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24 junio 2013

El grillo manchego

A lo largo de las páginas de este cuaderno de campo hemos descubierto que muchos habitantes de nuestro ecosistema son endemismos, especies exclusivas de la región mediterránea o de la Península Ibérica. ¿Cuál de ellos es el más único, el más raro a escala mundial, es decir, cuál de las más de 1.000 especies que pueblan estas 25 hectáreas de monte tiene un área de distribución más diminuta? Lo desconozco, porque ignoro la distribución de muchos pequeños invertebrados a los que sólo he podido identificar al nivel de familia o género. De las especies cuyo nombre sí he podido averiguar con certeza, la más exclusiva de la zona parece ser un insecto prácticamente desconocido, una chicharra alicorta semejante a un grillo grande y orondo. Este insecto fue bautizado como Pycnogaster graellsii por Bolívar en 1873, tras descubrirlo cerca de Manzanares, localidad próxima a nuestro monte. Desde entonces, la especie sólo ha sido encontrada en un puñado de localidades, la mayoría de ellas dentro de La Mancha y algunas en torno a esta meseta semiárida. Por eso a menudo llamo a este insecto “el grillo manchego”.
 
Cuando la hierba se agosta y las primeras cigarras del año resuenan bajo el calor de los días cercanos al solsticio de verano, cuando declina la primavera dando paso a la sequía estival, sólo entonces, durante una o dos semanas, cantan estos robustos grillos. Estridulan, frotan sus alas diminutas, lanzan al aire un chirrido suave, agudo y sostenido. A los machos les gusta cantar subidos a una aliaga, o a un tallo de mies a punto de ser segado, o entre el frescor de unas hojas de viña. Las hembras se distinguen claramente porque llevan al final del abdomen una imponente “espada”, su ovipositor. La primera “grilla manchega” que encontré estaba en una aliaga sujetando con las patas una masa gelatinosa y blanquecina. Era el regalo que le había dado algún macho: un espermatóforo, una bola blanda que contiene espermatozoides y que la hembra terminaría comiéndose, según las costumbres reproductoras en este grupo de insectos. Ignoramos cuál es la dieta habitual de estos Pycnogaster, pero se sabe que comen brotes vegetales y que pueden incluso devorarse unos a otros en cautividad. Quizás en la naturaleza actúan como depredadores de otras chicharras, grillos y saltamontes; esto es común en los grillos de matorral.
Resulta más o menos fácil acercarse a un grillo manchego mientras canta… hasta unos cuantos metros. Si queremos aproximarnos más, al menor ruido que hagamos dejará de cantar. Entonces tendremos que esperar unos minutos hasta que reanude su canción, y así, con paciencia y sigilo, lograremos tal vez acercarnos hasta que pensemos tenerlo a un paso. Entonces comprobaremos de primera mano la eficacia de su camuflaje, pues su librea verdosa, abigarrada de pardo y de oscuro, lo hace virtualmente invisible entre la vegetación. Si finalmente conseguimos verlo, la forma del escudo que hay tras su cabeza (pronoto), con lóbulos laterales redondeados y sin escotaduras (ver fotografía), nos revelará que pertenece a la especie Pycnogaster graellsii. Este y otros rasgos lo diferencian de las demás especies de Pycnogaster de la fauna ibérica, dentro de la cual nuestro grillo manchego es sólo un ejemplo más de los numerosísimos endemismos de chicharras alicortas, muchas de ellas del género Ephippiger, Steropleurus, Uromenus… Da la sensación de que este tipo de insecto, estos grandes grillos incapaces de volar, fuesen especialmente propensos a originar endemismos. Esta sospecha está plenamente justificada por lo que sabemos acerca del origen de las especies (especiación). Normalmente, el ingrediente clave en la especiación es el aislamiento geográfico: unos cuantos individuos de una especie se quedan aislados en una isla, o tras una cordillera, o en una península, y de este modo quedan apartados del resto de su especie, por lo que evolucionarán independientemente hasta que lleguen a diferenciarse tanto que pasen a ser una nueva especie. Las chicharras alicortas deben de quedarse aisladas geográficamente con mucha facilidad, pues se trata de insectos pesados, lentos y no voladores, y por tanto incapaces de viajar grandes distancias. Esto las convierte en un linaje perfecto para originar especies endémicas, incluso endemismos tan localizados como nuestro grillo manchego.
Basado en la información sobre la especie proporcionada en los enlaces que figuran en el texto y en Bolívar (1876) Sinopsis de los Ortópteros de España y Portugal. Madrid, Imprenta de T. Fortanet.

