25 septiembre 2010

Frutos de seis patas

Al entrar el otoño, millares de pajarillos cruzan por el matorral mediterráneo en busca de tierras menos frías, y en su camino ya vimos cómo picotean y tragan infinidad de frutos que los arbustos del monte producen por estas fechas. Estos frutos han evolucionado para ser comidos, para que así los pájaros, al expulsar la semilla en sus excrementos, dispersen a la futura planta, alejándola así de las raíces y el sombraje de su planta progenitora, que podrían perjudicar su crecimiento. Por eso los frutos del espino albar (imagen de fondo), del jazmín, del torvisco, del espino negro, de la esparraguera y de tantos otros matorrales son fáciles de ver para los pájaros, son vistosos, de llamativo rojo o negro, jugosos, apetecibles, diseñados por la evolución para tentar el apetito de quienes en breve habrán de afrontar los rigores del invierno con buenas reservas de energía.

Pero los frutos se enfrentan con un problema: si son demasiado apetitosos, demasiado fáciles de digerir, entonces los microbios que siempre hay por la superficie de las plantas seguramente los consumirían antes incluso de que tuvieran opción de consumar su destino siendo comidos por un pájaro, o quizás los comerían otros animales que no los dispersarían. Quizá es para evitar esto por lo que muchos frutillos, como los del torvisco, se protegen fabricando sustancias tóxicas, venenos que sus aliados alados pueden detoxificar sin problemas. Por esto, no sería raro que los pajarillos que ahora engullen frutos sin cesar fuesen especialmente resistentes frente a las toxinas de todo tipo, incluidas... las de los insectos venenosos. Estos insectos, como el chinche de campo Eurydema ornata (dibujo), resultan muy llamativos por sus vivos colores, que como un semáforo están señalando a las aves insectívoras que no son plato de gusto, que si los comen pueden tener serias indigestiones. Todavía quedan entre las hierbas altas muchos de estos chinches de campo y otros insectos del estilo, de los que avisan con sus colores (aposematismo). Y sin duda ese color, que pretende ser una advertencia, es para los pajarillos frugívoros un anuncio, acostumbrados como están a comer frutos rojos, negros... ¿Qué pueden perder estas aves si comen alguno de estos "frutos de seis patas"? Siendo como son, inusualmente resistentes a las toxinas, por su dieta de frutos, no es extraño que pájaros como la curruca capirotada (en el dibujo, un macho) coman muchos más insectos tóxicos, aposemáticos, que los pájaros menos frugívoros, como el carbonero.

Así, por una curiosa casualidad de la evolución, la presencia en la Región Mediterránea de arbustos de fruto carnoso, herederos de antiguos linajes tropicales, supone una amenaza para los insectos aposemáticos, un riesgo que se materializa en el acto de predación por parte de las pequeñas aves frugívoras. Sin embargo, es la savia de estas mismas plantas la que puede alimentar a estos insectos, como Eurydema, lo cual convierte a los arbustos en máximos benefactores para los pájaros: no sólo les dan refugio, y frutos, sino también calorías en forma de insectos... aunque éstos sean venenosos, lo que al parecer no importa mucho a nuestra ahora casi ubicua curruca capirotada.

Esta refrescante idea sobre la ecología evolutiva de plantas, aves e insectos mediterráneos se le ocurrió hace ya tiempo a Carlos M. Herrera, autor del último artículo enlazado en el post, en el cual se basa toda esta historia.

18 septiembre 2010

Náufragos y refugiados

Otro año más llegó la gota fría, esa época de tormentas nacida del brusco encuentro entre el aire frío del Norte y el cálido remanente del verano mediterráneo. Y aunque estas lluvias pueden ser catastróficas, lo cierto es que cada otoño cargan estas tierras de futuro para numerosas especies. En nuestro ecosistema, ahora mismo, mientras las gotas impactan contra el suelo reseco, se despierta de su letargo estival lo que yo llamo la fauna de las tempestades: el milpiés Ommatoiulus, las cochinillas de la humedad Porcellio, y los colémbolos, Dilta, los arqueognatos, los verdes sapos corredores y los pardos sapos comunes (dibujo), entre otros. Animales que son como náufragos pero al revés, porque logran sobrevivir al verano en refugios húmedos, eludiendo la sequía, o para ellos la muerte, siempre entre las rocas, en la hojarasca umbría, a veces verdaderamente enterrados en vida para poder mantenerse con ella.

