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25 febrero 2014

Nómadas del pasto

Como cada vez que se acerca el Carnaval, retoma su crecimiento en nuestro ecosistema el nuevo pasto de este año, un ralo verdor bajo cuya apariencia monótona se esconde la mayor riqueza de especies del lugar. Pronto lo sobrevolarán las abejas solitarias y sus extravagantes enemigos, y se poblará de diminutas guaridas subterráneas, de las telarañas donde las Steatoda capturan hormigas como en un palangre, de millares de otras redes más desconocidas aún mediante las cuales fluyen las calorías fijadas por la hierba hacia los insectos, los pájaros, todos los animales del herbazal. Por el momento, apenas recorren la incipiente hierba algunos de los minúsculos pioneros que cada año reinician su periplo vital en una nueva generación. Son nómadas urticantes que viven medio protegidos por tiendas de seda que van tejiendo a medida que deambulan por el pasto. Nacen con los primeros días de sol y permanecen unidos al principio, hasta que cada cual toma su camino entre los heliantemos, las plantas que devoran con avidez bajo las diminutas flores blancas de las Erophila verna.
 
Estos nómadas del pasto son las procesionarias del suelo (Thaumetopoea herculeana), uno de los dos tipos de procesionaria del paraje. El otro, la procesionaria del roble (Thaumetopoea processionea), construye en plena primavera escasas tiendas de seda sobe algunas coscojas, refugios permanentes desde donde las orugas salen a comer. Los árboles evolutivos muestran que esta es seguramente la manera de vivir más primitiva entre las procesionarias. Los linajes más modernos del género Thaumetopoea también construyen tiendas, pero se alimentan de árboles de la familia del pino (Pináceas), como la famosa procesionaria del pino. ¿Qué sentido pueden tener estos cambios evolutivos? ¿Acaso nos están contando las procesionarias cómo ha cambiado la vegetación en Europa durante los últimos millones de años?
Vayamos por partes. Hace unos 30 millones de años, a mediados del periodo Terciario, ya había robles, y la vegetación era tan boscosa que seguramente existían muy pocos claros donde pudieran crecer los heliantemos, por ejemplo. A finales del Terciario, el clima se deterioró, los bosques se aclararon y comenzó la gran diversificación de los heliantemos. Por todo lo cual apareció el nicho ecológico que hoy ocupa la procesionaria del suelo. Más tarde, a medida que el clima se enfrió, los bosques de coníferas, de pinos y abetos, se extendieron por gran parte de Eurasia, y este nuevo escenario ecológico fue totalmente favorable para que evolucionaran las nuevas procesionarias de las Pináceas. De este modo, aunque todos estos argumentos sean especulativos, el hecho es que cuadran con que la idea de que la evolución de las procesionarias está reflejando indirectamente los grandes cambios de vegetación que han acontecido en esta región del planeta. Así que mucho cuidado al caminar por el pasto en estos días, no sea que pisemos un recuerdo evolutivo más de nuestro patrimonio natural.

Más sobre la evolución de la vegetación de la zona mediterránea en Thompson (2005) Plant evolution in the Mediterranean.

13 enero 2014

Viaje en el tiempo evolutivo

Acebuche (Olea oleaster)
Para un niño, una vida de cien años es tan incomprensible como la eternidad. Como para nosotros el pulso del planeta, los cambios infinitesimales del día a día integrados a lo largo de millones de siglos, el lento fluir de paisajes y formas de vida a medio camino entre el caos y las leyes de la naturaleza. Si un siglo fuese un milímetro, si esa distancia, apenas el trazo de un lápiz, representase todo el devenir de un centenario, entonces un millón de años serían diez metros, apenas diez pasos, de un camino cuyo final es un misterio. Los fósiles nos hablan de tiempos mucho más remotos que un millón de años, y sin embargo algunos de sus testimonios parecen casi actuales, tanto que nos invitan a pensar que en el fondo hay algo que permanece a lo largo del abismo del tiempo. Por ejemplo, fósiles de jazmines casi iguales a la especie que hoy crece en las umbrías de nuestro ecosistema datan de hace unos 4 millones de años; 40 pasos. A 120 pasos desde el presente encontramos aún algo muy similar a otro arbusto del matorral mediterráneo, el labiérnago; por tanto su complejo vínculo con los insectos de las agallas se ha forjado, como mucho, durante más de cien millares de vidas de centenario. Y retrocediendo más aún en el periodo Terciario, en tiempos de clima subtropical en Europa, todavía damos con algo muy parecido a nuestra encina, y a la coscoja y el acebuche que a menudo la acompañan en estas garrigas del Campo de Montiel. No son exactamente la misma especie, pero los paleobotánicos consideran que se trata de los fósiles de sus antepasados directos, en ocasiones virtualmente indistinguibles por su aspecto, como sucedía en los casos anteriores. Así que, desde cada bellota y aceituna, unos 26 millones de años nos contemplan. ¿Qué hay al fondo de este reloj evolutivo, tan extraordinariamente largo para las plantas leñosas como rápido a la hora de contar la llegada y la marcha de las especies animales, en comparación mucho más efímeras? La historia de la vida nos permite adivinar que el final inexorable del tiempo alcanzará tarde o temprano a cada especie de planta o animal. A la larga, para estas especies la única manera de eludir la extinción es “reproducirse”, esto es, especiar, dar origen a otras especies nuevas. Especies que serán el próximo testigo de los genes en esa carrera de relevos a lo largo de los eones que hemos dado en llamar evolución.
 

25 septiembre 2013

Perseguir lo imprevisto


Congelado aún en el final del verano, el incipiente otoño pronto comenzará a ejercer su influjo sobre nuestro ecosistema. Entre el trasiego de pájaros migrando, crecen las bellotas y se activan sus enemigos, los gorgojos-elefante; los romeros inclinan sus hojas tras la sequía estival; maduran los frutos de la esparraguera, y del espino negro, y en un secreto rincón, casi a la umbría de unas encinas, retoma su crecimiento el único labiérnago del paraje, un arbusto semejante a un pequeño y espeso olivo de hojas estrechas, común en los maquis espesos de algunas serranías cercanas. Phillyrea angustifolia, familiar del olivo y endémico del oeste de la cuenca mediterránea, muestra en sus ramas diminutas bolas secas, grisáceas. ¿Serán sus equivalentes a la aceituna? No se trata de frutos, sino de agallas, tumoraciones que crecen a partir de la puesta de huevos de ciertas moscas minúsculas (Schizomyia phillyreae).

Estos insectos ponen huevos en las flores del labiérnago, y eso provoca que el ovario se transforme en una agalla al cabo de 6-8 semanas tras la fecundación de la flor. Dentro de cada agalla, una larva de mosca va desarrollándose muy lentamente, a costa de consumir los tejidos embrionarios del que debería haber sido un fruto de labiérnago. Algunas moscas adultas emergerán de la agalla al año siguiente, pero otras esperan un año, o dos, o incluso tres. Este retraso recuerda a la estrategia de las hierbas anuales que acumulan en el suelo bancos de semillas de germinación retardada. En una entrada anterior vimos cómo estos bancos de semillas actúan como seguro frente a malas primaveras: como todas las semillas de un año no germinan al siguiente, si ese año es malo no se perderán todas, pues algunas tendrán su oportunidad en el próximo año. ¿Acaso sobre las moscas del labiérnago se cierne alguna amenaza imprevisible similar frente a la que intentan asegurarse formando un "banco de agallas"?