12 febrero 2012

¿Por qué tantas especies? (y III)

Estas diminutas flores amarillas pertenecen a una hierba que en todo el mundo sólo vive en la Península Ibérica y el Magreb. Alyssum granatense crece en las cunetas de nuestro monte, a principios de la primavera, pero hay muchas otras especies de Alyssum repartidas por la cuenca mediterránea. La mayoría son exclusivas (endémicas) de la región, y precisamente este tipo de plantas, los endemismos, constituyen la mayor riqueza biológica del matorral mediterráneo. Baste pensar que en la cuenca mediterránea hay unas 22.500 especies de plantas y la mitad son endémicas. Los segundos en el ranking son los reptiles (34% de endemismos, sobre todo lacértidos), seguidos de los anfibios (31%, principalmente discoglósidos y salamándridos), pero no destacan los mamíferos (11%) ni las aves (6%), y desconocemos demasiado la diversidad de los insectos como para aventurar un porcentaje fiable, pero podría ser mayor que el de las plantas. Estos datos muestran que la biodiversidad mediterránea tiene una clara anomalía: exceso de plantas endémicas. Esta anomalía llama la atención a escala mundial, porque, fuera de los trópicos, la máxima riqueza de endemismos está en las zonas de clima mediterráneo. ¿Por qué sucede así? ¿Será por el motivo que apunté en la entrada anterior como explicación generalizada para el gradiente latitudinal de biodiversidad? Es decir, ¿será porque en las zonas mediterráneas las especies tienen un riesgo de extinción inusualmente bajo, incluso para su latitud?

Esta idea tiene sentido primera vista, porque más al norte de la cuenca mediterránea las heladas resultan demasiado duras para muchas plantas, mientras que más al sur impera la sequía mortal del desierto. Por tanto, ¿el exceso de endemismos se deberá al clima moderado? Si fuese así, parece lógico suponer que la mayoría de los endemismos mediterráneos habrían de ser especies antiguas que hubieran sobrevivido bajo el amparo climático. Pero esto no cuadra con los hechos, porque la mayoría de las especies de la flora mediterránea no corresponde al perfil de los "refugiados del Terciario". Olivos, laureles, higueras, encinas y muchas otras leñosas perennes de hojas duras (esclerófilas) pertenecen a géneros que ya estaban presentes en el mediterráneo a principios del Terciario, hace unos 40 millones de años, pero en conjunto aportan poca diversidad, en parte porque cada género suele tener pocas especies. El verdadero aluvión de endemismos está en otras plantas de linaje más moderno: jaras y jaguarzos, heliantemos, genistas, tomillos, salvias y muchas otras labiadas, además de bulbos y hierbas anuales como nuestro Alyssum. Plantas todas ellas adaptadas a la vida en los espacios abiertos que fueron extendiéndose por la región durante los últimos 6-7 millones de años. Además, suelen tener bastantes especies dentro de cada género, lo cual nos da una pista más de que esas especies se han originado hace relativamente poco tiempo (no ha pasado suficiente tiempo como para que muchas se extingan). Sumemos a estas pistas las que proporcionan los relojes moleculares del ADN, según los cuales las jaras (Cistus), por ejemplo, se diversificaron en los últimos 2 millones de años. Todo esto nos lleva a una conclusión: la gran diversidad mediterránea se debe sobre todo al origen de muchas especies endémicas en la región (neoendemismos). ¿A qué puede deberse esta gran diversificación de arbustos, bulbos y anuales?