Y cuando contemplamos cómo estos animales encajan en el árbol de la vida de la evolución, un hecho insólito se nos revela: que entre la fauna de las tempestades hay muchos de los linajes más primitivos de animales terrestres. Así, colémbolos, Dilta y arqueognatos se cuentan entre lo que llamaríamos los insectos más antiguos del planeta, los más cercanos a los crustáceos de agua dulce de los que descendió la estirpe de los insectos. También los miriápodos resultan antiquísimos, y los sapos nos recuerdan que fueron los anfibios los primeros vertebrados en salir del agua. ¿Por qué estos pioneros de la tierra firme dependen de la humedad para vivir? Simplemente porque la evolución sucede por pasos graduales: los primeros animales terrestres descendían de animales acuáticos, por lo cual se parecían a ellos y todavía necesitaban permanecer cerca del agua. Recién emancipados del líquido elemento, incapaces de sobrevivir en plena aridez, requerían mucha humedad para vivir. Más tarde, sus descendientes, erguidos a hombros de estos gigantes colonizadores, desarrollaron adaptaciones que ya sí les permitieron tolerar un entorno seco, y así se rompió el estrecho lazo con la humedad; eran los reptiles y la mayoría de los insectos. Y aún hoy, millones de años después, la fauna de las tempestades en nuestro pequeño y seco monte mediterráneo es como el recuerdo lejano de aquella época remota en que la biosfera producía los primeros animales terrestres. Porque, como nuestra propia memoria, como las ciudades o la sociedad, los ecosistemas están hechos de piezas de distintas edades, especies que son el testimonio viviente del largo y azaroso camino de la evolución en este planeta.

06 septiembre 2010

El viejo muro

El viejo muro se alza frente a las encinas como si fuera una excrecencia natural del paisaje. Para los animales más pequeños, esta robusta tapia es como un gran acantilado, como una extraña ciudad vertical de ruinas de roca y barro que oculta habitantes insólitos. Junto a las destartaladas telas de la araña zanquilarga Holocnemus se abren en las grietas los embudos de seda de las arañas Segestria, orlados de los restos exangües de sus presas (hormigas, avispas, mantis-perla...), como una siniestra advertencia que sus futuras víctimas nunca podrán comprender. Cerca de allí aparecen decenas de tallitos huecos adheridos a la pared; son los nidos de las diminutas abejas metálicas Ceratina. Los parasitan algunas avispas delgadísimas que cruzarán una y mil veces junto a los avisperos de papel de las Polistes, o ante los nidos de cemento natural de las abejas albañil.

De trecho en trecho, una jarrita de barro atestigua que aquí hay avispas alfareras. La más corriente es la menor, la pequeña Eumenes coarctatus, que construye su cántaro a base de pellas de barro humedecido por las tormentas, y más tarde aprovisiona la vasija con pequeñas orugas paralizadas, que servirán de alimento vivo a su voraz larva cuando el nido ya esté sellado. Lo mismo hace la mayor de nuestras alfareras, la avispa Delta unguiculata (dibujo), que caza las mayores orugas entre la hierba medio seca que aún verdea en las umbrías. Si nos fijamos, notaremos algo curioso: los nidos de avispas alfareras están situados siempre en la cara Este del muro, mientras que las abejas albañil los ubican por ambas caras. ¿Por qué esta asimetría? Podemos averiguar la respuesta con un nido viejo de avispa alfarera: unas gotas de agua bastan para empezar a deshacer la estructura, que sólo es barro seco, mientras que un nido de abeja albañil es de barro cementado con la saliva del propio insecto y resiste perfectamente las inclemencias de la lluvia. Dado que aquí las lluvias entran casi siempre desde el Oeste, las avispas alfareras evitan sabiamente la ruina de sus nidos rehuyendo este lado. No sólo son consumadas maestras de la artesanía del barro, sino que tienen un conocimiento innato de dónde deben construir sus obras, como ya notó Fabre hace más de un siglo.