La misteriosa "pereza" de estas moscas a la hora de abandonar su agalla podría ser efectivamente una estrategia contra los malos años de flores del labiérnago. Porque el número de flores que produce este arbusto varía mucho de un año a otro, del mismo modo que muchas leñosas mediterráneas varían mucho su cosecha de frutos entre años. El ecólogo Daniel H. Janzen propuso en 1970 que este tipo de variación era una defensa de las plantas ante los animales frugívoros. Es fácil de entender: si un árbol produce cada año una cantidad de frutos más o menos constante, los animales que los coman podrán prosperar hasta eventualmente acabar con toda la producción de frutos, fracasando así la reproducción de la planta. Pero si la cosecha de frutos varía mucho, habrá años en que los animales frugívoros apenas tendrán comida, por lo que sus poblaciones se verán diezmadas. Si al siguiente año la planta da buena cosecha, habrá pocos enemigos para sus semillas, y de este modo tendrá mucho éxito en su reproducción. Esta idea parece respaldada por bastantes evidencias en la naturaleza. ¿Cuál sería su transcripción al sistema labiérnago-mosca?

El labiérnago, al variar de manera más o menos imprevisible su número de flores cada año, está controlando las poblaciones de moscas que podrían acabar con sus flores al convertirlas en agallas. Un mal año de flores supondrá pocas agallas y pocas moscas para el año siguiente. Así, si al cabo de un año el arbusto da muchas flores, éstas no se verán amenazadas por muchas moscas, y podrán dar fruto abundante. Pero las moscas parecen haberse contraadaptado a esta estrategia, y evitan que su reproducción fracase repartiendo en el tiempo su actuación sobre el arbusto. Así, si llega un mal año de flores, todavía quedarán hornadas de agallas con moscas a la espera de un buen año. Al formar su "banco de agallas", estos insectos han encontrado la manera de perseguir lo imprevisto, ese buen año de flores de labiérnago que les permitirá proliferar. Su solución para dar con lo imprevisto ha sido volverse imprevisibles.

17 julio 2013

Huida (evolutiva) del verano mediterráneo

Lobito meridional (Pyronia cecilia), una de las dos especies de lobitos del ecosistema, donde coexiste con el lobito listado (Pyronia bathseba).
En la hora azul del amanecer, la cháchara de las currucas se mezcla con la llamada lejana de las gangas mientras el termómetro casi roza los 20º C. Pronto asoma el sol incendiando de luz dorada los eriales secos, y entonces la temperatura asciende rápidamente. Hacia los 25º C, el estridente chirrido de las cigarras toma el relevo a los reclamos de las aves. Comienza el turno de los insectos: las avispas Prionyx buscan saltamontes, las hormigas león se desperezan en los tallos quebradizos, y las mariposas pardas revolotean a la umbría de las encinas para luego libar de las escasas flores que apenas ofrece el pasto agostado.
 
Nunca deja de sorprenderme cómo toda esta fauna diminuta logra soportar la durísima prueba de la sequía del verano mediterráneo. Apenas sabemos cómo lo consiguen. Fijémonos en las flores de un cardo corredor, donde en nuestro ecosistema ahora sorbe néctar una mariposa parda exclusiva de la región, el lobito listado (Pyronia bathseba). Esta discreta mariposa se aproxima ya al final de su vida de adulto, que abarca de abril a julio. En cambio su pariente, el lobito agreste (Pyronia tithonus), que se distribuye ampliamente por Europa, emerge como adulto al comenzar el verano. Este caso representa la norma entre las mariposas mediterráneas que tienen pocas generaciones al año: las especies endémicas suelen hacerse adultas en primavera, unos cuantos meses antes que las especies de amplia distribución, mucho más veraniegas. Parece como si las mariposas genuinamente mediterráneas estuvieran evitando salir de la crisálida en los meses de verano… Cuando encontré este patrón, pensé si no debería de ser al revés. Es decir, ¿por qué las mariposas más mediterráneas huyen precisamente de lo más característico del clima mediterráneo, la sequía estival? ¿No deberían estar adaptadas a dicha sequía? Confunde pensar en términos de mariposas, pero la historia cambia desde el punto de vista de… las orugas.
 
Las mariposas, al adelantar su ciclo vital unos meses, logran que sus orugas ya crecidas no tengan que enfrentarse a la sequía del principio del verano mediterráneo. La oruga se alimenta en primavera y antes de los grandes calores se ha transformado en adulto. Esta precocidad sólo puede aportarle ventajas, pues la oruga es la fase más vulnerable de estos insectos. Una oruga tiene piel tierna que se deshidrata al sol fácilmente, y si su planta nutricia se va secando puede morir o no completar bien su desarrollo. Así pues, el adelanto de la época de adulto parece ser para las mariposas mediterráneas una adaptación que ayuda a evitar los rigores del verano. ¿Pero por qué este adelanto sólo se da en las mariposas endémicas, y no en las de amplia distribución? Seguramente porque las mariposas endémicas, al estar confinadas bajo nuestro clima, pueden evolucionar sin el estorbo constante que supondría para ellas el reproducirse con mariposas procedentes de otras regiones climáticas, mariposas que aportarían a la especie genes adaptados a otros climas, dificultando así la adaptación al clima mediterráneo. En definitiva, a través de este caso aprendí que los endemismos no sólo son valiosos por ser irrepetibles y exclusivos, sino como ejemplos vivientes de la evolución en nuestro entorno más cercano.
 
Basado en un artículo que publiqué en la revista Bulletin of Insectology.

24 junio 2013

El grillo manchego

A lo largo de las páginas de este cuaderno de campo hemos descubierto que muchos habitantes de nuestro ecosistema son endemismos, especies exclusivas de la región mediterránea o de la Península Ibérica. ¿Cuál de ellos es el más único, el más raro a escala mundial, es decir, cuál de las más de 1.000 especies que pueblan estas 25 hectáreas de monte tiene un área de distribución más diminuta? Lo desconozco, porque ignoro la distribución de muchos pequeños invertebrados a los que sólo he podido identificar al nivel de familia o género. De las especies cuyo nombre sí he podido averiguar con certeza, la más exclusiva de la zona parece ser un insecto prácticamente desconocido, una chicharra alicorta semejante a un grillo grande y orondo. Este insecto fue bautizado como Pycnogaster graellsii por Bolívar en 1873, tras descubrirlo cerca de Manzanares, localidad próxima a nuestro monte. Desde entonces, la especie sólo ha sido encontrada en un puñado de localidades, la mayoría de ellas dentro de La Mancha y algunas en torno a esta meseta semiárida. Por eso a menudo llamo a este insecto “el grillo manchego”.
 