Muchos piensan que la clave del origen de nuevas especies endémicas está en la compleja geografía de la región mediterránea, repleta de penínsulas, islas y montañas que facilitan el que pequeñas poblaciones de seres vivos se queden aisladas geográficamente, convirtiéndose así en las "semillas" de donde nacerán nuevas especies (especiación alopátrica). Sin duda la compleja geografía tiene mucho que ver con la riqueza de endemismos, pero... ¿es la clave del asunto? No lo parece si consideramos que en regiones de geografía mucho menos compleja que la mediterránea se han originado enormes cantidades de especies (por ejemplo, en los lagos africanos, en El Cabo de Sudáfrica, y en el sudoeste de Australia). Puede que el origen de nuevas especies en el mediterráneo se deba simplemente a que el clima ha permitido que surjan esas especies: al permanecer la zona libre de hielos perpetuos y de sequías ardientes, el origen de nuevas especies no se habría visto perturbado por peligrosas fluctuaciones climáticas. En cambio, más al norte e inmediatamente más al sur los vaivenes del clima debieron de dificultar la persistencia de pequeñas poblaciones hasta que dieran lugar a nuevas especies (la especiación normalmente requiere de cientos de miles a millones de años). El clima mediterráneo sencillamente habría dejado hacer su trabajo a la evolución en el marco de la geografía regional, sin poner en jaque a las frágiles poblaciones en pleno proceso de especiación. Si a esto le añadimos un rico mosaico geográfico de posibilidades de especiación, tenemos la anomalía de endemismos.

Comencé esta serie preguntándome por qué había en este monte tantas especies. La termino con la mejor respuesta que puedo dar a día de hoy: básicamente, porque el clima en la cuenca mediterránea ha sido lo suficientemente estable durante los últimos millones de años como para permitir el origen de numerosas especies nuevas en la región, origen favorecido por una geografía compleja. Así se comprende la alta diversidad de la región en conjunto, que se traduce en altas diversidades en la mayoría de sus montes, como el de este blog. Todo esto sugiere que la estabilidad del clima es la causa de más amplio alcance para entender la diversidad del matorral mediterráneo en su contexto dentro del gradiente latitudinal de biodiversidad. Y así concluye esta miniserie de entradas... ¡por el momento!

Datos sobre el porcentaje de endemismos procedentes de Encyclopedia of Ecology (varios autores, 2008). Más sobre la historia de la vegetación mediterránea en Plant evolution in the Mediterranean (Thompson, 2005).

31 enero 2012

¿Por qué tantas especies? (II)

En el episodio anterior de esta miniserie de entradas, comencé planteando una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué hay tantas especies en la parcela del blog? Buscando una respuesta, llegué al final ante una de las cuestiones más candentes de la biodiversidad: ¿por qué el número de especies aumenta de los polos a los trópicos? Este aumento, el gradiente latitudinal de biodiversidad, quizá sea lo más parecido a una “ley de la naturaleza” en ecología, porque se cumple para casi todos los grupos de seres vivos, ya sean plantas, animales o microbios, acuáticos o terrestres, actuales o de hace cientos de millones de años. ¿Cómo explicarlo?

Los naturalistas llevan siglos proponiendo posibles causas para la exuberancia de la vida en los trópicos, y hay tantas ideas que os remito a esta buena revisión del tema. Se pueden leer literalmente decenas de hipótesis sobre el asunto, pero el debate sigue y hay cierta tendencia derrotista a asumir que se trata de un "misterio sin resolver" al que nunca podremos quitar esa etiqueta. ¿Y si intentamos quitársela? Empecemos fijándonos en un hecho crucial: el aumento de diversidad hacia los trópicos es más claro y más acusado a escala regional, es decir, cuando se comparan regiones enteras entre sí. Esto nos lleva a buscar su explicación entre los procesos que regulan el número de especies de las regiones. Una región puede tener más o menos especies dependiendo de sólo tres procesos: el origen de nuevas especies (especiación), la extinción, y la inmigración de especies desde otras regiones. Podemos entenderlo de la siguiente manera: una especie está en una región o bien porque se ha originado en ella, o porque ha inmigrado desde otra región, y por supuesto porque no se ha extinguido. De modo que ahora tenemos tres posibles explicaciones para el gradiente latitudinal: (1) que hacia los trópicos se originen más especies, (2) que se extingan menos especies, y (3) que sean inusualmente propensos a acumular especies originarias de otras regiones. ¿Se puede descartar alguna opción? Intentémoslo: dejemos que cada una de las tres ideas "hable" y comprobemos si se cumple "lo que dice".