Con toda esta fauna, en estos días de fin de verano los viejos muros pasan a ser auténticos focos de biodiversidad de invertebrados en el monte mediterráneo. Además, al dar cobijo a muchos pequeños predadores, como las arañas y avispas, los muros abandonados ayudan a controlar posibles plagas de orugas y otros insectos. Ante tanto valor ecológico, ¿qué acierto hay en eliminar estos silenciosos testigos de la cultura rural?

30 agosto 2010

Primer año de este cuaderno

Cumple el blog su primer año en este final de agosto, y la verdad es que en este tiempo ha sido una gozada el dar a conocer desde aquí algo de la vida fascinante de este monte mediterráneo (en la foto, una vista del borde Noroeste) tan pequeño como grande en diversidad, que no es sino la de uno de tantos rincones desprotegidos en la Península Ibérica. Y este primer cumpleaños es un día tan bueno como cualquier otro para echar la vista atrás y sintetizar un poco. ¿Qué se puede aprender de este primer ciclo anual que hemos seguido en nuestro ecosistema?

Comenzamos el blog con el final del verano, cuando los meses de calor y sequía tenían en jaque a las plantas y animales del lugar, que, más parecido a un desierto que nunca, se despertó de su tórrido letargo con las lluvias y el fresco de septiembre. Mientras las aves del Norte cruzaban hacia sus cuarteles de invierno, picoteando frutos en los matorrales, brotaban en el suelo muchas hierbas, se abrieron las últimas flores (que eran las primeras) y la vida minúscula de los invertebrados se reactivó bajo las rocas, mientras en las encinas una plétora de habitantes se afanaba aprovechando las rechonchas bellotas de una otoñada inusualmente cálida. Pero los buenos tiempos del otoño son efímeros, y con el frío y las primeras heladas la vida entró en un gélido torpor del que sólo pueden librarse los animales de sangre caliente, las aves y mamíferos, los únicos capaces de mantenerse activos entre el hielo y la nieve. Al avanzar el invierno, diezmados ya los pequeños pájaros del Norte por la carestía de alimento y el frío, regresó al ecosistema la extraña quietud de los desiertos, acompañada esta vez de una cantidad enorme de lluvias, como jamás se había visto en décadas. Y sin embargo, un año más, una planta diminuta abrió sus flores al final del invierno, nos mostró el triunfo de la vida sobre las adversidades, y los romeros y almendros florecieron. Mientras el pasto se llenaba de plantas en flor a cual más insólita, de insectos, reptiles y mamíferos, alcanzamos el efímero esplendor de la primavera mediterránea, un espectáculo sujeto a tremendos vaivenes meteorológicos, como las oleadas de frío que vinieron en mayo y junio. Pero finalmente la sequía estival se abatió sobre el pasto y comenzó el último acto del ciclo, un verano en que el Sol puso a prueba una vez más la resistencia de los seres vivos. El campo se llenó de insectos tropicales, como las cigarras y saltamontes, la presencia de aves africanas se hizo más llamativa, y poco a poco todas estas especies propias del Sur llegaron al final del drama de este año en el ecosistema, y retornó esa quietud que no es sino el preludio de un nuevo ciclo.

