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11 julio 2012

Collalbas y estrellas de mar

Un macho de collalba rubia (Oenanthe hispanica), pájaro de campo abierto que cada año viene a criar desde África. Recuerdo que esta especie fue la primera que identifiqué utilizando mi primera guía de aves... y a partir de ahí empezó todo.
En junio de 1963, en una costa del Pacífico un poco más al sur de Canadá, Robert T. Paine se preguntó qué pasaría si eliminásemos a los depredadores en un ecosistema. Y se fijó en una orilla rocosa repleta de mejillones, percebes, lapas y bellotas de mar, entre las que se deslizaba el caracol carnívoro Thais. Pero todos estos animales, incluso Thais, eran presa del mayor depredador del lugar, la estrella de mar Pisaster ochraceus. Nuestro naturalista simplemente mantuvo a la estrella de mar fuera de una pequeña parcela de costa, y esperó unos meses. Sin la estrella, empezaron a ocurrir cambios en la comunidad. Las bellotas de mar, libres de su enemigo, se extendieron hasta que ocuparon la mayoría del espacio disponible, hacia septiembre. Para el siguiente junio, los mejillones y percebes, lentos pero seguros, estaban reemplazando a las bellotas de mar, y las algas, antes frecuentes, escaseaban. Muchas otras especies se vieron alteradas, con el resultado de que la comunidad pasó de tener unas 15 especies a sólo 8. ¡Y sólo por faltar la estrella de mar! Este depredador era clave para mantener la diversidad de la costa, porque, al comerse a los competidores más agresivos, permitía a los competidores más débiles mantenerse sobre el tablero ecológico. Algo parecido a lo que hacía el conejo con las hierbas, como vimos en este post. Este efecto, llamado "predación clave" (keystone predation), hizo del artículo en el que Paine lo describió todo un clásico de la historia de la ecología.

La red alimentaria de una costa rocosa de Norteamérica, en donde la estrella de mar ocupa el puesto de superpredador. Basado en el artículo de Paine (1966).

En nuestro monte, la estrella de mar podría muy bien ser el zorro, las culebras y los lagartos, todos los animales que, de vez en cuando, depredan huevos o pollos de los nidos a ras de suelo. El papel de las bellotas de mar, mejillones y percebes sería representado por cogujadas, calandrias, collalbas y demás pajarillos que nidifican en el suelo, en campo abierto. Se ha demostrado que los nidos de estas aves suelen ser depredados con mucha más frecuencia que los de pájaros que nidifican en árboles o matorrales, lugares que por su estructura protegen de muchos depredadores oportunistas. Así que cabe aplicar a las pequeñas aves de campo abierto nuestro ejemplo de la estrella de mar, y entonces surge la idea de que la gran depredación que sufren podría en realidad ayudarles a coexistir más fácilmente, manteniendo su diversidad local más alta de lo que sería sin tanto enemigo. Los depredadores, al relajar la competencia entre especies, podrían también ser la causa de que estos pajarillos ocupen nichos ecológicos muy similares (generalmente, insectívoros-granívoros con un hábitat de campo abierto poco especializado). Quizás, por esa competencia relajada, la selección natural no ha ejercido la misma presión sobre estas aves que sobre otras a la hora de separar los nichos nítidamente. Desconozco si realmente ha sido así, pero no deja de impresionarme el que, bajo la apariencia totalmente distinta de una costa rocosa y de un monte mediterráneo, podamos encontrar unos mismos principios, y que éstos, pese a conocerse desde hace mucho, nos abran nuevas perspectivas para entender la biodiversidad.

03 abril 2012

La pequeña avutarda y el Premio Nobel

El viajero, cazador y naturalista Chapman, en su libro Wild Spain (1893), describía así el espectáculo que en esta época del año interpreta en los campos ibéricos la más pequeña de las dos avutardas que habitan Europa: En la lejanía de la pradera nuestro ojo capta algo blanco, que desaparece y otra vez aparece. Enfocando los prismáticos al objeto distante se ve que es un sisón macho, que, con alas gachas y cola abierta, lentamente gira sobre su eje. Ahora se alza hasta la altura, mostrando todo el blanco de su plumaje, luego su pecho parece deprimido contra la tierra, y entre tanto una extraña nota gorgoteante es lanzada, monosilábica, pero repetida en rápidas estrofas.

La insólita danza del macho del sisón (Tetrax tetrax) sirve para atraer a distancia a las hembras, al igual que las “ruedas” que protagonizan los grandes machos barbones de su pariente, la avutarda. Ambas escenas son variantes de un mismo asunto: el lek, la exhibición ritualizada que los machos de ciertas especies realizan en terrenos especiales, las “arenas”, a donde las hembras acuden dispuestas a aparearse. Los machos muestran su calidad genética a través de una vigorosa exhibición, aparentemente absurda o extravagante, cuyo único objetivo es convencer a una hembra de que merece la pena como compañero de reproducción. Gracias al esfuerzo que realizan los machos en un lek, la hembra puede evaluar rápidamente cuáles le interesan, y así elegir los mejores genes posibles para su descendencia.

Pero cada década son menos los sisones que nos brindan estas soberbias extravagancias. Desde 2004, la IUCN tiene catalogado a esta pequeña avutarda en su Lista Roja, en la categoría de “Casi Amenazada”. En apenas un siglo se ha extinguido en Alemania, Grecia y en gran parte de la Europa del Este. En Francia, el 80% de los sisones se perdieron sólo en las décadas de 1980-1990. El último gran refugio del sisón en Europa es la Península Ibérica, que acoge a unas tres cuartas partes de la población europea, sobre todo en la submeseta sur. En nuestro monte, el sonido siseante del vuelo del sisón macho era habitual hace diez años, reflejo de que la especie era muy común en el Campo de Montiel. Hoy los oigo mucho menos, y los veo rara vez. A finales del siglo XIX, Chapman aseguraba que la pequeña avutarda era muy abundante; desde entonces el sisón ha sufrido un serio declive. ¿Qué le ha pasado? Todo apunta a que ha sido víctima de uno de los acontecimientos que más bienestar ha aportado al ser humano: la revolución verde.

En los años 1940, el agrónomo estadounidense Norman Borlaug inició experiencias de desarrollo agrícola en México. Alentado por la idea de erradicar el hambre en el mundo a base de mejorar la producción agraria, su obra forjó lo que más tarde vino a llamarse la revolución verde: multiplicar la producción a costa de regadíos, fertilizantes, plaguicidas, monocultivos y variedades híbridas. Pronto esta agricultura intensiva alivió las miserias de numerosos países subdesarrollados, y las técnicas se extendieron por todo el planeta, incluyendo nuestra Europa mediterránea (en buena parte a instancias de la política agraria de la Unión Europea). Los resultados fueron excelentes en términos económicos: se estima que la revolución verde ha salvado cientos de millones de vidas humanas. Norman Borlaug recibió el Premio Nobel de la Paz, y a su muerte, en 2009, fue honrado como uno de los grandes benefactores de la humanidad. Pero esta historia tiene su contraparte desde el lado del sisón. Sus eriales fueron arados y convertidos en cultivos cerealistas. Sus campos fueron rociados periódicamente con venenos que le dejaban, como mínimo, pocos insectos que comer. Estas y otras muchas causas, más sutiles, están borrando lentamente al sisón de nuestro paisaje. Borlaug respondía así ante las críticas de grupos ecologistas: “Si vivieran sólo un mes en medio de la miseria del mundo en desarrollo, como he hecho por cincuenta años, estarían clamando por tractores y fertilizantes y canales de riego […]” ¿Acaso para poder alimentarnos debemos sacrificar a las especies que nos acompañan? No tiene por qué, hay métodos de agricultura ecológica que no son tan agresivos como los de la revolución verde. Por tanto, existe otra opción: esforzarnos por hacer un mundo donde el bienestar humano sea compatible con el patrimonio de la biodiversidad. Y aunque eso esté cada día más lejos, al menos sepamos que podría ser posible.