Si hacia los trópicos se originan más especies, entonces debería haber allí mayor proporción de especies recientes que hacia los polos. ¿Sucede así? Las evidencias que conozco no son concluyentes: algunas van a favor, pero otras en contra. Pasemos a la siguiente explicación: si hacia los trópicos se extinguen menos especies, entonces esperaríamos en ellos mayor proporción de especies antiguas que hacia los polos. Lo cual concuerda bien con los hechos (por ejemplo, los linajes de aves más antiguos tienden a ser tropicales). Por último, si los trópicos son especialmente propensos a acumular especies de otras regiones, al quitar esas especies inmigrantes deberíamos tener la misma cantidad de especies endémicas (por unidad de área) que en otras regiones. Esto no se sostiene, porque precisamente las latitudes tropicales albergan el máximo mundial de endemismos por unidad de área, respecto a las demás latitudes. En conclusión, de este párrafo sólo ha salido airosa la hipótesis de la extinción. Es decir, aunque el gradiente latitudinal pueda deberse a muchas causas, la más general de todas parece ser que hacia los polos se extinguen más especies.

¿Y por qué el riesgo de extinción habría de aumentar hacia los polos? Hay un buen motivo: en ellos los cambios climáticos son más drásticos (por cambios orbitales y del eje de rotación, etc.). Y al ser más duros los reveses del clima, hay más peligro de extinción. Pensemos, por ejemplo, que hace 100 millones de años la Antártida estaba cubierta de bosques, y que hace 50 millones de años crecían palmeras en Escandinavia, mientras que hoy las únicas palmeras de Europa (palmito y palma de Creta) se dan en la cuenca mediterránea, es decir, más hacia los trópicos. ¿Es esta la mejor explicación a la diversidad mediterránea, su posición intermedia en un gradiente latitudinal de extinción? Pues resulta que... ¡no lo es! Porque la mayoría de las plantas mediterráneas, las que hacen de la biodiversidad mediterránea algo extraordinario, no son antiguos supervivientes, sino nuevas especies, surgidas en los últimos millones de años. ¿Cómo puede ser? ¿Acaso los matorrales mediterráneos son excepciones al mecanismo clave que ha producido la regla de oro de la biodiversidad, el gradiente latitudinal? No os perdáis el desenlace en el próximo y último episodio… 

16 enero 2012

¿Por qué tantas especies? (I)

Aliagas en flor entre encinas y asfódelos (gamones).
¿Cuántas especies habría en ese monte? Me lo pregunté una tarde de mayo, hace años, y decidí averiguarlo dando un paseo para anotar, por primera vez, todas las especies que pudiera reconocer, aunque no supiera su nombre. Entre currucas, gladiolos, chinches, musgos y líquenes, la lista iba creciendo minuto a minuto. No esperaba encontrar más allá de 40 especies, pero al cabo de hora y media tenía anotadas más de 130. Entonces miré el paraje, un monte como otro cualquiera, y sentí asombro e ignorancia ante todos esos seres vivos cuya variedad iba más allá de cuanto había imaginado. Aquella tarde me hice una pregunta que me ha acompañado desde entonces: ¿por qué hay aquí tantas especies? Fascinado, quise conocer mejor todo ese mundo de biodiversidad insospechada que de repente parecía haberse abierto ante mis ojos. Durante los siguientes años fui identificando las especies del lugar lo mejor que pude, a veces enviando fotos o ejemplares a expertos. La lista de biodiversidad no dejaba de crecer, haciendo la pregunta cada vez más pertinente: ¿por qué tantas especies? Cuando pasé de 500 especies ya había descubierto algunas nuevas para mi comunidad autónoma, y pensé que la lista no podría aumentar mucho más, ¡pero cada mes seguían apareciendo nuevos insectos, nuevas hierbas! Hace como dos años alcancé 950 especies, y desde entonces sólo esporádicamente he añadido alguna a la lista, aunque sin duda hay muchas más. ¿Cómo explicar toda esta plétora de especies? Creo que la mejor manera de enfocar esta cuestión es la siguiente.