Así es como las estaciones cambian radicalmente la vida en el monte mediterráneo, donde la mayor parte del año se diría que es una dura prueba de supervivencia, ya sea por frío, o por calor y sequía. Al cabo de los doce meses, apenas hay cuatro en los que la vida pueda prosperar sin heladas y con agua en el suelo. Un breve tiempo que, sin embargo, es suficiente para hacer de estos ecosistemas verdaderos hervideros de biodiversidad. Y entre toda la variedad de especies, historias y procesos, cada uno tiene sus preferencias. ¿Y las vuestras, cuáles son? ¿Qué entrada destacaríais de todas las de este primer año, si es que preferís alguna en especial? ¿Que por qué os lo pregunto? Simple curiosidad, porque también nosotros formamos parte de los ecosistemas.

23 agosto 2010

No son la élite

Siguen los días del regreso a los trópicos, y otro año más cruzan por nuestro monte algunos papamoscas grises (Muscicapa striata, arriba). Pero no debe de gustarles mucho la travesía, porque prefieren vivir en sitios mucho más frescos y umbrosos, en los escasos bosques de ribera que aún se mantienen junto a los ríos de La Mancha. Lo mismo cabe decir de otras aves de paso frecuentes en estos días, como los zarceros comunes, los autillos, y las oropéndolas que nos ocupaban la semana pasada. Otros nómadas son más bien propios de roquedos, naturales o artificiales (pueblos), como los vencejos y las golondrinas. El caso es que casi todas las aves que cruzan esporádicamente por nuestro ecosistema prefieren para vivir un hábitat distinto al seco matorral mediterráneo. Esto es fácil de entender: las aves de paso han de pertenecer mayoritariamente a hábitats diferentes al matorral mediterráneo sencillamente porque en nuestro ecosistema reside casi toda la avifauna de los matorrales bajos de esta región. Y esta observación, que parece tan sencilla, esconde una gran verdad sobre el funcionamiento de la naturaleza.

Vayamos por partes. Según los libros de texto de ecología, una comunidad cualquiera, por ejemplo, de pájaros, se compone de especies que desempeñan determinados "papeles" en la economía del ecosistema, papeles que se suelen llamar nichos ecológicos (por ejemplo, gran carnívoro, carnívoro mediano, carnívoro pequeño...). La ecología clásica nos dice que por cada nicho debemos esperar una sola especie en la comunidad. No puede haber más especies que nichos, porque si dos especies intentaran ocupar el mismo nicho, competirían una con otra hasta que sólo quedara una. En esta visión, la comunidad de pájaros vendría a ser como un club selecto donde sólo se admite a las especies más competitivas.

Sin embargo, esta visión clásica no cuadra bien con la realidad. Si fuera cierta, habría un límite para la cantidad de especies en las comunidades: el número de nichos disponibles. Pero la realidad es que se observa justo lo contrario: la mayoría de los paisajes no parecen estar limitados de ninguna manera en su número de especies. Pongamos por caso nuestro monte. ¿Qué clase de club selecto va a ser, si prácticamente viven en él todas las aves típicas del matorral bajo en la región? Si la competencia fuera tan importante, algunas de esas aves habrían quedado excluidas por las especies más competitivas. Como no hay indicios de que esto suceda, la comunidad de aves se parece más bien a un local de aforo ilimitado que a un club selecto. Y si el aforo ilimitado para las especies es la regla general en los paisajes, como parece serlo, entonces llevamos décadas dando a la competencia un papel exagerado en las comunidades naturales...

Los más interesados en este tema, ¡atentos al artículo clásico del tercer enlace!

18 agosto 2010

Partida hacia el trópico

Hace millones de años, los pájaros criaban en el Sur de Europa y viajaban al Norte de África para pasar un invierno más benigno. Pero el clima se fue tornando cada vez más estacional, más seco. El desierto del Sahara comenzó a formarse, aunque, como aún era pequeño, los pájaros podían cruzarlo para alcanzar sus territorios de invernada. Cuando se hizo mayor siguieron surcándolo porque la ruta estaba ya fijada generación tras generación y era difícil cambiarla. Ahora es el desierto más grande del mundo, y atravesarlo supone una de las travesías más extremas que pueda afrontar animal alguno. Precisamente en estos días es cuando muchas aves se dirigen hacia esta durísima prueba, hacia las dunas y los regs, para alcanzar las llanuras arboladas del África tropical. Innumerables pájaros de toda Europa cruzan la Península Ibérica entre finales de agosto y durante septiembre, en lo que constituye uno de los pasos migratorios más llamativos del Viejo Mundo.