Datos citados procedentes de los enlaces proporcionados, y de este estudio. El libro de Chapman se puede descargar desde Biodiversity Heritage.

28 diciembre 2011

Del mundo... a un monte mediterráneo

Alcaudón real meridional (Lanius meridionalis) sobre el mapa de regiones biogeográficas de Wallace (1876). Pinchar para ampliar.
Si hay suerte, cada año podremos ver unas 60 especies de aves en nuestro ecosistema. ¿De dónde han surgido? Ninguna de ellas parece haberse originado aquí, en La Mancha. Debieron de separarse de sus especies antecesoras a cientos, a miles de kilómetros, y desde esa lejanía se dispersaron como nuevas especies hasta alcanzar el pequeño matorral que nos ocupa en este blog. De modo que las piezas (especies) que componen el puzzle de la biodiversidad no sólo se han formado en distintas etapas de la historia de la vida, sino también en diferentes lugares del mundo. Así, la biodiversidad es como un puzzle en el tiempo y en el espacio. ¿Y qué porciones del mundo ocupan las piezas del puzzle de nuestro monte? Fijémonos en un caso sencillo, el de los 42 géneros de aves habituales en el paraje.

Según la distribución mundial de los animales, el naturalista Alfred Russel Wallace dividió el planeta en siete grandes regiones biogeográficas aún vigentes: Paleártico (las tierras templadas y frías del Viejo Mundo), Neártico (Norteamérica), Afrotropical (África y Madagascar, excluyendo el Magreb), Neotropical (Centroamérica y Sudamérica), Oriental (Asia tropical), Australasia (Oceanía y parte de Indonesia) y Antártica. Nuestro ecosistema es un punto diminuto hacia el sudoeste del Paleártico, pero la mayoría de sus especies se distribuyen también por otras regiones. Como es de esperar, ningún género de las aves de nuestro matorral vive en la Antártida, pero hay siete géneros repartidos por las restantes seis regiones del mundo. A estos géneros casi cosmopolitas pertenecen el aguilucho pálido (Circus), el gavilán (Accipiter), el cernícalo vulgar (Falco), la lechuza (Tyto), el chotacabras pardo (Caprimulgus), la golondrina común (Hirundo) y el mirlo y el zorzal común (Turdus). El contrapunto de estos géneros son los restringidos a una región, dos géneros endémicos del Paleártico: la avutarda (Otis) y el sisón (Tetrax), si bien los géneros del petirrojo (Erithacus), del pinzón vulgar (Fringilla) y del triguero (Miliaria) prácticamente pueden considerarse endémicos, ya que apenas salen del Paleártico.

Entre estos extremos están la mayoría de los géneros de aves del paraje, que suelen ocupar unas tres regiones biogeográficas. Con Norteamérica tenemos en común nada menos que 16 géneros, incluyendo el reyezuelo listado (Regulus). Con Oceanía, 13 géneros, por ejemplo, el del alcaraván (Burhinus), los mismos que con los trópicos americanos, donde hay parientes del jilguero (Carduelis). Pero se llevan la palma los trópicos del Viejo Mundo, con los que compartimos nada menos que 37 géneros (34 con la región Afrotropical y 32 con la Oriental). Estos géneros suelen tener muchas especies tropicales, pocas en la zona templada y muy pocas en las tierras frías, lo cual ejemplifica uno de los grandes patrones de la biodiversidad mundial: la riqueza de especies suele aumentar desde los polos hacia el ecuador. Es el llamado gradiente latitudinal de biodiversidad, uno de los temas que han hecho correr más ríos de tinta desde los comienzos de la ecología hasta hoy. ¿A qué puede deberse esta exuberancia de la vida en los trópicos? Hagan sus sugerencias, mientras se fragua otra entrada sobre el asunto...

Datos sobre las regiones biogeográficas que habita cada género de aves tomados de guías de campo, de Wikipedia y de otras páginas web.

15 octubre 2011

El origen de las especies... y sus picos


(pulsar en la imagen para aumentarla)
¿Por qué la abubilla tiene ese pico tan largo y fino? Es una sonda, para hurgar en el suelo a la caza de larvas subterráneas. ¿Y el alcaudón, por qué su pico termina insinuando un gancho? Porque lo necesita para desgarrar, como el milano real, a sus menudas y ocasionales presas. El alcaraván, con su pico robusto, captura numerosos grillos. Y así, cada pico parece adaptado al uso que su dueño le da. Incluso dentro de los granívoros hay sutiles diferencias: el corto pico del pardillo es muy bueno para extraer las pequeñas semillas de la lechuga y de otras herbáceas, mientras que el pico largo y puntiagudo del jilguero le permite acceder a las semillas de los cardos sin pincharse la cara.

El origen de variedades de picos perfectamente adaptadas a la dieta ha fascinado a los naturalistas desde tiempos de Darwin. El propio Darwin comenzó a plantearse la idea de evolución de las especies en gran parte a causa de sus observaciones sobre la forma y función del pico en los pinzones de las islas Galápagos. En estos pájaros, de varias especies, parecía como si una sola especie ancestral de pinzón hubiera sido modificada en distintas islas con el fin de adaptarse a las diferentes dietas disponibles, desarrollando de manera acorde diferentes picos. Hoy sabemos que esto fue exactamente lo que sucedió. Más aún, cuando surge una nueva especie, ese tipo de cambios son habituales. Es decir, cada especie que evoluciona a partir de otra suele desarrollar ciertas características nuevas que le permiten explotar un nuevo nicho ecológico: un pico distinto, diferentes preferencias de hábitat... ¿Por qué sucede así?

En el caso mejor estudiado, el de los propios pinzones de Darwin, el matrimonio Grant nos explica en su libro "How and why species multiply" (2008) que al parecer esas nuevas características, ese cambio a otro nicho ecológico, surgen a medida que la nueva especie se adapta a las peculiaridades de su entorno de origen. Por ejemplo, volviendo a nuestro matorral, imaginemos que una población de jilgueros queda aislada en un valle sin cardos. La selección natural los forzará a cambiar de dieta y por tanto seguramente modificará la forma del pico. Si ese cambio de forma se fija y es acompañado de otros cambios genéticos, entonces podría surgir una nueva especie de jilgueros de pico corto, por ejemplo. Su aspecto piquicorto en principio no tendría nada que ver con la competencia con otras especies, como a menudo se piensa. La competencia puede pulir las diferencias entre especies, haciéndolas más distintas aún para evitar que compitan por los recursos. Pero la base para ese pulido son aquí las diferencias surgidas por adaptación a diferentes entornos, no por competencia. Y es que la competencia no tiene por qué ser siempre la clave para entenderlo todo en la naturaleza. A menudo es más interesante buscar otros caminos...

24 septiembre 2011

Cazadores acosados

Terminaba el verano, y cruzaban por el matorral las aves de paso, rumbo al sur. Un zarcero políglota, papamoscas grises, una collalba gris, currucas capirotadas... En el filo de los espinos albares siempre trajinaba alguno de estos nómadas, y a pocos pasos asistía yo a este entretenimiento cuando se oyó un piar extraño. Me llevó unos momentos localizarlo: era una hembra de curruca cabecinegra, chillando, como graznándole a algo invisible que odiase y que quisiera ahuyentar, entre las ramas de espino cargadas de frutilla roja. ¿Cuál era el blanco de esa ira diminuta? A través de los prismáticos sólo se distinguía delante de la curruca una rama mocha, gruesa y roma. De pronto la rama se giró y contemplé atónito cómo se transformaba en un pequeño búho, un autillo (Otus scops, ver ilustración) que me observaba silencioso, petrificado, con grandes ojos extraviados y minúsculas "orejas" de plumas. A su lado seguía gritándole la curruca, esta vez con algunas compañeras también empeñadas en echar de allí al autillo, que soportaba a estos acosadores con aparente calma.

