? La respuesta parece ser que la dispersión no favorecería a estas plantas. Porque las vivíparas suelen vivir en hábitats muy restringidos, ya sea muy secos, o muy fríos (montañas, polos), o en costas. Alejarse de esos lugares adecuados supondría para ellas no poder desarrollarse bien, así que, ¿de qué les iba a servir la dispersión? Mejor será lo contrario, es decir, caer muy cerca de donde la planta madre ha crecido: si fue buen terreno para ella, seguramente lo será para sus hijas.

Sin embargo, hay un peligro oculto para las plantas vivíparas. Si no se dispersan, entonces cuando desaparezcan de un lugar ya no podrán recolonizarlo, y tampoco se les da bien colonizar nuevos territorios. Así que, con el tiempo, será fácil que la especie acabe extinguiéndose. Parece una paradoja: la evolución fomenta una característica (viviparismo) que a la larga perjudica a la especie. A esto se le llama suicidio evolutivo. Y si seguimos reduciendo la naturaleza que nos queda a fragmentos cada vez más pequeños, como islas de biodiversidad rodeadas de terreno devastado por la agricultura y el pastoreo, entonces el suicidio evolutivo podría convertirse en una amenaza seria para muchos organismos. Porque no sólo hay que conservar especies y hábitats, sino también procesos evolutivos.

15 marzo 2010

Oscilaciones, caos y comadrejas

Sentado al pie de un romero, en un silencio sólo roto por el zumbido de las abejas, se me acercó este animal a pocos pasos. La comadreja saltaba, más que corría, sobre las rocas, y, tras mirarme unos instantes como con curiosidad, prosiguió su ruta y desapareció entre los tomillos. Unos días atrás había yo encontrado muy cerca de allí su rastro, aunque no pude localizar la presumible guarida, el refugio que, según la costumbre de esta especie, esperaba que fuese alguna galería de ratón de campo forrada por la comadreja con el pelo de sus antiguos inquilinos. Porque este mamífero carnívoro, el menor del planeta, caza sobre todo roedores, y lo hace casi todos los días. Los persigue incluso adentrándose en sus propias madrigueras, como un pequeño hurón, y en invierno suele matar dentro de esos pasadizos a muchos ratones uno tras otro, para así formar una despensa de la que sustentarse a lo largo de varios de esos días tan gélidos y duros. Esta clase de actos podrían haber fundamentado la fama de sanguinaria de la comadreja, el único animal, según los bestiarios medievales, capaz de dar muerte en lucha al legendario basilisco. Y aunque lo más grande que puede capturar no pasa de un gazapo, no por dedicarse a presas menudas deja de ser interesante la comadreja como ejemplo de lo complicada que puede llegar a ser la relación entre depredadores y presas, tan sencilla en apariencia.

Varios estudios apuntan a que las comadrejas se reproducen tanto más cuantos más roedores haya, así que a un año bueno para los ratones seguirá un año bueno de comadrejas. Pero con tantas comadrejas, al año siguiente seguramente habrá menos ratones, por lo cual al otro año tendremos menos comadrejas, con lo que proliferarían los ratones otra vez, y de nuevo vuelta a empezar. Este ciclo, en donde dos especies oscilan debido a la relación depredador-presa, constituye uno de los puntales de la ecología. Pero el ciclo entre mustélidos (comadrejas y similares) y roedores puede alcanzar una complejidad tal que para analizarlo se utiliza la famosa teoría del caos. Da qué pensar: si con sólo comadrejas y ratones ya hay que emplear las matemáticas del caos, ¿cómo haremos para entender el funcionamiento de cientos de especies en un ecosistema? Quizá sea imposible, o quizá, en el fondo, mucho más sencillo.

08 marzo 2010

Almendro en flor

Aquel mes de marzo bullían las abejas al sol sobre las flores del almendro. A pocos pasos, una gran abeja pelirroja, con las patas cargadas de polen, se posó en una vieja viga de madera y entró por un agujero, para salir al rato sin carga y regresar zumbando a las flores rosadas. Un viaje tras otro, esa abeja solitaria iba haciendo en su túnel una despensa de polen para sus futuras larvas. En una de sus incursiones a la oscuridad de ese nido, coloqué un pequeño frasco en la entrada del agujero y así logré atraparla y verla de cerca: era una Osmia, y su color y dos pequeños "cuernos" sobre la cabeza la delataron como Osmia cornuta. Más tarde aprendí que pocos insectos como esta abeja polinizan las flores del almendro y otros frutales: su espeso pelaje retiene el polen mucho mejor que el de otras abejas, y su afición a esas flores de olor dulzón hace el resto.

¿Qué sería de los almendros sin su Osmia? Producirían menos almendras y a la larga, en la naturaleza, la especie se volvería más escasa, lo cual significaría menos flores de almendro para estas abejas carpinteras. Así, la Osmia del almendro, de un modo completamente inconsciente, favorece que en el futuro su flor favorita se abra en cantidad y, de este modo, su propia supervivencia. En un entorno tan cambiante, tan inestable como la región mediterránea, muchas veces la selección natural no favorece simplemente al organismo que en solitario resulta más apto, sino al que encuentra un buen aliado. Así que, si queremos muchas almendras, dejemos en el campo la madera muerta...

Arriba: Almendro en flor, de Vincent Van Gogh.

05 marzo 2010

El eterno retorno

Por fin se han abierto. Son diminutas, blancas, sus pétalos se vuelan con una simple brisa, y sus hojas apenas abarcan la yema de un dedo. La planta con flores más minúscula de nuestros campos significa uno de sus mayores acontecimientos: la primavera biológica ya está aquí, ya no hay vuelta atrás. Las demás plantas pueden adelantarse o atrasarse en su floración, el tiempo puede venir seco o lluvioso, soleado o nublado, pero, a partir de ahora, una especie tras otra florecerá, insectos distintos resurgirán cada pocos días, y las aves africanas regresarán. Otro año más, la vida ha triunfado silenciosamente sobre todas las adversidades, ha superado los días abrasadores del verano, las noches de hielo del invierno, el vendaval y la lluvia. Estas pequeñas rosetas de hojas han sobrevivido al embate de todos esos elementos infinitamente más fuertes que ellas mismas, y ahora se preparan para reproducirse, hoy como hace millones de años, como en un eterno retorno que da sentido al tiempo. Empieza la primavera: Erophila verna ha florecido.