Entre las aves que regresan en busca de los benignos inviernos africanos se cuentan algunas especies de colorido espectacular, pájaros de linajes tropicales que cuentan con pocos representantes en el Sur de Europa. Llegaron en primavera para reproducirse, atraídos por la abundancia de insectos que caracteriza el estío de este peculiar clima nuestro, casi subtropical, que llamamos mediterráneo. Pero en nuestro ecosistema los insectos ahora declinan, al estar ya muy avanzada la estación seca. Para las aves africanas es el momento de partir.

Las oropéndolas (Oriolus oriolus, arriba, un macho), la única especie europea de una familia eminentemente tropical, hasta ahora han estado ocupadas en sus alamedas y demás bosques de ribera, pero ya se ven cruzar entre las encinas del monte, marchando siempre hacia el Sur. Les siguen las golondrinas, algunos vencejos, los alcaudones comunes, collalbas rubias, abejarucos, abubillas, carracas... Aves todas ellas básicamente insectívoras. Pronto llegarán nuevos visitantes, esta vez dispuestos a pasar el invierno, pero vendrán no a comer insectos sino frutos y semillas. Esto nos revela un punto clave de la ecología del matorral mediterráneo: las estaciones son tan marcadas que hay dos platos fuertes bien distintos para los pájaros: insectos en primavera-verano y frutos en otoño-invierno. Y cuando el plato fuerte se agota, gracias al vuelo las aves pueden buscarlo en otro "restaurante" lejano que lo ofrezca... llámese, por ejemplo, la sabana.

08 agosto 2010

Ante un diablo

Aquel mediodía de verano, bajo un Sol implacable, regresaba yo hacia el coche después de una larga mañana de campo cuando de repente noté algo extraño, como un silencio excesivo y una inquietud sin nombre a mi alrededor. Empecé a oir una especie de zumbido hecho de viento, un rumor que crecía a cada instante delante de mi, que pronto fue como el fragor del aire tras una explosión, y miré por todas partes pero no había nada, cuando de pronto, a la vuelta de unas encinas, apareció algo como esto, un enorme remolino de polvo, una columna de aire que se retorcía rabiosamente, levantando la tierra y la hojarasca. Mientras avanzaba hacia mi, el vendabal del torbellino se volvió casi un estruendo, mi ropa casi parecía querer salir volando, pero entonces, súbitamente, el vórtice perdió fuerza y se desvaneció sobre los matorrales. Todo quedó como si nada hubiera sucedido.

En el Sudoeste de Estados Unidos llaman a estos remolinos de polvo dust devil, "diablo de polvo", y también "diablo que baila", dancing devil. Los indios Navajos creían que estos torbellinos eran espíritus de sus antepasados, que tomaban forma en las soledades del desierto. Creían que, si el aire del tobellino gira en el sentido de las agujas del reloj, es un buen espíritu, pero de lo contrario es maligno. En los desiertos de Oriente Medio estos remolinos pueden crecer hasta cientos de metros de altura, y los llaman djin, que significa “genio” o “demonio”. Leyendas aparte, los remolinos de polvo se forman cuando una masa de aire recalentado sobre el suelo asciende rápidamente a través de una pequeña bolsa de aire más fresco, formando una columna de aire que gira y avanza. Durante los pocos segundos o minutos que duran, no es raro que estos fenómenos generen vientos de 70 km/h o más. Al girar el polvo, se carga de electricidad estática y produce un campo eléctrico de hasta 10.000 voltios por metro, acompañado de un campo magnético oscilante que provoca ruidos en la señal de radio.