El acoso de los pájaros a las rapaces nocturnas es un ejemplo más de una conducta muy extendida sobre todo en las aves, la de molestar a los depredadores. ¿Qué sentido tiene? En el caso que observé, el autillo puede a veces cazar pequeños pájaros, quizás currucas o sus pollos, aunque se alimenta básicamente de insectos grandes durante los meses de primavera y verano en que nos visita. Así que las currucas quizás actuaban así por proteger a su descendencia, pero se ha demostrado que hay otro posible motivo para esta conducta: que los jóvenes aprendan a distinguir quién es su enemigo, al ver a los adultos señalarlo. De hecho, al parecer las reintroducciones de aves en ocasiones fracasan por falta de esta tradición cultural, que curiosamente implica a varias especies. Como si hubieran desarrollado un sentido de solidaridad comunal, pájaros de distintas especies (herrerillos, carboneros, pinzones...) apoyarán el acoso iniciado por uno de otra especie. ¿Qué tienen que ganar con ello?

Está claro que mucho, si el depredador caza habitualmente pájaros de distintas especies. No es extraño que la evolución haya favorecido esta clase de altruismo entre especies, ya que actuar en grupo contra los enemigos es más eficaz para echarlos del territorio y eso trae ventajas individuales para los que participan en el acoso. La insolidaridad de un pájaro que no colabore podría verse penalizada a largo plazo si su descendencia persiste en esa actitud, ya que en teoría eso favorece la presencia de más enemigos en el paraje. Además, ¿por qué no colaborar? Incluso el ejemplar que inicia el acoso no tiene por qué perder nada con ello salvo algo de tiempo y energía, y puede ganar algo: el respeto del depredador. Porque al enfrentarse a él le está dando la prueba de que es un ave fuerte, valiente, por tanto una mala elección como presa. Tal vez el enemigo capte así el mensaje de que todas las aves de esa especie sean presas difíciles, lo cual beneficiaría a la descendencia del acosador. En resumen, el acoso a depredadores parece ser como una buena jugada de ajedrez de esas que a la vez atacan y defienden varias cosas.

El autillo pronto huyó del espino albar, perdiéndose entre las encinas. Las currucas se tranquilizaron, pero los caminos de la evolución son tan caprichosos que quizás después prestaron oídos a algún alcaudón real en paso, imitando el canto de las currucas de su especie, y se acercaron a él, y en vez de acosarlo lo oyeron mansamente, hasta ser capturadas y devoradas (ver este post). Ante lo cual surge la duda: ¿acosan al autillo porque realmente les causa bajas, o sólo porque se parece lejanamente a alguna rapaz muy peligrosa para ellos (por ejemplo, un gavilán)? Es difícil saber por qué hacen lo que hacen unos seres vivos tan complejos en su psicología como... los pájaros.

07 septiembre 2011

¿Hijos de la Antártida?

Todo lo que sucede es fruto del azar o de la necesidad, decía Demócrito. Ambos se entremezclan en la naturaleza de modo que muchas veces apenas se distinguen, y entonces podemos confundirnos. Así, algunos ven misteriosas casualidades por doquier donde otros se empeñan en distinguir una lógica, una cadena de fichas de dominó que caen una tras otra, de manera elegante pero sospechosamente simple. Bien, ¿quiénes están en lo cierto? Pensémoslo mediante un ejemplo, un caso real que nos llevará muy hacia atrás en el tiempo, a la época en que Europa tenía junglas tropicales, un mundo perdido destinado a sucumbir por un cambio climático.

La primera ficha de dominó de nuestra historia cayó hace unos 35-40 millones de años, cuando la deriva continental separó la Antártida de los demás continentes. Aislada en el polo sur, una corriente marina comenzó a circundarla, unas aguas que se enfriaron progresivamente. Así cambió la circulación de las corrientes oceánicas del planeta, y en la Antártida avanzaron los glaciares donde antes había bosques templados. Por todo el mundo, el clima se tornó más fresco. Eso provocó menos evaporación, por tanto menos nubes, por tanto menos lluvias. La sequía se extendió por el interior de Asia, lejos del mar, y las estepas avanzaron. En ese hábitat evolucionaron nuevas especies esteparias, los ancestros de las avutardas, de las gangas, alondras y cogujadas, y de nuestra perdiz roja (Alectoris rufa). Lentamente, el clima mundial siguió deteriorándose, y el frío y la sequedad llegaron a cambiar los paisajes de Europa. Las selvas fueron desapareciendo, y en torno al mar Mediterráneo, hace unos 3-7 millones de años, fue fraguándose un clima con estación seca, pero aún templado. Con la sequía, los incendios eran más frecuentes, y como resultado los bosques retrocedieron, siendo sustituidos por matorrales más abiertos, resistentes al fuego. Ese nuevo hábitat se extendió de sur a norte y de este a oeste, y proporcionó un lugar donde vivir para las aves de las estepas asiáticas. Seguramente llegó de Asia algo parecido a la perdiz chukar, y su estirpe se dividió originando varias especies, una para cada zona de la cuenca mediterránea: primero la perdiz moruna, del norte de África, hace unos 6 millones de años; y luego, en el sur de Europa, dos especies: al este la perdiz griega, y al oeste nuestra patirroja; ambas surgieron hace como 2 millones de años.

Causa: la Antártida queda aislada. Consecuencia: la perdiz roja. ¿Es así de sencillo? Ni de lejos. Porque en cada paso de esta historia desconocemos qué papel tuvo el azar, cómo influyó en la dirección del movimiento de los continentes, en la reorganización de las corrientes marinas y sobre todo en las mutaciones que debieron de acumularse en el origen de estas perdices, cambios genéticos que de por sí sabemos que son aleatorios. Si pudiéramos dar marcha atrás y dejar que la historia comenzase de nuevo, ¿tendríamos otra vez a los cazadores empeñados en abatir perdices rojas? Stephen Jay Gould propuso originariamente este tipo de cuestión en su libro "La vida maravillosa", y como él podemos concluir que la historia más bien se parece a una mezcla de necesidad y de azar, lo cual hace del presente sólo una opción más de las muchas que pudieron ser y no fueron. Quizás esa incertidumbre ante lo forzoso de los acontecimientos naturales sea lo más razonable que podamos aprender reflexionando sobre... una perdiz.

Datos sobre la evolución de las perdices Alectoris procedentes de Randi et al. (1992) Biochemical analysis of relationships of Mediterranean Alectoris partridges. The Auk, 109: 358-367. La historia de los cambios globales se basa, entre otras fuentes, en Blondel y Aronson (1999) Biology and wildlife of the Mediterranean region. Oxford University Press.