Cuando la hierba se agosta y las primeras cigarras del año resuenan bajo el calor de los días cercanos al solsticio de verano, cuando declina la primavera dando paso a la sequía estival, sólo entonces, durante una o dos semanas, cantan estos robustos grillos. Estridulan, frotan sus alas diminutas, lanzan al aire un chirrido suave, agudo y sostenido. A los machos les gusta cantar subidos a una aliaga, o a un tallo de mies a punto de ser segado, o entre el frescor de unas hojas de viña. Las hembras se distinguen claramente porque llevan al final del abdomen una imponente “espada”, su ovipositor. La primera “grilla manchega” que encontré estaba en una aliaga sujetando con las patas una masa gelatinosa y blanquecina. Era el regalo que le había dado algún macho: un espermatóforo, una bola blanda que contiene espermatozoides y que la hembra terminaría comiéndose, según las costumbres reproductoras en este grupo de insectos. Ignoramos cuál es la dieta habitual de estos Pycnogaster, pero se sabe que comen brotes vegetales y que pueden incluso devorarse unos a otros en cautividad. Quizás en la naturaleza actúan como depredadores de otras chicharras, grillos y saltamontes; esto es común en los grillos de matorral.
Resulta más o menos fácil acercarse a un grillo manchego mientras canta… hasta unos cuantos metros. Si queremos aproximarnos más, al menor ruido que hagamos dejará de cantar. Entonces tendremos que esperar unos minutos hasta que reanude su canción, y así, con paciencia y sigilo, lograremos tal vez acercarnos hasta que pensemos tenerlo a un paso. Entonces comprobaremos de primera mano la eficacia de su camuflaje, pues su librea verdosa, abigarrada de pardo y de oscuro, lo hace virtualmente invisible entre la vegetación. Si finalmente conseguimos verlo, la forma del escudo que hay tras su cabeza (pronoto), con lóbulos laterales redondeados y sin escotaduras (ver fotografía), nos revelará que pertenece a la especie Pycnogaster graellsii. Este y otros rasgos lo diferencian de las demás especies de Pycnogaster de la fauna ibérica, dentro de la cual nuestro grillo manchego es sólo un ejemplo más de los numerosísimos endemismos de chicharras alicortas, muchas de ellas del género Ephippiger, Steropleurus, Uromenus… Da la sensación de que este tipo de insecto, estos grandes grillos incapaces de volar, fuesen especialmente propensos a originar endemismos. Esta sospecha está plenamente justificada por lo que sabemos acerca del origen de las especies (especiación). Normalmente, el ingrediente clave en la especiación es el aislamiento geográfico: unos cuantos individuos de una especie se quedan aislados en una isla, o tras una cordillera, o en una península, y de este modo quedan apartados del resto de su especie, por lo que evolucionarán independientemente hasta que lleguen a diferenciarse tanto que pasen a ser una nueva especie. Las chicharras alicortas deben de quedarse aisladas geográficamente con mucha facilidad, pues se trata de insectos pesados, lentos y no voladores, y por tanto incapaces de viajar grandes distancias. Esto las convierte en un linaje perfecto para originar especies endémicas, incluso endemismos tan localizados como nuestro grillo manchego.
Basado en la información sobre la especie proporcionada en los enlaces que figuran en el texto y en Bolívar (1876) Sinopsis de los Ortópteros de España y Portugal. Madrid, Imprenta de T. Fortanet.

13 mayo 2013

Nuevos tiempos, viejas soluciones


Avanza mayo y la normalidad climática parece haber regresado al calendario natural de nuestro ecosistema. Pasadas ya las orquídeas abeja, florecen los gladiolos, las Bartsia trixago reemplazan a las algarabías pegajosas como plantas-vampiro, el tiempo de los ranúnculos cede el turno al de los Leontodon, y a ras de suelo se alzan ya las primeras flores de las jarillas. En la imagen tenemos a la más común, Helianthemum apenninum, un endemismo de la cuenca mediterránea, como tantas otras plantas que representan lo más exclusivo del tesoro de la biodiversidad en esta región. Los heliantemos, parientes cercanos de las jaras, son con ellas el resultado de una misma historia evolutiva, testimonios vivientes de cambios ambientales que han ejercido su poderosa influencia sobre la vida a escala planetaria.

Desde un remoto pasado de clima subtropical y vegetación selvática, en los últimos 15 millones de años la zona mediterránea ha visto deteriorarse el clima, cada vez más fresco en invierno y más seco, sobre todo en verano. Con el clima fue cambiando drásticamente el paisaje viviente, y donde antes hubo bosques con laureles, árboles de la canela, palmeras, ginkgos y magnolias, ahora hay matorrales y pastos con plantas como la jarilla. No obstante, en el nuevo clima han logrado prosperar un puñado de descendientes que parecen sacados del mundo antiguo: la encina, el olivo, el lentisco, el madroño... leñosas que conservan rasgos típicos de la flora tropical. Entre estos vestigios es común la presencia de frutos carnosos, apetitosos para los pájaros, que al comerlos digieren la parte blanda y descartan a través de los excrementos la semilla. De este modo, la semilla se dispersa gracias a los vertebrados, en lo que constituye la dispersión por endozoocoria. Pero este mecanismo apenas se da en las plantas de linaje más reciente, las que han surgido adaptándose al clima de los últimos millones de años. Por ejemplo, ni jaras ni heliantemos tienen frutos carnosos. Y aun así, los vertebrados pueden prestarles ayuda para dispersar sus semillas. ¿Cómo puede ser, si los frutos secos de los heliantemos carecen de pulpa sabrosa para tentar a los pájaros?

La clave de este asunto no está en las aves, sino en los herbívoros del pasto, que al comer hierba se tragan también los frutos de los heliantemos. No es de extrañar, por tanto, que sus semillas germinen incluso después de pasar por el tubo digestivo de una oveja. De este modo emplean al herbívoro como taxi para dispersarse, pero además en los excrementos encuentran minerales valiosísimos para sobrellevar el suelo pobre y pedregoso propio de los matorrales. Ante estas ventajas, realmente una semilla de heliantemo debería de germinar preferentemente después de ser engullida por un herbívoro. Y eso parece que es justamente lo que ocurre, no sólo con nuestra jarilla, Helianthemum apenninum, sino con otras plantas de su familia, las Cistáceas.

Son nuevos tiempos y nuevos climas para la vieja cuenca mediterránea, pero las antiguas soluciones de las plantas siguen funcionando, eso sí, convenientemente traducidas al moderno entramado de relaciones ecológicas. A estas viejas soluciones remozadas hay que sumar algunas nuevas, como la que encontramos en las propias jaras (Cistus), adaptadas a los frecuentes fuegos del verano mediterráneo hasta tal punto que sus semillas germinan masivamente después de un incendio. Por todas estas adaptaciones, jaras y jarillas, las Cistáceas, ejemplifican como pocas estirpes de plantas el devenir de la naturaleza en la región. Y lo curioso es que ambas estrategias (dispersarse mediante herbívoros y germinar tras los incendios) se basan en un mismo cambio: una envoltura más gruesa recubriendo la semilla.

La imagen muestra un Helianthemum apenninum apenninum, de acuerdo con las claves de la Flora de Andalucía Oriental (pdf).

29 enero 2013

Capturad al mediano

Una jauría de lobos no se molesta en perseguir a un ratón por el mismo motivo que una comadreja no se lanza a cazar un venado: el esfuerzo no compensa. Porque un depredador no sobreviviría si se dedicase a malgastar sus fuerzas persiguiendo presas diminutas, que apenas le aportarán calorías, ni atacando a presas tan enormes que difícilmente podrá doblegarlas. Por eso la evolución ha ajustado con precisión las costumbres de los cazadores de manera que cada especie se dedica a presas dentro de una determinada gama de tallas, las que le rendirán buenos beneficios en términos de esfuerzo y resultado. ¿Qué significa esto para las presas? Que las pequeñas tendrán que preocuparse sobre todo de cazadores pequeños, y las grandes de los mayores predadores. En este esquema, las presas medianas son las más perjudicadas, porque interesan tanto a grandes como a pequeños cazadores. Así, los lobos cazan numerosos conejos, y a veces las comadrejas capturan gazapos. Justo en el tamaño del conejo (Oryctolagus cuniculus) coinciden los fulcros de multitud de palancas depredadoras del matorral mediterráneo. Su pariente, la liebre, también sufre los intereses de la mayoría de carnívoros y rapaces. Estando conejos y liebres en pleno punto de mira, ¿qué pueden hacer para sobrellevar a tanto depredador?