Primero conviene preguntarse si tanta biodiversidad es algo anormal. Si nos fijamos en grupos muy conocidos (leñosas, aves, etc), de los cuales hay mucha información, la biodiversidad de nuestro paraje resulta bastante normal para un matorral mediterráneo. Por tanto, hay que reformular la pregunta: ¿por qué en los matorrales mediterráneos hay tantas especies? Si comparamos la región mediterránea con otras regiones, está claro que las tierras boreales albergan menos diversidad y los trópicos mucha más. Así que volvemos al tema final de la entrada anterior: el gradiente latitudinal de biodiversidad. La latitud intermedia del paraje podría ser la explicación más general para su biodiversidad intermedia, a grandes rasgos, entre la boreal y la tropical.

Así fue como un paseo por un monte manchego acabó llevándome a explorar una de las preguntas más complicadas, escurridizas y controvertidas de la historia de la ecología: ¿por qué la biodiversidad aumenta hacia los trópicos? Intentaremos responder, si es posible, en la siguiente entrada, donde los matorrales mediterráneos revelarán una sorpresa...

Dos libros clave en el camino hacia esa pregunta fueron "Biology and wildlife of the Mediterranean region" (Blondel y Aronson, 1999) y "Biodiversity: an introduction" (Gaston y Blackburn, 2004).
El artículo que enlazo sobre el gradiente latitudinal es un clásico que resume algunas posibles explicaciones.

28 diciembre 2011

Del mundo... a un monte mediterráneo

Alcaudón real meridional (Lanius meridionalis) sobre el mapa de regiones biogeográficas de Wallace (1876). Pinchar para ampliar.
Si hay suerte, cada año podremos ver unas 60 especies de aves en nuestro ecosistema. ¿De dónde han surgido? Ninguna de ellas parece haberse originado aquí, en La Mancha. Debieron de separarse de sus especies antecesoras a cientos, a miles de kilómetros, y desde esa lejanía se dispersaron como nuevas especies hasta alcanzar el pequeño matorral que nos ocupa en este blog. De modo que las piezas (especies) que componen el puzzle de la biodiversidad no sólo se han formado en distintas etapas de la historia de la vida, sino también en diferentes lugares del mundo. Así, la biodiversidad es como un puzzle en el tiempo y en el espacio. ¿Y qué porciones del mundo ocupan las piezas del puzzle de nuestro monte? Fijémonos en un caso sencillo, el de los 42 géneros de aves habituales en el paraje.

Según la distribución mundial de los animales, el naturalista Alfred Russel Wallace dividió el planeta en siete grandes regiones biogeográficas aún vigentes: Paleártico (las tierras templadas y frías del Viejo Mundo), Neártico (Norteamérica), Afrotropical (África y Madagascar, excluyendo el Magreb), Neotropical (Centroamérica y Sudamérica), Oriental (Asia tropical), Australasia (Oceanía y parte de Indonesia) y Antártica. Nuestro ecosistema es un punto diminuto hacia el sudoeste del Paleártico, pero la mayoría de sus especies se distribuyen también por otras regiones. Como es de esperar, ningún género de las aves de nuestro matorral vive en la Antártida, pero hay siete géneros repartidos por las restantes seis regiones del mundo. A estos géneros casi cosmopolitas pertenecen el aguilucho pálido (Circus), el gavilán (Accipiter), el cernícalo vulgar (Falco), la lechuza (Tyto), el chotacabras pardo (Caprimulgus), la golondrina común (Hirundo) y el mirlo y el zorzal común (Turdus). El contrapunto de estos géneros son los restringidos a una región, dos géneros endémicos del Paleártico: la avutarda (Otis) y el sisón (Tetrax), si bien los géneros del petirrojo (Erithacus), del pinzón vulgar (Fringilla) y del triguero (Miliaria) prácticamente pueden considerarse endémicos, ya que apenas salen del Paleártico.