26 julio 2011

El imitador

Avanzaba sigiloso, apoyándome en cada paso tan despacio como caía el sol hacia el oeste, pero la hojarasca se empeñaba en crujir bajo mi peso amenazando con delatarme. Entré a un claro orlado de coscojas y encinas, desde donde la voz surgía de algún lugar oculto en el ramaje de enfrente. Desde unos espartos que apenas me disimulaban, oí la voz acercarse y detenerse en la horquilla de una encina, y a través de los prismáticos lo que imaginaba como alguna nueva especie de curruca, inusualmente áspera en su cháchara, resultó ser un joven alcaudón común (Lanius senator), que a juzgar por su librea no debía de llevar muchas semanas fuera del nido. Cada verano suelo ver algunos juveniles de esta especie en el paraje, antes de que se marchen al África subsahariana, así que, un tanto decepcionado, bajé los prismáticos, pero de repente me interesé de nuevo cuando vi que cerca del alcaudón había pájaros revoloteando. Llegué a contar cuatro currucas: un macho de rabilarga, dos cabecinegras (macho y hembra) y quizá una hembra de carrasqueña. Estos pajarillos saltaban de rama en rama, a escasos metros del alcaudón, y lo contemplaban como extrañados de su canto. Lo miraban agitar la cola medio abierta en abanico, una y otra vez, y ante todo parecían sentir mucha curiosidad por la evidente imitación del canto de las currucas que estaba elaborando ese pájaro. Al cabo de un rato fueron marchándose del claro, y el imitador se fue el último. Pocos días después fui testigo de otra escena similar, esta vez protagonizada por un alcaudón común adulto como solista y algunas currucas rabilargas como público.

Todavía no he podido observar el presumible objetivo que persigue el alcaudón con estas imitaciones extravagantes. Pero sospecho que a veces su exhibición termina cuando alguna curruca imprudente se acerca hasta desencadenar el ataque del imitador. Así actúa el pariente grande de esta especie, el alcaudón real meridional (Lanius meridionalis), que habita en la cercana Sierra de Alhambra y es famoso por capturar bastantes lagartijas, roedores y pajarillos, a los que mata y ensarta luego en espinos. Esta costumbre de empalar a sus víctimas permite al alcaudón real desgarrarlas más fácilmente, sin ser tan fuerte como una rapaz, ya que tirando con el pico puede ir sacando bocados. En el alcaudón real parece como si el linaje de los pájaros (Paseriformes) estuviera avanzando hacia la producción de una estirpe de rapaces; en cambio, el alcaudón común prácticamente sólo come insectos, eso dicen los libros. Sin embargo, lo cierto es que también captura de vez en cuando algún pajarillo. Y al parecer debe de utilizar la misma técnica que el alcaudón real: imita el canto de ciertas especies de pájaros, empleando así un señuelo sonoro con el que atraer a los incautos, algo así como si fuera un siniestro flautista de Hamelin del matorral mediterráneo.

Agradeceré cualquier información adicional sobre este curioso comportamiento del alcaudón común, que al parecer se conoce poco y empieza a perfeccionarse desde que el pájaro tiene plumaje de juvenil.

13 junio 2011

Eau de cuquilllo


La abubilla (Upupa epops) fue sagrada en el antiguo Egipto, símbolo de virtud para los persas, animal impuro para los judíos, personaje con líneas de diálogo en el Corán, y hoy ave nacional de Israel. Con su costumbre de hurgar en el suelo clavando el pico en busca de insectos, no es raro que algunas civilizaciones asociaran este pájaro al mundo subterráneo y el más allá, ni que los antiguos minoicos de Creta representaran abubillas en tumbas y templos. En La Mancha encontramos otro punto de vista sobre la abubilla: se le llama cuquillo (por su canto, ese inconfundible "up-up-up") y simboliza el mal olor - en muchos pueblos, el comentario "hueles a cuquillo" puede traer conflictos que alteren la convivencia ciudadana. En esta apreciación se oculta un profundo conocimiento del pájaro, ya que efectivamente las abubillas pueden oler fatal. ¿Por qué huelen tan mal, los cuquillos?

En realidad no todas las abubillas hieden, sino solamente las hembras con pollos y los propios pollos. Si nos acercamos a uno de los agujeros donde los cuquillos cuidan a su prole, notaremos pronto lo cierto de esta afirmación, y si el aroma no nos desanima y persistimos explorando el nido, molestando a los jóvenes cuquillos, entonces los veremos moverse espasmódicamente, como si fueran serpientes, pero si ni eso basta para alejarnos asistiremos finalmente a un rotundo colofón defensivo, en el que los pollos nos dispararán sus excrementos con notable fuerza y puntería.

Pero volvamos al mal olor, y para resolver su origen debemos mirar bajo la cola de la abubilla, donde se abre una glándula común en las aves, la glándula uropigial, que fabrica una secreción sebosa recogida por el pájaro con el pico y untada después en las plumas para impermeabilizarlas. En el cuquillo macho adulto, la secreción uropigial es clara y sin olor, mientras que en las abubillas madres y en sus pollos sale oscura y maloliente. Esta diferencia se debe a que la secreción está repleta de bacterias de las que viven a millones dentro de la glándula uropigial, estableciendo una fétida simbiosis que no solamente dota al pájaro de un olor repugnante para muchos depredadores, sino que además le ayuda a mantener las plumas sanas dentro del agujero del nido, ya que el líquido excretado tiene propiedades antimicrobianas que protegen el plumaje de bacterias que podrían estropearlo. Y así, gracias a sus fragantes socios microscópicos, las abubillas nos muestran cómo la evolución puede crear alianzas extravagantes, pero útiles al fin y al cabo, incluso entre los organismos más dispares.

Referencias culturales sobre la abubilla basadas en Wikipedia (salvo la parte manchega); ilustración redibujada de la guía de aves de la SEO.

21 enero 2011

Memorias de Australia

Las palomas torcaces (Columba palumbus) son las mayores palomas de la región mediterránea y una de las aves inviernantes más comunes de nuestros montes. Su despegue ruidoso desde encinas y olivos puede oirse todo el año, pero al llegar el frío miles de palomas bajan desde el norte de Europa para pasar esos meses hostiles en los paisajes mediterráneos, donde el invierno se hace más llevadero. Otros grupos de aves no realizan esta migración, por ejemplo, las aves de la tundra ártica: el halcón gerifalte, el búho nival, la perdiz nival... Especies que se han adaptado a las condiciones extremas del invierno boreal, a diferencia de las palomas y otras muchas aves. ¿A qué puede deberse esta diferencia? ¿Acaso las palomas, por algún motivo, encuentran difícil adaptarse al frío? Es difícil contestar a esta pregunta, pero puede que la respuesta sea más sencilla de lo que parece. La clave podría estar en algo que últimamente suena mucho en ecología: el conservadurismo de nicho (niche conservatism).

Las palomas (orden Columbiformes) parece que se originaron en Australia, junto con muchos otros linajes de aves, como los córvidos o lo que llamamos "pájaros" (paseriformes). En Australia, las primeras palomas debieron de ocupar las antiguas selvas tropicales, donde aún hoy se da la máxima diversidad mundial de palomas. En las junglas, las palomas originariamente se alimentarían, como hoy, de frutos, como tantos otros organismos tropicales. Así que, desde el principio, las palomas comenzaron como aves frugívoras tropicales. Esta manera de vivir, este nicho ecológico ancestral, supone una herencia difícil de perder. Cuando, a lo largo de millones de años, las palomas se extendieron de Australia a Eurasia, originando nuevas especies por el camino, y cuando finalmente colonizaron Europa, cambiaron adaptándose al clima más fresco de estas regiones templadas, pero las nuevas especies retuvieron ese "aire de familia", heredado de sus antepasados de Oceanía. Quizás por eso aún hoy parece que les cuesta adaptarse a los climas muy fríos, ya sean de montaña o boreales, ya que ese clima es muy lejano del clima tropical en que vivían sus ancestros. Y quizás esa herencia explica que su dieta se base principalmente en los frutos. Como nos muestran nuestras torcaces, que incluso en la región mediterránea se alimentan todavía en abundancia de los frutos de un linaje tropical de árboles: las encinas. En efecto, las torcaces son consumadas comedoras de bellotas, que tragan enteras. Su historia evolutiva, en la que se unen la biogeografía y el conservadurismo de nicho ecológico (de papel ecológico, si se quiere), constituye un ejemplo curioso de cómo la ecología y la evolución nos pueden ayudar a entender los rasgos de los seres vivos a nuestro alrededor.