Los conejos han optado por la estrategia de sustituir sus bajas rápidamente, y para ello cuentan con una fecundidad proverbial. Prueba de ello son las frecuentes plagas de conejos tanto dentro como fuera de la región mediterránea, graves hasta tal punto que los antiguos habitantes de Mallorca pidieron ayuda incluso a las legiones romanas para que los librasen de una marea de conejos que arrasaba la isla. Por su parte, la liebre ha tomado otro camino, se ha tornado en maestra de la defensa en forma de huida, y la evolución ha llevado al límite su anatomía en aras de la velocidad y el quiebro. Así, la liebre europea (Lepus europaeus) alcanza 56 km/h en campo abierto, y su columna vertebral increíblemente flexible le otorga una portentosa capacidad para el regate. Sus músculos están especialmente preparados para los esfuerzos súbitos de la carrera, ya que contienen mucha mioglobina, una proteína que almacena oxígeno y tiñe de rojo oscuro la carne de liebre. Su corazón es enorme, representa el 1.8% del peso corporal, frente al 0.3% del conejo. Con la proporción de una liebre, el corazón de un hombre de 80 kg pesaría casi kilo y medio, unas cinco veces más de lo normal. Nuestra liebre ibérica (Lepus granatensis, ver dibujo), por supuesto, muestra adaptaciones muy similares a la europea.

Liebres y conejos ejemplifican las múltiples soluciones que puede dar la evolución ante un mismo problema. ¿Por qué esta divergencia? ¿Tal vez porque los conejos son más propensos a ser fecundos, por construir madrigueras donde crían a salvo? ¿Quizás la mayor vulnerabilidad de los lebratos hizo de la liebre la arcilla adecuada para que la evolución modelase a un velocista extremo? Sea cual sea la respuesta, la evolución de una de estas tácticas puede cambiar todo el ecosistema. Porque, si los conejos no fuesen tan prolíficos, seguramente no habrían evolucionado los grandes especialistas en su captura, es decir, el lince ibérico y el águila imperial, emblemas de la fauna ibérica. Los ancestros del conejo empezaron a excavar madrigueras para criar, ¿fue eso fue la primera ficha de dominó cuya caída se tradujo, al cabo de millones de años, en el origen de nuestro lince ibérico? Sería otro caso más en el que una mezcla de casualidad y ecología marcase el rumbo de la historia de la evolución.

Más sobre plagas de conejo en Species diversity in space and time, de Michael Rosenzweig (1995),

17 mayo 2012

Cómo evitar el sexo

La vida está llena de complicaciones innecesarias, y el sexo es una de las mayores. Porque, si las bacterias y los esquejes nos demuestran que basta con un solo ser para originar a otro, ¿para qué complicar más la reproducción? Si nos pidieran que diseñáramos la vida, ¿quién de nosotros daría en algo tan extraño como la reproducción sexual, toda una máquina de Goldberg viviente repleta de pasos aparentemente caprichosos? Primero hay que dividir la especie en dos tipos de ejemplares (macho y hembra), luego cada tipo debe producir su propia versión de unas células especiales, que llevan la mitad de cromosomas que una célula normal; finalmente esas células deben unirse, así que hay que buscar algún modo de que ambos sexos las junten, cosa a menudo harto difícil tanto para los animales (cortejo, apareamiento…) como para las plantas (polinización). ¿Traen alguna ventaja todas estas extravagancias? Ya comentamos en otra entrada que seguramente sí. Pero cualquier ventaja irá junto con un serio inconveniente: como la reproducción sexual es tan compleja, puede fallar en muchos pasos. Y los fallos a veces compensan incluso que el ser vivo abandone la reproducción sexual. Por ejemplo, para el insecto-palo de la imagen, Clonopsis gallica, el sexo supondría la extinción. ¿Cómo puede ser?

Los machos son muy escasos en la mayoría de las especies de insecto-palo, pero en Clonopsis gallica ni si quiera se conocen, por lo que he podido averiguar. Todos los ejemplares que se han observado de este insecto-palo son hembras, y se reproducen simplemente poniendo huevos de los que nacen más hembras. No necesitan aparearse, de modo que por cada Clonopsis ha habido un nacimiento virginal (partenogénesis) en el ecosistema. ¿Qué ocurriría si hubiera machos y las hembras se aparearan con ellos? No funcionaría, y la clave está en los cromosomas de Clonopsis. Para entenderlo, repasemos algo de genética: nosotros tenemos los cromosomas organizados por pares, ya que hay dos versiones de cada cromosoma, una heredada del padre y otra de la madre. Cuando formamos células sexuales (óvulos o espermatozoides), cada cromosoma de cada par se separa del otro, yendo a parar a una célula distinta. Así se consiguen células con la mitad de cromosomas, adecuadas para unirse con otra célula sexual y así restablecer el número correcto de cromosomas. Ocurre del mismo modo en la mayoría de animales y plantas, pero nuestro Clonopsis parece ser una excepción. Hay evidencias de que tiene no dos, sino tres versiones de cada cromosoma (es un triploide, y no un diploide como nosotros). Con los cromosomas organizados en tríos, y no en parejas, las células sexuales no pueden recibir justo la mitad de cromosomas, unas recibirán dos y otras una versión de cada cromosoma. El resultado será que la inmensa mayoría de las células sexuales no serán viables, por estar genéticamente desequilibradas en algunos cromosomas. Así que, en la práctica, estos insectos no podrán tener descendencia fértil si se reproducen sexualmente. Por eso, si las hembras vírgenes no fueran capaces de poner huevos fértiles, la especie se extinguiría. ¿Y por qué tienen estos insectos tres versiones de cada cromosoma? Parece ser que la causa radica en el propio origen de esta especie. Al igual que muchas plantas, este insecto no se ha originado por la vía habitual de la evolución, que es a partir de una sola especie. Los estudios genéticos apuntan a que surgió como un híbrido de tres especies nada menos. Así surgió un triploide, un ser que sólo se perpetúa mediante nacimiento virginal, por las extrañas reglas del sexo.
Los insectos-palo (Fásmidos) constituyen uno de los grupos de insectos típicamente tropicales que en Europa sólo se encuentran en la zona mediterránea. Son fitófagos, nocturnos y extraordinariamente miméticos entre la hierba y los arbustos. Las áreas triangulares en el extremo distal de las tibias intermedias y posteriores, unidas a las antenas cortas, indican que la especie de nuestro ecosistema es Clonopsis gallica (Charpentier, 1825).