Entre estos extremos están la mayoría de los géneros de aves del paraje, que suelen ocupar unas tres regiones biogeográficas. Con Norteamérica tenemos en común nada menos que 16 géneros, incluyendo el reyezuelo listado (Regulus). Con Oceanía, 13 géneros, por ejemplo, el del alcaraván (Burhinus), los mismos que con los trópicos americanos, donde hay parientes del jilguero (Carduelis). Pero se llevan la palma los trópicos del Viejo Mundo, con los que compartimos nada menos que 37 géneros (34 con la región Afrotropical y 32 con la Oriental). Estos géneros suelen tener muchas especies tropicales, pocas en la zona templada y muy pocas en las tierras frías, lo cual ejemplifica uno de los grandes patrones de la biodiversidad mundial: la riqueza de especies suele aumentar desde los polos hacia el ecuador. Es el llamado gradiente latitudinal de biodiversidad, uno de los temas que han hecho correr más ríos de tinta desde los comienzos de la ecología hasta hoy. ¿A qué puede deberse esta exuberancia de la vida en los trópicos? Hagan sus sugerencias, mientras se fragua otra entrada sobre el asunto...

Datos sobre las regiones biogeográficas que habita cada género de aves tomados de guías de campo, de Wikipedia y de otras páginas web.

29 mayo 2011

El planeta de los parásitos

En todo el mundo conocemos más especies de animales que de ningún otro grupo de seres vivos, y más especies de insectos que de ningún otro tipo de animal. Muchas especies de insectos son herbívoros muy especializados, ya que comen de una sola especie o familia de plantas, como suele ocurrir con las mariposas diurnas. Así, los gusanos de seda solamente comen hojas de morera, y en nuestros montes la mariposa arlequín se desarrolla únicamente sobre las aristoloquias, la cleopatra en ciertos espinos, las orugas de las mediolutos y de los lobitos comen gramíneas, y las de la manto bicolor (Lycaena phlaeas, dibujo), acederas (como la acedera de lagarto, Rumex bucephalophorus, en la fotografía). Siendo pequeños herbívoros, las orugas de las mariposas en realidad actúan como parásitos, porque dañan a la planta que comen pero sin causarle necesariamente la muerte. La enorme diversidad de insectos herbívoros especializados, desde las mariposas a muchos escarabajos y chinches, junto con la increíble cantidad de especies de insectos y nemátodos parásitos (y de insectos parasitoides), sugiere que vivimos en un planeta cuya biodiversidad consiste sobre todo en parásitos de un tipo u otro.

La historia evolutiva de estos diminutos parásitos está repleta de curiosidades. Por ejemplo, desde que las mariposas aparecieron, hace más de 100 millones de años, han entablado una silenciosa pero continua batalla evolutiva con su alimento, una partida jugada generación tras generación en la cual las plantas han desarrollado diversos venenos y sustancias desagradables que las han hecho menos apetecibles para los herbívoros, y las mariposas han tenido que adaptarse a esos tóxicos. Pero los tóxicos de una familia de plantas, incluso los de una sola especie, a menudo no son los mismos que los de otras familias o especies, y ante estas diferencias las mariposas se ven forzadas a elegir un grupo de plantas, ya que sus orugas no pueden resistir con igual éxito todas las toxinas vegetales. Esta especialización ha favorecido el origen de nuevas especies de mariposas, separadas de otras especies por desarrollarse sobre plantas con unas toxinas concretas. Debido a esta tendencia a la especialización, los grupos de insectos que han adoptado la dieta herbívora suelen tener más especies que sus parientes no fitófagos.

En el lento diálogo evolutivo entre plantas y mariposas reside una clave para entender la gran diversidad de estos y de otros muchos insectos herbívoros: con cada nueva familia de plantas que surgía, un nuevo tipo de alimento podía ser aprovechado por nuevos insectos especialistas, especies que al originarse favorecerían, a su vez, la evolución de nuevas toxinas protectoras en sus plantas nutricias, cerrando así un círculo vicioso en el que plantas e insectos se diversificarían juntos cada vez más, las unas progresivamente más armadas de toxinas, y los otros gradualmente más capaces de neutralizar esas defensas químicas. ¿Ha ocurrido realmente esta diversificación conjunta, esta coevolución? ¿O los insectos simplemente se han adaptado a la diversidad de plantas que ha ido originándose al margen de su influencia directa como herbívoros? Sea cual sea la respuesta, en el planeta de los parásitos la historia de los insectos especialistas y sus plantas nutricias parece clave para entender la biodiversidad.