Sobre el origen de las palomas en Australia: Briggs (1987) Biogeography and plate tectonics. Elsevier. Sobre conservadurismo de nicho: Wiens (2005) Niche conservatism as an emerging principle in ecology and conservation biology. Ecology Letters 13: 1310-1324.

22 diciembre 2010

Tres especies y un nicho

Una imagen como ésta es tan difícil de contemplar como fácil de ver resulta su protagonista rapaz, el aguilucho pálido (Circus cyaneus), en sus largos planeos sobre los campos abiertos durante el invierno, ya sea en La Mancha o en cualquier otra zona despejada a lo largo de casi toda la región Paleártica (Eurasia y Norteamérica). Cada año sobrevuelan nuestro ecosistema algunos aguiluchos pálidos, menos que sus parientes estivales, los aguiluchos cenizos (Circus pygargus), que prácticamente son idénticos excepto por su tamaño algo mayor y por migrar cada año desde el África subsahariana. Por lo demás, ambas especies de aguiluchos cazan planeando bajo sobre los campos, y ambas capturan más o menos lo mismo: pequeños vertebrados (sobre todo pajarillos, roedores, algún gazapo...) y a menudo insectos grandes.

Por tanto, a efectos prácticos, uno y otro aguilucho desempeñan el mismo papel en el ecosistema, el mismo nicho ecológico. Y esto va en contra de lo que se nos enseña generalmente a los biólogos: que cada especie tiene un nicho ecológico distinto, separado del de otras especies de su comunidad. Pero muchos os habréis ya percatado de que en realidad ambos aguiluchos sí que ocupan nichos distintos, separados en el tiempo por la estación del año. De este modo, viven en el mismo sitio pero nunca coinciden lo suficiente como para competir en serio uno con otro por el alimento, lo cual llevaría a la extinción de la especie menos capaz, según cree la mayoría de los naturalistas. Con esto, la norma "una especie - un nicho" queda salvada.

Pero quitémonos los prismáticos y miremos alrededor del aguilucho pálido. En esos mismos campos abiertos podemos encontrar ratoneros y milanos reales, rapaces que solamente visitan el paraje en invierno, con dietas prácticamente idénticas a las del aguilucho pálido. ¿Diremos que ocupan nichos distintos? Si es así, ¿dónde está la diferencia que los separa? Tanto el aguilucho pálido como el ratonero y el milano se dedican a capturar lo que buenamente pueden para sobrevivir al invierno, ¿podemos pensar que se van a permitir el lujo de seleccionar a su presa para evitar competir entre sí? Como no puedo convencerme de que no compitan por sus presas (lo que come uno ya no lo comerá otro), tengo que considerar que las tres rapaces están ocupando un mismo nicho en el ecosistema. Es decir, cuando llega el invierno, cuando escasean las presas, los temporales impiden cazar y en los días de sol apenas hay horas de luz para conseguir alimento, en esos meses durísimos para la vida, en nuestro monte no hay una sola especie de rapaz planeadora, como en verano, sino... ¡nada menos que tres! Tres especies en el mismo nicho.

Por desgracia, la definición de nicho es tan capciosa que habrá quien piense que no llevo razón, que estas tres rapaces ocuparán tres nichos distintos, separados por alguna peculiaridad completamente insignificante que distinga sus dietas en el paraje. Da lo mismo: si compiten, la teoría clásica dice que debería quedar una sola especie. Y es difícil negar que compitan por el escaso alimento en las condiciones que he descrito antes. Por todo esto, y por más cosas que ya he comentado por aquí, considero que la imagen típica de las comunidades ecológicas, esa idea de que cada especie tiene forzosamente un nicho distinto, es una caricatura de la realidad que más que ayudar nos confunde a la hora de comprender la naturaleza.

11 diciembre 2010

Los pequeños migradores

Después de las primeras nieves y de las lluvias abundantes que siguieron, por fin vuelve a salir el sol sobre nuestro monte mediterráneo, y ahora todos los pajarillos se afanan aprovechando las horas de buen tiempo para conseguir algo de la comida que no han logrado en estos días de tempestades. Toda la comunidad de aves invernantes está en movimiento: petirrojos y herrerillos trajinan por las copas de las encinas, más arriba de la altura de las ramas por donde se suele ver a las currucas. Los zorzales y las urracas cruzan de un arbusto a otro, bandos de torcaces pasan rápidamente por el cielo, y a lo lejos se oyen gangas, ortegas, mirlos... En esta época incluso los pedregales tienen su propio especialista, el colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros, el de esta acuarela es un macho). Cada invierno, dos o tres parejas de colirrojos se instalan provisionalmente en torno a las alineaciones de rocas apiladas que delimitan un antiguo campo de cultivo, abandonado hace décadas e invadido por matorrales, en el borde del ecosistema. Como tantas especies de aves, los colirrojos sólo visitan el paraje en invierno, y se marchan en cuanto despunta la primavera. Lo mismo cabe decir de los reyezuelos, petirrojos, zorzales, escribanos montesinos, pinzones, herrerillos, alondras... Todos ellos tienen algo en común: son pájaros bastante pequeños. En comparación, muchas de las aves que pueden verse todo el año son medianas o grandes, como avutardas, sisones, torcaces, perdices, gangas y ratoneros, por citar unas cuantas especies. Y si lo pensamos tiene toda la lógica del mundo, porque, al igual que los más propensos a padecer el frío son los niños pequeños, las aves más menudas resultan mucho más vulnerables a las heladas que las de mayor tamaño. Un ser vivo pequeño tiene mucha superficie corporal comparada con su peso, y esa elevada relación superficie/volumen hace que pierda más calor que uno grande. Por eso esperaríamos que las aves que vienen a estas tierras huyendo del frío de los inviernos del norte fuesen mayoritariamente pequeñas. Un simple paseo por cualquiera de nuestros montes confirma esta sencilla expectativa, otro ejemplo más de que la naturaleza a menudo es más fácil de entender de lo que parece.

03 octubre 2010

Parecidos razonables (I)

Hasta ahora todavía no he practicado en este blog uno de los pasatiempos favoritos de los naturalistas: buscar casos de convergencia evolutiva, en concreto especies de regiones lejanas que sean similares a alguna especie local, similitud debida a que la evolución ha perfilado a ambas especies del mismo modo, adaptándolas a vivir representando el mismo papel en su comunidad, el mismo nicho ecológico. Bien, nuestros montes son mediterráneos, y el clima mediterráneo, con su vegetación característica, existe también en California, Chile, Sudáfrica y Australia. Dejándonos llevar por el atractivo de lo más lejano, fijémonos en Australia, en los matorrales mediterráneos de su fachada meridional, esa vegetación llamada mallee que encuentra al Sur los confines del océano que bate las costas de la Antártida. Matorrales con plantas de hojas duras, perennes, eucaliptos y melaleucas, arbustos completamente distintos en su linaje al de nuestras carrascas y coscojas, dan cobijo a pájaros que son como primos lejanos de nuestras aves, especies separadas por millones de años de evolución y sin embargo sorprendentemente parecidas, pruebas vivientes de que la evolución produce las mismas soluciones para entornos de idénticas condiciones, aunque estén separados por casi 20.000 kilómetros.