06 mayo 2012

La novia está hambrienta


Diezmadas tal vez por el seco inicio de esta primavera, muchas flores faltan este mayo a su cita con el sol en el pasillo de las orquídeas-abeja. Sólo se han abierto las flores más abundantes por todo el pasto: los ranúnculos, los senecios, algunas pajaritas, y algún nazareno. Parece que estas flores soportan mejor las malas primaveras, ¿quizá por eso abundan tanto en cualquier año? Mientras pensaba esto, vi cruzar una pequeña mancha negra volando de un romero a otro. Al observarla con los prismáticos, la mancha resultó ser tres insectos juntos: el de abajo no se movía, pero en él hurgaba el de en medio con una larga probóscide, como un pico, y el de arriba sujetaba a ambos y a la vez estaba colgado de una hoja de romero, al estilo de un gibón. Aquí  podéis ver en acción al extraño tándem, grabado en vídeo réflex - merece la pena verlo en alta definición, para ello pulsar en el título, seleccionar en Youtube calidad de 1080p, y ponerlo en pantalla completa.


En este trío, el insecto de abajo está muerto y los dos de arriba se están apareando. Son una pareja de lo que yo llamo “moscas-daga”, traduciendo así uno de sus nombres en inglés, dagger flies (familia Empídidos). Las moscas-daga son voraces cazadores de otras moscas, a menudo incluso de su mismo tamaño; las capturan y succionan sus fluidos mediante ese enorme “pico” como una fina daga. Su instinto cazador es tan fuerte que el macho que se acerca a una hembra para aparearse podría terminar siendo capturado y absorbido sin piedad. ¿La solución? Un regalo que aplaca. El macho captura una presa, la entrega a la hembra, y mientras ésta la devora tiene tiempo de aparearse sin peligro. Normalmente la presa que elige el macho es una de las moscas más comunes en esta época del año, la mosca de San Marcos (Bibio marci), que aparece a centenares hacia el día que le da nombre. Los machos de la mosca de San Marcos, cuyos ojos inmensos ocupan prácticamente toda la cabeza, se congregan formando enjambres que revolotean junto a las encinas, como bailando, subiendo y bajando, demostrando sus dotes aéreas hasta que aparece una hembra y se lanzan tras ella en cuanto la detectan con sus descomunales ojos. Estos machos bailadores parecen muy distraídos danzando en el aire, así que no es de extrañar que sean presa común de los machos de moscas-daga. De este modo, la reproducción sexual pone en peligro de maneras distintas a los machos de ambas especies de moscas, y una termina salvando a la otra a costa de su vida.

23 abril 2012

El todo ojos

Esa mañana de abril vi el primer falso abencerraje del año. Los incontables ojos pintados en sus alas parpadeaban en el aire bajo el sol, revoloteaban entre los asfódelos y las orquídeas, sobre los canónigos silvestres y los nazarenos. Mientras la mariposa se perdía entre la hierba, yo pensaba en su nombre repleto de historias. De entrada, ¡abencerraje! ¿Qué insólita conexión ha hecho que estas mariposas reciban el nombre de una insigne familia de la Granada islámica? Y su nombre científico tampoco tiene desperdicio: Pseudophilotes panoptes, oséase, “casi un philotes todo-ojos”… ¿Qué significa esto? Por un lado, philotes, Filotes, era una diosa de la Grecia antigua, una hija de la Noche, responsable de la amistad, el amor y el sexo. Otra mariposa azul fue bautizada como Philotes, y como el falso abencerraje se asemeja bastante a ella, de ahí viene el Pseudo. Pero lo mejor llega con el  panoptes. En la mitología griega, Argos Panoptes era un gigante de cien ojos (o mil), el mejor guardián, porque incluso durmiendo dejaba la mitad de sus ojos abiertos. La diosa Hera encargó a esta criatura la vigilancia de Ío, una de las muchas amantes del dios Zeus. Todo empezó cuando Hera, la celosa mujer de Zeus, a punto estuvo de sorprender a éste con Ío, situación que Zeus evitó transformando a la chica en vaca. Este truco le salió mal, porque Hera fingió creer que la vaca era un regalo para ella, se llevó a Ío y la puso bajo custodia de Argos. Aun así, Zeus se las ingenió para recuperarla. Recurrió al dios Hermes, quien fue a ver a Argos y empezó a contarle unas historias aburridísimas hasta que se le cerraron todos los ojos, y entonces acabó con él. En recuerdo a este guardián, Hera puso los cien ojos en la cola del pavo real… y al parecer en las alas de una pequeña mariposa azul.

El falso abencerraje también tiene su interés desde el punto de vista naturalístico. No sólo porque sea exclusivo del oeste de la cuenca mediterránea, sino por su dieta. De las 32 especies de mariposas diurnas que tengo anotadas en mi cuaderno de campo como habitantes del paraje, es la única que de oruga come tomillo, según las guías de campo. ¿Qué tiene esto de particular? Que la familia del tomillo (Labiadas) tiene muchísimas especies en la cuenca mediterránea, y sin embargo muy pocas mariposas son capaces de usarlas como alimento. ¿Acaso encuentran demasiado picante su sabor, ese cóctel de aceites esenciales aromáticos que protege a estas plantas de ciertos herbívoros? Quizás, pero este tipo de problemas no han sido impedimento para otras mariposas; así, por ejemplo, las orugas de cierta esfinge mediterránea (Daphnis nerii) se alimentan nada menos que de adelfas, plantas muy usadas en jardinería pero extremadamente tóxicas; sus hojas en infusión pueden matar incluso a una persona. Y la esfinge de las adelfas sólo es un ejemplo, hay muchos otros más. Si las mariposas son capaces de esto, ¿por qué, entonces, hay tan pocas que coman arbustos aromáticos tipo tomillo? No lo sé… Tal vez, sencillamente, aún no ha transcurrido bastante tiempo para que surjan muchas especies de mariposas dedicadas a estas plantas. Esto tiene su sentido, porque muchas Labiadas se cuentan entre las especies más recientes de la flora mediterránea. Aparecieron hace relativamente pocos millones de años… mucho antes de que Hera lanzase los cien ojos de Argos sobre las alas de nuestro abencerraje.

19 marzo 2012

Lucha aérea

“Al poco las veo salir, 4 en total” – anoté en mi cuaderno de campo. Antes de salir, las abejas solitarias emergían a la luz del sol desde la oscuridad de su agujero excavado en el suelo, asomaban las antenas y, tras uno o dos minutos desperezándose, echaban a volar hacia los romeros de marzo. Permanecí sentado sobre el camino de tierra, esperando verlas volver cargadas de polen, pero pronto me distrajo un zumbido incesante. A un paso de mi, un insecto aparecía como congelado en el aire, cernido a más de un metro del suelo, tan abstraído que apenas se inmutó cuando me acerqué un poco más para observarlo. Era una mosca-abejorro, del género Bombylius; en estos días liban las flores del romero (ver imagen). Pero este Bombylius parecía absorto en alguna tarea importante, que pronto se puso de manifiesto. Porque cada vez que algún insecto cruzaba a menos de unos 3 m de su puesto, el Bombylius, como un centinela, salía tras el intruso, vertiginoso, casi imposible de seguir con la vista, lo perseguía haciendo tirabuzones y quiebros hasta echarlo de lo que él consideraba, sin duda, su territorio, la parcela en la que yo me había sentado. En un rato lo vi expulsar a varios otros Bombylius, y también a abejas solitarias e incluso a moscardones, ¡le daba igual de qué especie fuera el invasor! El mero estímulo de ver a un insecto volando cerca bastaba para disparar su belicoso comportamiento. Apenas pasaba un minuto sin que expulsase a alguien, ¡qué cantidad de energía estaba gastando! Cuando este guardián del camino regresaba de una de sus escaramuzas, se desvió un tanto en su trayecto y entonces fue él quien recibió un ataque… ¡de otro Bombylius! Entonces comprendí que, lo que para mí era tan solo un camino, para estos volátiles era un campo de batalla divisible en territorios que ellos estimaban merecedores de ser defendidos hasta la extenuación. ¿Pero qué era toda esta locura? ¿Qué les estaba pasando a los Bombylius?