Después de ese día no se me olvida que en los páramos manchegos el aire a veces parece cobrar vida propia. Y eso sí, la próxima vez que se me aparezca uno de estos torbellinos miraré en qué dirección gira, todo sea por averiguar qué clase de "espíritus" alberga nuestro ecosistema...

Más sobre diablos de polvo aquí, de donde proceden los datos que comento.

31 julio 2010

El beso de la muerte

Avanza el verano y cada mañana, cuando comienza a apretar el calor, las escasas flores que ahora se abren en el monte mediterráneo se llenan de visitantes deseosos de libar. Es el tiempo de numerosas especies de abejas solitarias, que se afanan en las flores del cardo corredor, de los ajos silvestres y las espuelas de caballero. Junto a estas abejas encontramos toda una fantástica variedad de avispas cazadoras y parásitas, como la que muestra este dibujo, la Leucospis, una de las mayores avispas calcídidas. Este grupo de avispas suele desarrollarse consumiendo a otros insectos, y Leucospis gigas no es una excepción en esto pero sí por su insólita víctima, porque esta avispa se las ingenia para poner sus huevos dentro de un verdadero búnquer, el nido más fortificado de cuantos hay en el matorral mediterráneo, el de la abeja albañil, la Chalicodoma.

Las Chalicodoma, de distintas especies, son abejas solitarias que construyen nidos sobre las rocas o en las ramas, usando una especie de cemento durísimo que fabrican amasando el polvo de la tierra con su propia saliva, añadiendo alguna piedrecita bien encajada para reforzar esta argamasa. Cada abeja hembra prepara varias celdas hechas de este mortero, y en cada una almacena miel y pone un huevo flotante, tras lo cual procede a sellar totalmente la jarrita y comienza con otra. Terminadas todas las celdas, la abeja cubre todo el nido con una gruesa capa de mortero, y os aseguro que la estructura final tiene al menos la misma dureza que un trozo de cemento. Es en esta fortaleza de sólidos muros donde la Leucospis ha de poner su huevo. ¿Cómo logra semejante hazaña?

Lo consigue utilizando un arma secreta: cuando se posa en el nido de la abeja albañil, la Leucospis despliega una especie de larguísima "cola" que lleva plegada sobre el dorso y cuya base está enrollada bajo el abdomen. Es su ovipositor, un filamento negro, tan fino como un pelo, con cuya punta pone los huevos. La avispa lo puede mover a voluntad, y lo dirige en vertical hacia el muro del nido. Utilizándolo como un taladro, la Leucospis va perforando lentamente el cemento, tan despacio que parece que no está haciendo nada, pero al cabo de aproximadamente una hora alcanza el interior de una celda de abeja, y entonces inyecta un huevo e inmediatamente extrae toda su maquinaria de sondeo, sin dejar apenas señal alguna en la superficie del nido. Dentro de la celda, del huevo nace una larva con forma de gusano, que rápidamente se agarra a la crecida larva de abeja. Como una especie de vampiro, la larva de Leucospis crece a costa de succionar los fluidos de la larva de abeja, pero lo hace sin herirla en ningún momento, simplemente sorbiendo a través de la húmeda piel, haciendo ventosa con la boca. Este siniestro beso termina invariablemente con la larva de abeja marchita y muerta, y entonces la larva de Leucospis queda como única ocupante de la oscura celda. Pasará el invierno dentro, soportando temperaturas bajo cero, y en el siguiente verano emergerá de los muros en que ha nacido, lista para reanudar un año más la extraña historia de su especie. Así viven estas avispas, uno de tantos letales visitantes de nido en el mundo de las abejas mediterráneas.

Más sobre la Leucospis y la abeja albañil en los Souvenirs Entomologiques de Fabre.
Y para conocer mejor a nuestras Leucospis, aquí tenemos esta clave.