El dibujo representa uno de los pequeños pajarillos del matorral mediterráneo australiano, el llamado mallee emu-wren, o "chochín-emú del mallee" (Stipiturus mallee; pariente de los espectaculares fairy-wren o "chochines-hada"). Un ave diminuta, insectívora, que trajina sin cesar entre las ramas bajas, de pecho vistoso y larguísima y peculiar cola, con 6 plumas desflecadas similares a las del emú, de lo cual viene su nombre. Ahora volvamos a nuestro ecosistema y contemplemos una curruca rabilarga (Sylvia undata). Su tamaño es minúsculo, su pecho no es azul pero sí rojizo, vinoso, llamativo a fin de cuentas comparado con el resto de su librea, y su cola desproporcionadamente larga incluso parece desequilibrarla en sus vuelos de rama en rama en busca de insectos. ¿Cómo explicar todas estas semejanzas? No cabe proponer que se deban al parentesco: nuestra curruca pertenece a la familia Sílvidos, mientras que el emu-wren es un Malúrido, una familia austral muy distinta y desconocida en nuestro hemisferio terrestre. La única respuesta al parecido es la evolución convergente: la selección natural modela a las especies como arcilla hasta esculpir seres similares para ecosistemas similares. En los matorrales mediterráneos se diría que hay un puesto disponible para un pájaro que sea insectívoro, que se mueva por el ramaje, minúsculo, de cola larga y pecho vistoso. Y ya sea en los montes ibéricos o en las antípodas, la evolución parece ser más predecible de lo que podríamos imaginar.

Más sobre las aves mediterráneas australianas en Birds of Australia (Simpson & Day, 2007).

25 septiembre 2010

Frutos de seis patas

Al entrar el otoño, millares de pajarillos cruzan por el matorral mediterráneo en busca de tierras menos frías, y en su camino ya vimos cómo picotean y tragan infinidad de frutos que los arbustos del monte producen por estas fechas. Estos frutos han evolucionado para ser comidos, para que así los pájaros, al expulsar la semilla en sus excrementos, dispersen a la futura planta, alejándola así de las raíces y el sombraje de su planta progenitora, que podrían perjudicar su crecimiento. Por eso los frutos del espino albar (imagen de fondo), del jazmín, del torvisco, del espino negro, de la esparraguera y de tantos otros matorrales son fáciles de ver para los pájaros, son vistosos, de llamativo rojo o negro, jugosos, apetecibles, diseñados por la evolución para tentar el apetito de quienes en breve habrán de afrontar los rigores del invierno con buenas reservas de energía.

Pero los frutos se enfrentan con un problema: si son demasiado apetitosos, demasiado fáciles de digerir, entonces los microbios que siempre hay por la superficie de las plantas seguramente los consumirían antes incluso de que tuvieran opción de consumar su destino siendo comidos por un pájaro, o quizás los comerían otros animales que no los dispersarían. Quizá es para evitar esto por lo que muchos frutillos, como los del torvisco, se protegen fabricando sustancias tóxicas, venenos que sus aliados alados pueden detoxificar sin problemas. Por esto, no sería raro que los pajarillos que ahora engullen frutos sin cesar fuesen especialmente resistentes frente a las toxinas de todo tipo, incluidas... las de los insectos venenosos. Estos insectos, como el chinche de campo Eurydema ornata (dibujo), resultan muy llamativos por sus vivos colores, que como un semáforo están señalando a las aves insectívoras que no son plato de gusto, que si los comen pueden tener serias indigestiones. Todavía quedan entre las hierbas altas muchos de estos chinches de campo y otros insectos del estilo, de los que avisan con sus colores (aposematismo). Y sin duda ese color, que pretende ser una advertencia, es para los pajarillos frugívoros un anuncio, acostumbrados como están a comer frutos rojos, negros... ¿Qué pueden perder estas aves si comen alguno de estos "frutos de seis patas"? Siendo como son, inusualmente resistentes a las toxinas, por su dieta de frutos, no es extraño que pájaros como la curruca capirotada (en el dibujo, un macho) coman muchos más insectos tóxicos, aposemáticos, que los pájaros menos frugívoros, como el carbonero.

Así, por una curiosa casualidad de la evolución, la presencia en la Región Mediterránea de arbustos de fruto carnoso, herederos de antiguos linajes tropicales, supone una amenaza para los insectos aposemáticos, un riesgo que se materializa en el acto de predación por parte de las pequeñas aves frugívoras. Sin embargo, es la savia de estas mismas plantas la que puede alimentar a estos insectos, como Eurydema, lo cual convierte a los arbustos en máximos benefactores para los pájaros: no sólo les dan refugio, y frutos, sino también calorías en forma de insectos... aunque éstos sean venenosos, lo que al parecer no importa mucho a nuestra ahora casi ubicua curruca capirotada.

Esta refrescante idea sobre la ecología evolutiva de plantas, aves e insectos mediterráneos se le ocurrió hace ya tiempo a Carlos M. Herrera, autor del último artículo enlazado en el post, en el cual se basa toda esta historia.

23 agosto 2010

No son la élite

Siguen los días del regreso a los trópicos, y otro año más cruzan por nuestro monte algunos papamoscas grises (Muscicapa striata, arriba). Pero no debe de gustarles mucho la travesía, porque prefieren vivir en sitios mucho más frescos y umbrosos, en los escasos bosques de ribera que aún se mantienen junto a los ríos de La Mancha. Lo mismo cabe decir de otras aves de paso frecuentes en estos días, como los zarceros comunes, los autillos, y las oropéndolas que nos ocupaban la semana pasada. Otros nómadas son más bien propios de roquedos, naturales o artificiales (pueblos), como los vencejos y las golondrinas. El caso es que casi todas las aves que cruzan esporádicamente por nuestro ecosistema prefieren para vivir un hábitat distinto al seco matorral mediterráneo. Esto es fácil de entender: las aves de paso han de pertenecer mayoritariamente a hábitats diferentes al matorral mediterráneo sencillamente porque en nuestro ecosistema reside casi toda la avifauna de los matorrales bajos de esta región. Y esta observación, que parece tan sencilla, esconde una gran verdad sobre el funcionamiento de la naturaleza.

Vayamos por partes. Según los libros de texto de ecología, una comunidad cualquiera, por ejemplo, de pájaros, se compone de especies que desempeñan determinados "papeles" en la economía del ecosistema, papeles que se suelen llamar nichos ecológicos (por ejemplo, gran carnívoro, carnívoro mediano, carnívoro pequeño...). La ecología clásica nos dice que por cada nicho debemos esperar una sola especie en la comunidad. No puede haber más especies que nichos, porque si dos especies intentaran ocupar el mismo nicho, competirían una con otra hasta que sólo quedara una. En esta visión, la comunidad de pájaros vendría a ser como un club selecto donde sólo se admite a las especies más competitivas.

Sin embargo, esta visión clásica no cuadra bien con la realidad. Si fuera cierta, habría un límite para la cantidad de especies en las comunidades: el número de nichos disponibles. Pero la realidad es que se observa justo lo contrario: la mayoría de los paisajes no parecen estar limitados de ninguna manera en su número de especies. Pongamos por caso nuestro monte. ¿Qué clase de club selecto va a ser, si prácticamente viven en él todas las aves típicas del matorral bajo en la región? Si la competencia fuera tan importante, algunas de esas aves habrían quedado excluidas por las especies más competitivas. Como no hay indicios de que esto suceda, la comunidad de aves se parece más bien a un local de aforo ilimitado que a un club selecto. Y si el aforo ilimitado para las especies es la regla general en los paisajes, como parece serlo, entonces llevamos décadas dando a la competencia un papel exagerado en las comunidades naturales...

Los más interesados en este tema, ¡atentos al artículo clásico del tercer enlace!