Una pista es que estas moscas-abejorro se desarrollan como parásitos letales (parasitoides) de abejas solitarias. Las hembras de Bombylius lanzan huevos a los agujeros-nido de esos insectos, y lo hacen volando casi a ras de tierra, cernidas, disparando los huevos desde el ápice del abdomen con un rápido movimiento de todo el cuerpo hacia abajo en el aire. Previamente las hembras han rebozado los huevos en el polvo del suelo, quizás para lanzarlos mejor o para que rueden hacia el agujero. Varias veces he presenciado esta operación de lanzamiento, y os aseguro que la madre Bombylius tiene pésima puntería. Pero cuanto más hábil sea volando, lo normal será que acierte más y que tenga por tanto más descendencia. Así, la habilidad en vuelo cernido resulta clave para estos insectos. Por eso es lógico que las hembras se apareen preferentemente con machos que hayan demostrado ser los mejores voladores, y, ¿qué mejor prueba de ello que ser el dueño de un territorio? Para conservarlo, el macho seguramente ha debido de expulsar a innumerables intrusos, pelearse en un sinfín de combates aéreos y mantenerse cernido y vigilante hora tras hora. ¡Todo un campeón del aire! Estos ases del vuelo ofrecen para la hembra una buena garantía de futuros descendientes muy hábiles volando, y por tanto bien preparados para acertarle al agujero (si son hembras) o para ganarse un territorio con el que conquistar hembras (si son machos). Todo lo cual ayuda a entender por qué los machos son tan territoriales y pendencieros en el aire. Es curioso pensar que los propios Bombylius ni saben por qué hacen todo esto ni han elegido vivir así. Su conducta, su vida, está sujeta a la selección natural, igual que a la gravedad o a cualquier otra ley de la naturaleza que define los límites de lo que llamamos libertad.
En la fotografía, un posible Bombylius analis, el antiguo B. undatus según las claves de Séguy (1926) de Faune de France. Hay varias otras especies de Bombylius en el paraje, y cambian a lo largo del año. Más sobre estas moscas-abejorro en las numerosas entradas que les ha dedicado el blog Macroinstantes.

11 marzo 2012

Abejas turbo

Los romeros atestiguan que a la primavera le está costando entrar este año. Puestos a prueba por las recientes heladas, han abierto muchas menos flores de lo normal. Así que las abejas solitarias ahora están muy concentradas, ya que no tienen más remedio que libar en las escasas ramas donde relucen apenas unas pocas flores. Estas abejas, que no construyen colmenas, llaman la atención por sus contrastados tamaños: al lado de una diminuta Halictus, una Anthophora dispar (ver fotografía) es un coloso. A la primera le estimo un biovolumen de alrededor de 25 mm3, mientras que la segunda se acercaría a los 400. En comparación, sería como si hubiera una especie de humanos que pesasen unos… ¡1.400 kg! Tales gigantes serían sin duda torpes y lentos, pero en el mundo de las abejas nuestra intuición no vale, porque la colosal Anthophora resulta ser muchísimo más rápida que cualquier abeja más pequeña. Se nota si las observamos libando: una Anthophora llega a las flores en constante estrés y, sin dejar de zumbar, le dedica apenas 3 segundos a cada flor, mientras que una minúscula Halictus permanece como 10 segundos, se posa, camina sobre los estambres, se amodorra en un pétalo... Es como si una abeja, al encoger, experimentase una dilatación relativista del transcurso del tiempo. ¿Por qué ocurre esto, cómo es que las más apresuradas son las más voluminosas? ¿No podrían las Anthophora tomarse la vida con más calma? Creo que no pueden... si quieren reproducirse con éxito. Para entenderlo, pongámonos en el lugar del insecto.

¿Qué significa para una abeja solitaria una buena flor de romero? Una dosis de polen y néctar, sus únicas fuentes de alimento y de provisiones para abastecer el nido en que se criará su futura descendencia. Las abejas más grandes necesitarán más dosis para cumplir su ciclo vital (consumen más por ser mayores), y por tanto deberán libar más flores. Como necesitan más dosis y viven aproximadamente el mismo tiempo que las abejas pequeñas, las grandes deberán ser más rápidas libando. Por eso una Halictus puede permitirse holgazanear un poco en cada flor, pero para una Anthophora cada segundo es oro, porque no le queda más remedio que visitar muchas flores cada día, así que no puede entretenerse mucho en cada flor. Pero además las Anthophora tienen un gasto adicional de energía, porque son abejas de sangre caliente, endotérmicas mejor dicho. Esto significa que, antes de volar, “calientan motores” produciendo calor con los músculos que mueven las alas, y, cuando el tórax alcanza cierta temperatura, alzan el vuelo y entonces prácticamente ya no dejan de volar mientras liban, con lo cual se mantienen calientes durante su labor. Esto les permite mantener un ritmo velocísimo libando flores, las convierte en algo así como "abejas turbo", insectos siempre zumbantes y acelerados que van a toda máquina sin importarles mucho si el día es fresco o cálido. Pero... ¿no será en realidad un inconveniente esta capacidad de termorregularse? Por un lado, es cierto que la termorregulación puede venir muy bien para estas abejas tan apremiadas por las elevadas exigencias energéticas propias de su tamaño, pero...  ¿realmente serían menos eficaces si no termorregularan? ¿La energía que gastan termorregulando puede pasarles factura en un mal año, en el que haya muy pocas flores de romero? De cualquier modo, ese mal año están viviéndolo ahora mismo. Si las "abejas turbo" se han pasado con sus demandas energéticas, este año la reproducción se les dará peor, con lo cual el próximo debería de haber menos Anthophora dispar de lo normal. En ese caso, quizás las humildes Halictus están realmente mejor preparadas para resistir los vaivenes del clima mediterráneo. ¿Qué ocurrirá? Lo sabremos en 2013...

Gracias a Francisco Javier Ortiz-Sánchez por identificar estas abejas
. El t
iempo que dedican a cada flor lo estimé en marzo de 2009 contando cuántas flores visitan en un minuto estas especies (hice unas 10 observaciones de cada especie, en condiciones constantes de unos 25ºC, entre las 12-13 h, con sol).

26 febrero 2012

Isla Cadáver

La vi pocos días antes de morir: una oveja rezagada del rebaño, de aspecto avejentado y balar ronco de enfermedad. “Poco le queda”, pensé bajo el reclamo de los reyezuelos en las encinas. Semanas después, la primavera apuntaba en los brotes de la hierba sobre la que yacía la carcasa de lo que fue esa oveja. No había olor, ni ya ruido de urracas, sólo destacaba la incipiente blancura de los huesos aún articulados. Me acerqué a ella pensando en cómo se estaba convirtiendo en humus, en minerales, en insectos destinados a dar vida a los pájaros, en toda una reserva de nutrientes en el suelo de la que habrían de surgir hierbas que sustentarían a otras ovejas... Levanté el cráneo con una rama y allí estaban, agazapados, los escarabajos que habían nacido de esta muerte; los logré identificar dentro del género Thanatophilus (seguramente de la especie rugosus, ver dibujo), que significa "amigos de la muerte". Recordé aquella liebre muerta en mayo, cómo se llenó de los mismos insectos, como el ratón del verano, la torcaz o la culebra de escalera atropellada. Los Thanatophilus siempre acababan encontrando el cadáver, y nunca se sabía de dónde habían salido.


