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02 junio 2012

Flor que secuestra

A la umbría de las encinas, pasando entre un remolino de mariposas pardas y doradas que se refugiaban del sol de junio, me incliné para observar la aristoloquia. Sus hojas tiernas, en tallos como de enredadera, portaban como único atisbo de flor una extraña trompa verdosa, estriada, que abría su interior oscuro y velloso a través de una boca ojival. Estas bocas sirven a la aristoloquia como trampas que secuestran insectos. Porque desprenden un olor que las moscas identifican como de carne corrupta, y éstas buscan su origen y encuentran que emana de algo semejante a un orificio abierto en un cadáver. Así las moscas, engañadas, se internan por el tubo de la flor de aristoloquia. Cuando a su paso encuentran unos pelos rígidos, los franquean sin contemplaciones, afanosas por dar con el supuesto cadáver. Finalmente alcanzan el fondo de la flor, se desesperan y entonces intentan escapar, pero ahora esos pelos rígidos las retienen, pues son como puertas que sólo dan paso hacia abajo. Atrapadas, secuestradas por la aristoloquia, las moscas aguardan en la penumbra verdosa de la flor. Transcurren unas horas, un día, tal vez dos, y entonces su encierro se vuelve más extraño aún, porque un fino polvo dorado aparece de las paredes y las embadurna. La flor ha madurado su parte masculina y rocía de polen a sus cautivos. Y se marchitan los pelos que mantenían presas a las moscas, dejándolas por fin salir de la trampa. Salen cargadas de un polen que servirá para fecundar a otra aristoloquia, para lo cual alguna de las moscas ha de volver a caer en el engaño. De este modo logran perpetuarse las aristoloquias en general, unas plantas de afinidades tropicales con un solo representante en nuestro ecosistema: Aristolochia paucinervis. Pero además estas secuestradoras son extraordinarias por otros motivos, como veremos en la próxima entrada.

08 junio 2010

La estación seca y la planta nocturna

Coincidiendo con los primeros grandes calores, llega a la Región Mediterránea la estación seca, la sequía estival que distingue a nuestro clima del de las regiones boreales. No tendría por qué coincidir el verano con la sequía - en las sabanas del Serengeti, por ejemplo, la estación seca se da en invierno -, pero así ocurre por aquí, gracias al anticiclón de las Azores, desde hace ya unos 4 millones de años, desde que el Sur de Europa dejó de ser una tierra de clima subtropical. ¿Sucedería este cambio climático a causa de la unión entre América del Norte y del Sur? Parece ser que, al formarse el istmo de Panamá por erupciones volcánicas, las corrientes marinas se reorganizaron y pasaron a transportar agua cálida hacia el hemisferio Norte, un agua que alteró las temperaturas. ¿Nació así el clima mediterráneo? Quién sabe...

Volviendo al día de hoy, la estación seca supone para los seres vivos dos hostilidades combinadas: un sol abrasador y una sequía casi total, y ambas hacen del verano mediterráneo una amenaza de primer orden para la supervivencia de las especies de nuestro ecosistema - basta con ver cómo en la última semana el pasto se ha secado casi por completo. A lo largo de este verano iremos explorando en este cuaderno de campo algunas de las muchas estrategias que utilizan los seres vivos para sobrevivir a esta prueba, quizá la más dura de todas las que han de afrontar durante el año, junto con las heladas y carestías del invierno.

Para ir estrenando la temporada de verano, tenemos en esta imagen a una de las poquísimas flores que osan abrirse con la que está cayendo: la punterilla, Pistorinia hispanica, un endemismo de la Península Ibérica y el Norte de África. Se trata de una planta crasa (Crasulácea), ya que almacena agua en sus hojas, que se vuelven gruesas como gruesos son los tallos de los cactus. Mediante esta estrategia para sobrevivir a la sequía, las Pistorinia le dan ahora un aire desértico a lo que fue el pasto, pero esta planta minúscula emplea además otro truco, más hábil aún, para resistir los calores. Durante el día cierra todos los poros de sus hojas (estomas), y de este modo evita transpirar la valiosa agua que almacena. Pero, como planta que es, tiene que tomar dióxido de carbono del aire, así que debe abrir alguna vez los estomas, y lo hace por la noche, cuando refresca y por tanto perderá poca agua. Se pasa la noche fijando dióxido de carbono, almacenándolo en forma de un ácido orgánico que le da sabor agrio a sus hojas. Al llegar el día, cierra los estomas y utiliza la energía solar para fabricar alimento a partir del ácido almacenado por la noche. Esta clase de fotosíntesis, llamada CAM, es típica de las plantas crasas, y hace de Pistorinia hispanica una de las especies mejor adaptadas para sobrellevar el durísimo verano de los campos mediterráneos.

Más sobre el origen del clima mediterráneo en Blondel & Aronson (1999) Ecology and wildlife of the Mediterranean Region, Oxford University Press.

01 junio 2010

El valor de ser único

He aquí a una de las especies más raras y desconocidas de Europa. Esta pequeña mantis sin alas, llamada Apteromantis aptera, con sus ojos puntiagudos y su librea verde hierba, solamente se ha encontrado en la mitad Sur de la Península Ibérica. Se descubrió en la provincia de Ciudad Real hacia finales del Siglo XIX, y desde entonces sólo ha sido citada trece veces. La población que hay en nuestro ecosistema hace la número catorce en todo el mundo, y la única conocida en el Campo de Montiel.

Nuestra Aperomantis es un ejemplo de endemismo, esto es, de especie que está distribuida ocupando en total un área bastante pequeña, en este caso menor que un país. Gran parte de la altísima biodiversidad de la Región Mediterránea se debe a que contiene muchos endemismos, no sólo esta mantis, sino también muchos otros insectos (mariposas, grillos, escarabajos...), muchas plantas (sobre todo hierbas) y hasta vertebrados (sin ir más lejos, la liebre ibérica es un endemismo).

Podríamos pensar: pues vale, y ¿qué valor real tienen estas especies? ¿Acaso son fundamentales para que funcionen los ecosistemas? No creo que esa sea la norma. Por ejemplo, el papel que desempeña Apteromantis en su comunidad lo podría representar prácticamente del mismo modo cualquier otra mantis pequeña de las que coexisten con ella en los tomillares, quizás alguna especie de Ameles. ¿Cuál es, entonces, el valor de los endemismos? Suelo explicarlo mediante un ejemplo: la gente paga millones por cuadros, esto es, por obras hechas por el hombre. ¿Cuánto habría que pagar por cada especie en la naturaleza, cada una de las cuales es fruto de millones de siglos de evolución, una obra que el hombre no puede realizar? Al igual que el valor de un cuadro no está en la cantidad de pared que tapa, el valor de cada especie en un ecosistema no sólo se mide por su función. Las especies únicas hacen de nuestros campos lugares irrepetibles a escala mundial. Aprendamos a conocer nuestros endemismos para poder valorar lo que tenemos.

Más información sobre Apteromantis en este artículo que conozco muy bien
(seleccionad
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