18 agosto 2010

Partida hacia el trópico

Hace millones de años, los pájaros criaban en el Sur de Europa y viajaban al Norte de África para pasar un invierno más benigno. Pero el clima se fue tornando cada vez más estacional, más seco. El desierto del Sahara comenzó a formarse, aunque, como aún era pequeño, los pájaros podían cruzarlo para alcanzar sus territorios de invernada. Cuando se hizo mayor siguieron surcándolo porque la ruta estaba ya fijada generación tras generación y era difícil cambiarla. Ahora es el desierto más grande del mundo, y atravesarlo supone una de las travesías más extremas que pueda afrontar animal alguno. Precisamente en estos días es cuando muchas aves se dirigen hacia esta durísima prueba, hacia las dunas y los regs, para alcanzar las llanuras arboladas del África tropical. Innumerables pájaros de toda Europa cruzan la Península Ibérica entre finales de agosto y durante septiembre, en lo que constituye uno de los pasos migratorios más llamativos del Viejo Mundo.

Entre las aves que regresan en busca de los benignos inviernos africanos se cuentan algunas especies de colorido espectacular, pájaros de linajes tropicales que cuentan con pocos representantes en el Sur de Europa. Llegaron en primavera para reproducirse, atraídos por la abundancia de insectos que caracteriza el estío de este peculiar clima nuestro, casi subtropical, que llamamos mediterráneo. Pero en nuestro ecosistema los insectos ahora declinan, al estar ya muy avanzada la estación seca. Para las aves africanas es el momento de partir.

Las oropéndolas (Oriolus oriolus, arriba, un macho), la única especie europea de una familia eminentemente tropical, hasta ahora han estado ocupadas en sus alamedas y demás bosques de ribera, pero ya se ven cruzar entre las encinas del monte, marchando siempre hacia el Sur. Les siguen las golondrinas, algunos vencejos, los alcaudones comunes, collalbas rubias, abejarucos, abubillas, carracas... Aves todas ellas básicamente insectívoras. Pronto llegarán nuevos visitantes, esta vez dispuestos a pasar el invierno, pero vendrán no a comer insectos sino frutos y semillas. Esto nos revela un punto clave de la ecología del matorral mediterráneo: las estaciones son tan marcadas que hay dos platos fuertes bien distintos para los pájaros: insectos en primavera-verano y frutos en otoño-invierno. Y cuando el plato fuerte se agota, gracias al vuelo las aves pueden buscarlo en otro "restaurante" lejano que lo ofrezca... llámese, por ejemplo, la sabana.

20 julio 2010

En busca del agua

En las mañanas de los días más calurosos del año, cuando el aire aún conserva el frescor de la noche, un coro de ásperas llamadas que se pierden en el cielo, sobre los eriales, nos avisa de que las gangas van a beber. Las gangas, tan propias de las estepas y desiertos del Viejo Mundo, prosperan en el páramo del Campo de Montiel, donde habitan las dos especies presentes en Europa: la ganga ortega (Pterocles orientalis) y la ganga ibérica (Pterocles alchata), que aquí se muestra en vuelo, con su silueta como de paloma de alas y cola afiladas, y el hermoso plumaje del macho, delante, contrastando con la librea más discreta de la hembra, que lo sigue. ¿Cómo logran estos pájaros no sólo sobrevivir al calor aplastante del verano manchego, sino incluso sacar adelante en plena canícula a sus pollos? Hay tres hechos que nos ayudan a comprenderlo.

En primer lugar, las gangas ibéricas soportan mejor las altas temperaturas porque su cuerpo, al funcionar, genera poco calor para ser un pájaro de unos 300 g, lo cual se debe a que necesitan relativamente poca energía - en concreto, la ganga gasta como un tercio menos de calorías respecto a lo que sería de esperar por su peso. Si consultáis el enlace anterior y hacéis algunos números, es curioso pensar que un animal tan soberbio como este vertebrado necesite para sobrevivir apenas 1,2 vatios, mucho menos que una bombilla de bajo consumo - que también se calienta menos que una bombilla normal.

Además de calentarse poco, las gangas beben asiduamente. Con el fresco de la mañana, las hembras alzan el vuelo y se dirigen hacia los bebederos; muchas van a la cola del Embalse de Vallehermoso, a unos 12 km de distancia a vuelo de pájaro. Por el camino lanzan al aire su reclamo, que es como un "cáa, cáa" más propio de una gaviota que de un ave tan parecida a una paloma. Atraídas por los reclamos de sus compañeras, las gangas se van reuniendo y terminan formando bandos numerosos, para descender finalmente al bebedero, tras asegurarse de que no hay peligro. En pocos segundos beben hasta un 15% de su peso y se marchan silenciosas; a su regreso llega el turno de los machos. Si la pareja de gangas tiene ya pollos nacidos, el macho, antes de emprender el vuelo, restriega contra la tierra las plumas de la pechuga, desordenándolas en todas direcciones y preparándose así para jugar la tercera y más extraordinaria baza de las gangas contra el calor.

Al llegar al bebedero, el padre ganga remojará bien las plumas del pecho, empapándolas de agua a conciencia, cosa que se ve facilitada porque esas plumas son muy absorbentes, por su peculiar estructura. Cuando el macho vuelva con sus pollos, éstos rápidamente acudirán a pasarle el pico por las plumas cargadas de agua, sorbiendo así una pequeña pero valiosísima cantidad de líquido que les ayudará a sobrellevar las largas horas bajo un sol que pone el aire a casi 40º un día tras otro, y que calienta el suelo hasta los 60º C. Si tuviéramos que aguantar esas condiciones en campo abierto pronto nos abatiría la insolación, y al final sucumbiríamos deshidratados, en el mismo tórrido erial en que las gangas prefieren vivir.

Marchant (1962) comprobó cómo beben así los pollos de ganga ibérica, y Ferguson-Lees (1969) da más información sobre horarios y costumbres en los bebederos.

15 junio 2010

El turno de noche del chotacabras

Hubo un tiempo remoto en que Europa era un continente cálido, subtropical, con junglas de árboles semejantes a laureles y, en los terrenos más secos y hostiles, arbustos de hojas duras. Este mundo desapareció hace pocos millones de años, al enfriarse el clima, pero en el Sur de Europa todavía dominan el paisaje los descendientes de aquella vegetación de hojas coriáceas: encinas, coscojas, olivos, lentiscos... Y junto a ellos quedaron algunas reliquias de la fauna subtropical, como presumiblemente es el caso del ave que encabeza esta entrada, el ahora famoso chotacabras pardo (Caprimulgus ruficollis), alias engañapastor o zumaya - "chotacabras" porque se creía que mamaba de las cabras (???), y "engañapastor"... suponemos que aludiendo al pastor sintiéndose burlado por este imaginario ladrón nocturno de leche.

La vida de este pariente de búhos y lechuzas, que cruza el Sáhara en primavera para pasar el verano en nuestra región, no desmerece a sus extraños nombres: se dedica a la difícil labor de cazar insectos al vuelo en plena noche, ayudado, se dice, de los "bigotes" que rodean su boca, cada uno consistente en una pluma tan modificada que parece un pelo. Al capturar insectos en el aire, curiosamente el chotacabras desempeña el mismo papel que el vencejo (Apus apus), pero vencejos y chotacabras están separados totalmente por sus horarios. En nuestro ecosistema, la pareja de chotacabras pasa el día echada sobre el suelo, adormilada entre unos romeros e invisible con su plumaje abigarrado, y alza el vuelo ya con las primeras estrellas, cuando hace ya tiempo que los vencejos terminaron su jornada. Nuestro par de engañapastores, durante el turno de noche, seguramente da cuenta de especies de insectos muy distintas de las que comen los vencejos durante el día. Así que, a efectos prácticos, aunque zumayas y vencejos coexistan en el mismo lugar y se alimenten en el aire y del mismo tipo de presas, en realidad viven separados casi por completo. Este tipo de separaciones entre especies que explotan un mismo recurso constituye una de las maneras en que están organizadas las especies de una comunidad.