20 julio 2010

En busca del agua

En las mañanas de los días más calurosos del año, cuando el aire aún conserva el frescor de la noche, un coro de ásperas llamadas que se pierden en el cielo, sobre los eriales, nos avisa de que las gangas van a beber. Las gangas, tan propias de las estepas y desiertos del Viejo Mundo, prosperan en el páramo del Campo de Montiel, donde habitan las dos especies presentes en Europa: la ganga ortega (Pterocles orientalis) y la ganga ibérica (Pterocles alchata), que aquí se muestra en vuelo, con su silueta como de paloma de alas y cola afiladas, y el hermoso plumaje del macho, delante, contrastando con la librea más discreta de la hembra, que lo sigue. ¿Cómo logran estos pájaros no sólo sobrevivir al calor aplastante del verano manchego, sino incluso sacar adelante en plena canícula a sus pollos? Hay tres hechos que nos ayudan a comprenderlo.

En primer lugar, las gangas ibéricas soportan mejor las altas temperaturas porque su cuerpo, al funcionar, genera poco calor para ser un pájaro de unos 300 g, lo cual se debe a que necesitan relativamente poca energía - en concreto, la ganga gasta como un tercio menos de calorías respecto a lo que sería de esperar por su peso. Si consultáis el enlace anterior y hacéis algunos números, es curioso pensar que un animal tan soberbio como este vertebrado necesite para sobrevivir apenas 1,2 vatios, mucho menos que una bombilla de bajo consumo - que también se calienta menos que una bombilla normal.

Además de calentarse poco, las gangas beben asiduamente. Con el fresco de la mañana, las hembras alzan el vuelo y se dirigen hacia los bebederos; muchas van a la cola del Embalse de Vallehermoso, a unos 12 km de distancia a vuelo de pájaro. Por el camino lanzan al aire su reclamo, que es como un "cáa, cáa" más propio de una gaviota que de un ave tan parecida a una paloma. Atraídas por los reclamos de sus compañeras, las gangas se van reuniendo y terminan formando bandos numerosos, para descender finalmente al bebedero, tras asegurarse de que no hay peligro. En pocos segundos beben hasta un 15% de su peso y se marchan silenciosas; a su regreso llega el turno de los machos. Si la pareja de gangas tiene ya pollos nacidos, el macho, antes de emprender el vuelo, restriega contra la tierra las plumas de la pechuga, desordenándolas en todas direcciones y preparándose así para jugar la tercera y más extraordinaria baza de las gangas contra el calor.

Al llegar al bebedero, el padre ganga remojará bien las plumas del pecho, empapándolas de agua a conciencia, cosa que se ve facilitada porque esas plumas son muy absorbentes, por su peculiar estructura. Cuando el macho vuelva con sus pollos, éstos rápidamente acudirán a pasarle el pico por las plumas cargadas de agua, sorbiendo así una pequeña pero valiosísima cantidad de líquido que les ayudará a sobrellevar las largas horas bajo un sol que pone el aire a casi 40º un día tras otro, y que calienta el suelo hasta los 60º C. Si tuviéramos que aguantar esas condiciones en campo abierto pronto nos abatiría la insolación, y al final sucumbiríamos deshidratados, en el mismo tórrido erial en que las gangas prefieren vivir.

Marchant (1962) comprobó cómo beben así los pollos de ganga ibérica, y Ferguson-Lees (1969) da más información sobre horarios y costumbres en los bebederos.