Pensé que, para estos insectos fúnebres, un vertebrado muerto es algo así como una isla que surge, imprevisible y benévola, de entre el mar hostil del matorral mediterráneo. Pensé que la evolución debe de haber dotado a los diminutos “amigos de la muerte” de un prodigioso olfato y de una buena capacidad de volar hacia una “Isla Cadáver”, esa tierra prometida que quizás sólo algunos elegidos pudieran alcanzar en cada generación. Recordé que el escarabajo enterrador que había encontrado ahogado en un bidón en verano tenía plegadas unas alas larguísimas bajo los cortos élitros, indicio de que era un gran volador de largas distancias en busca de estas islas de carroña. Generalicé que los insectos de la carroña deben de ser grandes viajeros, como predice su particular ecología. Porque, para un organismo que depende de hábitats efímeros y de aparición imprevisible, como un cadáver, hay una enorme presión evolutiva hacia el desarrollo y mantenimiento de una gran capacidad de dispersión, que le facilitará localizar esos raros entornos favorables que necesita. Hasta tal punto sucede así que los escarabajos del linaje del Thanatophilus (Sílfidos) que han perdido la capacidad de volar tienden a abandonar los hábitos necrófagos, volviéndose mayoritariamente cazadores de invertebrados del suelo, un modo de vida para el que no necesitan vuelo. Del mismo modo que los escarabajos carroñeros son consumados voladores, los escarabajos acuáticos propios de las charcas temporales vuelan excelentemente, al igual que ciertos chinches especialistas en esas islas de agua efímeras que a veces la primavera hace brotar entre el secano.

Más sobre la evolución de la capacidad de dispersión en “Discovering evolutionary ecology” (Mayhew, 2006).

31 enero 2012

¿Por qué tantas especies? (II)

En el episodio anterior de esta miniserie de entradas, comencé planteando una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué hay tantas especies en la parcela del blog? Buscando una respuesta, llegué al final ante una de las cuestiones más candentes de la biodiversidad: ¿por qué el número de especies aumenta de los polos a los trópicos? Este aumento, el gradiente latitudinal de biodiversidad, quizá sea lo más parecido a una “ley de la naturaleza” en ecología, porque se cumple para casi todos los grupos de seres vivos, ya sean plantas, animales o microbios, acuáticos o terrestres, actuales o de hace cientos de millones de años. ¿Cómo explicarlo?

Los naturalistas llevan siglos proponiendo posibles causas para la exuberancia de la vida en los trópicos, y hay tantas ideas que os remito a esta buena revisión del tema. Se pueden leer literalmente decenas de hipótesis sobre el asunto, pero el debate sigue y hay cierta tendencia derrotista a asumir que se trata de un "misterio sin resolver" al que nunca podremos quitar esa etiqueta. ¿Y si intentamos quitársela? Empecemos fijándonos en un hecho crucial: el aumento de diversidad hacia los trópicos es más claro y más acusado a escala regional, es decir, cuando se comparan regiones enteras entre sí. Esto nos lleva a buscar su explicación entre los procesos que regulan el número de especies de las regiones. Una región puede tener más o menos especies dependiendo de sólo tres procesos: el origen de nuevas especies (especiación), la extinción, y la inmigración de especies desde otras regiones. Podemos entenderlo de la siguiente manera: una especie está en una región o bien porque se ha originado en ella, o porque ha inmigrado desde otra región, y por supuesto porque no se ha extinguido. De modo que ahora tenemos tres posibles explicaciones para el gradiente latitudinal: (1) que hacia los trópicos se originen más especies, (2) que se extingan menos especies, y (3) que sean inusualmente propensos a acumular especies originarias de otras regiones. ¿Se puede descartar alguna opción? Intentémoslo: dejemos que cada una de las tres ideas "hable" y comprobemos si se cumple "lo que dice".

Si hacia los trópicos se originan más especies, entonces debería haber allí mayor proporción de especies recientes que hacia los polos. ¿Sucede así? Las evidencias que conozco no son concluyentes: algunas van a favor, pero otras en contra. Pasemos a la siguiente explicación: si hacia los trópicos se extinguen menos especies, entonces esperaríamos en ellos mayor proporción de especies antiguas que hacia los polos. Lo cual concuerda bien con los hechos (por ejemplo, los linajes de aves más antiguos tienden a ser tropicales). Por último, si los trópicos son especialmente propensos a acumular especies de otras regiones, al quitar esas especies inmigrantes deberíamos tener la misma cantidad de especies endémicas (por unidad de área) que en otras regiones. Esto no se sostiene, porque precisamente las latitudes tropicales albergan el máximo mundial de endemismos por unidad de área, respecto a las demás latitudes. En conclusión, de este párrafo sólo ha salido airosa la hipótesis de la extinción. Es decir, aunque el gradiente latitudinal pueda deberse a muchas causas, la más general de todas parece ser que hacia los polos se extinguen más especies.

¿Y por qué el riesgo de extinción habría de aumentar hacia los polos? Hay un buen motivo: en ellos los cambios climáticos son más drásticos (por cambios orbitales y del eje de rotación, etc.). Y al ser más duros los reveses del clima, hay más peligro de extinción. Pensemos, por ejemplo, que hace 100 millones de años la Antártida estaba cubierta de bosques, y que hace 50 millones de años crecían palmeras en Escandinavia, mientras que hoy las únicas palmeras de Europa (palmito y palma de Creta) se dan en la cuenca mediterránea, es decir, más hacia los trópicos. ¿Es esta la mejor explicación a la diversidad mediterránea, su posición intermedia en un gradiente latitudinal de extinción? Pues resulta que... ¡no lo es! Porque la mayoría de las plantas mediterráneas, las que hacen de la biodiversidad mediterránea algo extraordinario, no son antiguos supervivientes, sino nuevas especies, surgidas en los últimos millones de años. ¿Cómo puede ser? ¿Acaso los matorrales mediterráneos son excepciones al mecanismo clave que ha producido la regla de oro de la biodiversidad, el gradiente latitudinal? No os perdáis el desenlace en el próximo y último episodio… 

18 diciembre 2011

Un habitante de las espinas

Al amanecer, las primeras heladas construyen sobre el suelo los diminutos paisajes de cristales y agujas que llamamos escarcha. El hielo, ese mineral efímero, va apareciendo como de la nada, extendiendo sobre las hojas de hierba una arquitectura como de laberintos cristalinos que se derriten con el calor de mi mano sosteniendo la lupa. ¿Qué más puedo observar? Algo nuevo y extraño que descubro, algo como una bola de apenas 3 mm de anchura, cubierta de pelo blanco e incrustada en la espina de una aliaga. ¿Será acaso un hongo? No lo parece, a través de la lupa no se ven esporangios... Entonces caigo en la cuenta y abro la bola por la mitad: está hecha de tejido verde de la aliaga, y en el centro, en un hueco minúsculo que la lupa apenas alcanza a resolver, habita un inquilino diminuto y rojizo.