¿Qué sucedería si vencejos y chotacabras tuvieran el mismo horario? Entonces seguramente cazarían las mismas especies de insectos, y entrarían en competencia. Eso perjudicaría a las dos especies, e incluso podría ser que la especie más eficaz y frugal dejara casi sin comida a la otra, llevándola hacia la extinción. En fin, problemas, a fin de cuentas, que ambas especies evitan repartiéndose el día y la noche en sus cazaderos. Porque en la naturaleza tan importante como la lucha por la existencia resulta precisamente el evitarla... cuando es posible.

17 mayo 2010

Cuando mayo marcea...

Algunos refranes contienen tanto conocimiento del entorno como imprevisible resulta nuestro clima mediterráneo: por estas fechas, el año pasado ya se había dorado el pasto, pero este año en lugar de calor hemos tenido vendabales, frío invernal y nubes que se desplomaban a cada rato en forma de llovizna o tormenta. Todo lo cual supone un reto más para los habitantes de nuestro ecosistema, quienes, acostumbrados a mayos cálidos y soleados, se han encontrado algunas noches con temperaturas rozando la congelación. ¿Cómo han reaccionado a esta contrariedad?

En estos días he podido averiguar parte de la respuesta, porque en las tardes de cierzo y nubarrones el monte puede parecer desierto, pero nada más lejos de la realidad. Mientras observaba desde el coche - el tiempo no aconsejaba otra cosa -, el vuelo de un alcaraván (Burhinus oedicnemus, ver imagen) interrumpió la quietud de la escena, antes de que el pájaro se posara a unos 30 m del coche. Durante un rato lo vi deambular con paso nervioso, parándose a menudo para otear los alrededores, a veces para mirarme de frente con sus ojos como de rapaz nocturna. De vez en cuando lo veía picotear con certera eficacia los insectos que iba encontrando por el suelo y sobre las hojas. Antes de entrar al coche había yo comprobado que los insectos, que saltaban y revoloteaban perezosamente en los filos de hierba (las típulas Nephrotoma que han emergido masivamente, los bibios de huerta, las cigarrillas Cercopis...) estaban claramente entumecidos por el frío. Lo cual los convertía en presas más que fáciles, así que el alcaraván capturó decenas en pocos minutos. Pronto lo perdí de vista detrás de las verónicas que han crecido altas en la rambla húmeda, y entonces dos palomas torcaces se posaron sobre una roca, cerca de allí, y comenzaron a arrullarse para, finalmente, aparearse varias veces, antes de marcharse hacia las encinas del horizonte. Desde allí llegaron en un rato varias rapaces, entre ellas un par de cernícalos y un aguilucho lagunero - que no es tan lagunero como podría pensarse, y visita de vez en cuando el paraje.

Entonces comprendí qué ocurre "cuando mayo marcea": los animales de sangre fría, como insectos y reptiles, bajan su nivel de actividad, y los mamíferos, aunque tienen sangre caliente, tampoco deben de mostrarse demasiado. Como ya notó Charles Elton en su libro pionero sobre ecología animal, la lluvia les empapa el pelaje y eso les haría perder calor y por tanto energía, así que evitan salir. En cambio, los otros vertebrados de sangre caliente, las aves, se las arreglan mucho mejor bajo la llovizna, ya que su plumaje es mucho más impermeable que el pelo de los mamíferos - por la propia estructura de las plumas y por la grasa con que las untan cuando se acicalan. Así que son los pájaros los que se aprovechan de la situación, capturando fácilmente a los insectos entorpecidos por las bajas temperaturas, y prosiguiendo con su ciclo reproductor al aire libre pese a las borrascas. En otra ocasión comenté que los reptiles se adaptan bien al monte mediterráneo porque necesitan para sobrevivir mucha menos energía que los vertebrados de sangre caliente. Pero, como suele ocurrir en ecología, eso es cierto sólo en términos generales, y una de las excepciones es el tiempo que hemos pasado en estos días. Y son esta clase de excepciones las que hacen a la vez tan complicado y tan fascinante el intentar comprender la naturaleza a nuestro alrededor.

20 febrero 2010

Consciente de sí misma

A menudo se dice que los humanos somos radicalmente distintos de los demás animales porque, a diferencia de ellos, somos conscientes de nuestra propia existencia como individuos. Sin embargo, algunos animales también lo son, y la prueba clásica para averiguarlo es la del espejo. Cientos de especies reaccionan ante su imagen reflejada como ante otro animal distinto de ellos; jamás comprenderán que se trata de su propio reflejo. Para 2008 se había comprobado que los chimpancés, bonobos, orangutanes, delfines y elefantes dan el gran paso del reconocimiento de sí mismos frente al espejo. Esto llevó a pensar que la autoconsciencia era exclusiva de los mamíferos digamos más cerebrales, pero en ese año se descubrió que las urracas (Pica pica) pasan la prueba del espejo, en lo que constituye el primer caso confirmado en animales no mamíferos. Se sabía de antemano que este córvido estaba muy avanzado mentalmente respecto a la mayoría de los vertebrados, ya que, entre otras cosas, su conducta social resulta asombrosamente compleja.

Un ser humano recién nacido tardará unos 18 meses en pasar la prueba del espejo. Por tanto, las urracas tienen al menos la consciencia de un niño como de año y medio. Muchos cazadores se divierten matándolas a tiros.

... Y algunas definiciones de "persona" se basan en
el hecho de ser consciente de uno mismo...

08 febrero 2010

Canción que cristaliza


El rocío aún brillaba sobre el musgo de las rocas, y algunas avutardas se recortaban, inmensas, en el azul. Bajo ellas, desde lo alto de una encina, una vocecilla mitad áspera y mitad musical se esparcía por el aire en una especie de chisporroteo incesante.


En el paraje, el verdecillo (Serinus serinus) siempre es, junto con el triguero y la cogujada, el primer pájaro del año en animarse a cantar. ¿Qué le impulsa a hacerlo siempre en torno a la misma fecha? ¿Y cómo aprende a cantar? Sobre este tema se sabe mucho en un pariente muy próximo del verdecillo, el canario (Serinus canaria), que nos proporciona un ejemplo quizás válido para el menor fringílido de nuestra fauna.

Cuando el periodo de luz del día supera determinada duración, se desencadena un cambio fantástico en el cerebro de los canarios macho. Comienzan a crecerles nuevas neuronas, que se entretejen formando agrupaciones (núcleos) que permitirán al pájaro desarrollar su canción. Al principio, experimentará con su siringe un poco al azar, pero poco a poco irá seleccionando frases, articulándolas, puliéndolas, hasta que eventualmente el canto cristaliza en una forma que ya no cambiará este año. Luego, después de la estación de cría, las neuronas del canto degenerarán, desaparecerán... Cada año, nuevas neuronas, nuevo aprendizaje de la canción. ¿Quién dijo que las neuronas no pueden reproducirse?

Exhibiéndose con su flamante canto, que alguien comparó con el sonido de huevos friéndose o de cristales quebrándose, nuestro verdecillo, con suerte, atraerá a su buena verdecilla, y juntos, en la espesura de una carrasca o un almendro, intentarán sacar adelante a sus pollos.

No todos los pájaros que cantan pueden aprender su canción cada año, como explica este artículo.