08 julio 2010

La cazadora de la tarántula

En nuestro matorral mediterráneo, la hierba dorada por el Sol contrasta ahora con el verde de las cercanas viñas, y un sofocante calor sahariano se abate cada día sobre todos los habitantes del ecosistema casi desde el mismo amanecer. Las aves buscan refugio en la sombra fresca de las encinas, y únicamente las menores, como las currucas, mantienen cierta actividad al sobrepasarse los 30ºC - al igual que los niños, los pájaros parecen tener tanto menos calor cuanto más pequeños son. Las horas tórridas del mediodía pertenecen no ya si quiera a los reptiles, sino a insectos de linajes tropicales. Es el caso de los saltamontes, cuya máxima biodiversidad se da hacia los trópicos, y también de las hormigas león, de las cigarras y las avispas cazadoras. Muchas de estas avispas solitarias patrullan ya en busca de presas bajo el Sol: las pequeñas Tachytes, que capturan saltamontes, el lobo de las abejas, que las caza en vuelo, y las grandes Sphex de alas doradas, o las delgadísimas Prionyx, las veloces Bembix... Aunque cacen distintas presas, todas estas avispas hacen fundamentalmente lo mismo: buscar una víctima, paralizarla con el aguijón, ocultarla en un agujero y ponerle un huevo, del que saldrá una larva que devora viva a la desdichada e inmóvil presa.

De todas las historias fascinantes que podríamos contar aquí sobre estos hermosos insectos, fijémonos hoy en la más temeraria de todas nuestras avispas cazadoras, la que se enfrenta a la presa más formidable, una víctima que en principio es totalmente capaz de dar muerte a su cazador con tanta eficacia como éste a ella misma. Es la avispa Cryptocheilus rubellus, la cazadora de tarántulas. Una sola vez en 12 años he cruzado mi camino con el de uno de estos avispones impresionantes, pero son tan raros que aún puedo considerarme afortunado. Todo en su cuerpo rojizo como el cobre delata que la evolución la ha esculpido para vencer a un durísimo contrincante, desde sus patas largas, robustas y veloces, pasando por su coraza refulgente bajo el Sol como metal bruñido, hasta su robusto tórax, que alberga los potentes músculos de unas alas doradas, oscuras, como ahumadas hacia el ápice.

Cada verano, una nueva generación de estas avispas cazadoras de tarántulas ve la luz del Sol para reanudar la historia de su especie, una de las más extrañas que pueda imaginarse para un insecto. Porque, después de aparearse, una Cryptocheilus fecundada dedicará todo su esfuerzo a localizar la guarida de una tarántula, ese brocal de seda que orla un agujero circular en el suelo delatando el cubil de la mayor araña de Europa. La tarántula mediterránea, Lycosa tarentula, dará que hablar en este blog próximamente, pero de momento basta con saber que puede superar los 6 cm de envergadura y que su mordedura arrebata la vida incluso a pequeños pájaros. Una vez localizada la madriguera de la tarántula, la Cryptocheilus se ofrece a sí misma como cebo, provocando a la gran araña a base de asomarse repetidamente al interior del agujero, hasta que logra hacerla salir un tanto, y entonces, en pocos segundos, la avispa se las ingenia para esquivar cualquier ataque de la tarántula y terminar clavándole el aguijón nada menos que justo entre los colmillos venenosos que flanquean la boca del pequeño monstruo, uno de sus pocos puntos vulnerables. Y aunque parezca increíble, al pararecer jamás se ha visto que la avispa termine entre las fauces de la araña. Tras la picadura de la avispa, la tarántula queda paralizada casi al instante, y entonces su vencedora la arrastra para ponerle el huevo, tal y como se muestra en la imagen.

Cryptocheilus rubellus es la mayor avispa cazadora de arañas de Europa, pero en nuestros montes hay muchas más especies dentro de su familia, los Pompílidos. ¿Qué extraña cadena de casualidades hizo de las avispas de esta familia los más consumados enemigos de los depredadores venenosos más comunes en la naturaleza? Los caminos de la evolución son caprichosos, pero eso nos ha dado especies tan fascinantes como nuestra cazadora de tarántulas, que nos demuestra que la vida en nuestros campos yermos no deja de albergar sorpresas incluso en plena ola de calor sahariano.

Más sobre Cryptocheilus y tarántulas en los Souvenirs Entomologiques de Jean Henri Fabre, de los cuales podéis bajar gratis algunas ediciones traducidas al inglés desde el enlace que proporciono a la derecha.