Basado en algunas ideas de Biodiversity - an introduction (Gaston & Spicer, 2004). Dietas de las mariposas según la guía de mariposas de Tolman y Lewington (1997). Después de publicar esta entrada, descubro que su título es, por pura casualidad, el mismo que el de un relato de ciencia ficción de los años 30 (!).

07 febrero 2011

Lagartijas, muros y especies ocultas

Con los primeros días de sol y buenas temperaturas, la vida se despereza en nuestros montes. Después de semanas de torpor, los insectos y demás animales de sangre fría reanudan su actividad. Los pequeños lagartos mediterráneos, las lagartijas, se calientan por la mañana al sol, con la piel avejentada por las inclemencias del invierno y el hocico húmedo de mordisquear el musgo, de donde lamen gotas de agua. Uno de estos saurios recién salidos del parón invernal (o brumación, en reptiles) es la lagartija ibérica (Podarcis hispanica). Este lagarto menudo se solea sobre las rocas aplanándose hasta el punto de extender sus costados, prolongando su anchura al mover hacia el exterior las costillas. Así logra aumentar al máximo la superficie que expone al sol, con lo cual se calienta más rápidamente y puede pronto lanzarse a acechar insectos, a los que captura con una velocidad y precisión que parecen más propias de un depredador de sangre caliente.

Aunque la lagartija ibérica habita solamente en la Península Ibérica y sólo se adentra un poco en el norte de África y en Francia, el caso es que su apariencia varía más que la muchas especies de distribución mucho más amplia. Esto sugiere que lo que nosotros llamamos "lagartija ibérica" en realidad corresponde a varias especies de distinto aspecto, unidas bajo el común denominador de frecuentar los roquedos y de tener un aspecto similar. Esta sospecha se ha confirmado recientemente mediante estudios genéticos, que han demostrado que la lagartija ibérica en realidad es lo que se llama un "complejo de especies", esto es, varias especies muy semejantes por fuera pero en realidad muy diferentes en su ADN, lo que indica que no se reproducen entre sí y por tanto que son especies por pleno derecho. Mientras se describen estas especies insospechadas de nuestro saurio más familiar, quedémonos con la clave de este asunto: en la naturaleza, lo que llamamos "especie" puede esconder varias especies prácticamente idénticas pero perfectamente válidas. Estas especies, llamadas especies gemelas o especies crípticas, quizá sean frecuentes entre ciertos grupos de seres vivos, pero no las reconoceremos hasta que analicemos cuidadosamente sus genomas. Así que una simple guía de campo no nos bastará para identificar correctamente todo lo que encontremos incluso entre los vertebrados. Si pensábamos que la biodiversidad es un patrimonio desmesurado, lo es más aún...

30 agosto 2009

El espectáculo desconocido

He aquí un monte mediterráneo del Campo de Montiel, en la provincia de Ciudad Real. Uno de tantos parches de matorral de la Península Ibérica, rodeado de cultivos, raído por siglos de corta de leña y de pastoreo. Muchos naturalistas exploraron sitios exóticos y espectaculares: la selva tropical, los bosques ecuatoriales, las sabanas... lugares con los que la mayoría de la gente opinaría que este monte no puede compararse. Es un error comprensible. Porque, ¿quién diría, a primera vista, que en este austero paisaje habitan casi un millar de especies? Durante más de 12 años he tenido la fortuna de poder descubrirlas y ser testigo de sus vidas. Muchas son seres fascinantes cuyo aspecto y modo de vida cautivan la imaginación. Otras, más familiares, figuran en mitos y leyendas. Con su actividad, hacen que el ecosistema funcione, y ejercen poderosas pero invisibles influencias en nuestras vidas. De todos estos compañeros de viaje en la nave Tierra podemos aprender algo. Acompañadme, a lo largo de este cuaderno de campo, en un paseo por este espectáculo desconocido aún por demasiada gente.