Estos tumores con inquilino, las agallas, son frecuentes en los robles, las encinas y muchas otras plantas, a las que incluso llegan a dar nombre, en el caso de la cornicabra. Normalmente las agallas son producidas por insectos, y otras veces por nemátodos o ácaros. Cuando un insecto pone un huevo en el tejido vegetal, la planta reacciona ante las señales químicas del huevo haciendo crecer un tumor que lo encierra. Del huevo así encapsulado nace una larva que se alimenta del interior de la agalla, hasta completar su desarrollo y salir al exterior como insecto adulto, practicando un agujero de escape. Esta manera de vivir es típica de ciertas avispillas (sobre todo cinípidos y avispas portasierra), mosquitos y pulgones. En el caso que nos ocupa, el inquilino de la agalla podría ser la larva de un mosquito, Dasineura scorpii, pero hay más opciones, no sólo porque sabemos poco sobre los insectos agallígenos que ya conocemos, sino también porque en nuestros matorrales hay una increíble cantidad de especies de estos seres, una diversidad en gran parte todavía desconocida. De hecho, los insectos formadores de agallas suelen ser más variados y abundantes en la vegetación esclerófila (de hojas duras) y en climas más bien secos, justo lo que predomina en la cuenca mediterránea. ¿A qué puede deberse el vínculo entre estas condiciones y las agallas?

La explicación más plausible la dieron Fernandes y Price (ver este trabajo suyo también): en la vegetación de clima más bien húmedo, los hongos consumen a menudo a las larvas de dentro de las agallas, y por algún motivo los insectos parasitoides las atacan con más frecuencia. Estos insectos, de una vasta variedad, normalmente son avispillas (calcídidos) que inoculan huevos en las agallas, devorando sus larvas a las del inquilino original. Todos estos enemigos disminuyen su actuación en las zonas más secas, lo cual resulta lógico para los hongos, que necesitan humedad para digerir su alimento, ¿pero por qué la sequedad reduce también el ataque de los insectos parasitoides? Ni idea; el caso es que ocurre así y eso ayuda a explicar la gran diversidad de insectos formadores de agallas en la región mediterránea, las sabanas, e incluso la bóveda forestal de las selvas tropicales, donde la humedad disminuye y las hojas se tornan más duras, más esclerófilas. En todos estos tipos de vegetación, el mundo de las agallas nos depara historias fascinantes, más propias de la ciencia ficción que de las ciencias naturales, todo un patrimonio evolutivo que merecerá su propia entrada, más adelante...

28 noviembre 2011

La extraña resurrección del tomillo

Se marchitaron los tomillos este verano, allá donde no había sombra que los cobijase. Llegaron al otoño pardos y quebradizos, imagen misma de la sequía. ¿Quién iba a adivinar que todavía estaban vivos? Ahora, con la tierra por fin empapada, rebrotan los tomillos, desplegando sus diminutas hojas fragantes y verdes entre las hojas muertas. Fijémonos en esas hojas secas: hay dos tipos, cortas y largas. Las cortas son hojas de verano, y las largas de primavera, porque el tomillo cambia de hoja al cabo del año. Como muchos otros arbustos aromáticos de su familia (Labiadas), el tomillo tiene dimorfismo foliar, y afronta el verano con hojas pequeñas y duras, que al ofrecer escasa superficie al viento disminuyen la pérdida de agua por evaporación.

Pero la resurrección de este tomillo (Thymus zygis) ha sido incompleta: no brotan hojas de algunas ramas que sí las tenían el año anterior (como demuestra la presencia en ellas de hojas secas recientes). Estas ramas muertas han sido las víctimas de la larga sequía de los meses anteriores. En realidad las ha matado el propio tomillo, que puede cortar el suministro de savia de aquellas ramas cuyo mantenimiento comprometa la supervivencia de la mata entera. Así, el tomillo logra concentrar su actividad en las pocas ramas que le permitan sobrevivir. Como las lagartijas, puede autoamputarse partes del cuerpo para escapar de la muerte, en este caso dejando en pago ramas a la sequía en vez de la cola al depredador. Con semejantes capacidades, no es raro que el tomillo prospere en los terrenos pobres, duros y secos de la cuenca mediterránea, desde los tomillares que dan nombre a Tomelloso, cerca de nuestro ecosistema, hasta sus equivalentes del este del Mediterráneo, los phrygana de Grecia y los bath´a de Israel. Además, el tomillo está protegido por aceites esenciales que recubren sus hojas, verdaderas sustancias multifuncionales, tan interesantes... que les dedicaremos otra entrada entera, algún día de estos...

Más datos sobre la sorprendente adaptación del tomillo a la sequía en Blondel & Aronson (1999) Biology and wildlife of the Mediterranean region, y en Shmida (1981) Mediterranean vegetation in California andhttp://bio.huji.ac.il/upload/E017-C%20%20Mediterranean%20vegetation%20in%20California%20and%20Israel.pdf Israel: similarities and differences. Israel Journal of Botany, 30: 105-123.

26 octubre 2011

La noche de la escolopendra

Enroscada como un diminuto dragón de escamas doradas y múltiples patas, la escolopendra esperaba en su guarida subterránea el retorno de las lluvias. Tras la tormenta, el mayor ciempiés de Europa, el más característico de la región mediterránea, arrastró sus casi 15 cm de longitud a su cita con la oscuridad, y de nuevo corrió con pasos vertiginosos a la caza de pequeñas criaturas. Volvió a ejercer en ellas ese mordisco que quema, o mejor dicho ese pellizco, ya que en realidad "muerde" con dos uñas venenosas (forcípulas) situadas justo detrás de la cabeza. Con ellas inocula un asombroso cóctel de toxinas que incluye histamina (un antiinflamatorio) y acetilcolina, un neurotransmisor que ralentiza los latidos del corazón. Así puede acabar incluso con un pájaro, igual que una gran tarántula. Como las arañas, las moscas rapaces y las serpientes, la escolopendra abate a sus presas usando las armas invisibles de la bioquímica, pero antes que todos esos cazadores ya había ciempiés, según se deduce de los fósiles y los árboles evolutivos.

Podemos imaginar a un antepasado de la escolopendra errando por orillas nebulosas como las de este marjal, pintado por Burian, repleto de extrañas plantas primordiales, un paisaje de hace más de 400 millones de años, cuando todavía faltaban por encenderse muchas de las estrellas que hoy vemos, como las Pléyades que ahora brillan titilantes sobre el matorral nocturno. Igual que mirar a las estrellas es observar el pasado, porque su luz tarda años en llegarnos, así contemplar la biodiversidad es adentrarse en un puzzle hecho de especies cuyo diseño corporal es el recuerdo vivo de una historia más vieja que muchas estrellas. Escribió el filósofo Spinoza que el hombre sabio intenta, dentro de lo posible, ver las cosas sub specie aeternitatis, esto es, bajo el ángulo de la eternidad. Sin llegar tan lejos, algo parecido nos ofrece la naturaleza cada día: un compendio de maravillas biológicas que son como puentes en el tiempo uniendo en el presente distintas edades de la historia del planeta.

Información sobre los principios activos del veneno de la escolopendra procedente de Blas, M. y cols. (1987) Historia Natural de los Països Catalans, 10.