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23 agosto 2010

No son la élite

Siguen los días del regreso a los trópicos, y otro año más cruzan por nuestro monte algunos papamoscas grises (Muscicapa striata, arriba). Pero no debe de gustarles mucho la travesía, porque prefieren vivir en sitios mucho más frescos y umbrosos, en los escasos bosques de ribera que aún se mantienen junto a los ríos de La Mancha. Lo mismo cabe decir de otras aves de paso frecuentes en estos días, como los zarceros comunes, los autillos, y las oropéndolas que nos ocupaban la semana pasada. Otros nómadas son más bien propios de roquedos, naturales o artificiales (pueblos), como los vencejos y las golondrinas. El caso es que casi todas las aves que cruzan esporádicamente por nuestro ecosistema prefieren para vivir un hábitat distinto al seco matorral mediterráneo. Esto es fácil de entender: las aves de paso han de pertenecer mayoritariamente a hábitats diferentes al matorral mediterráneo sencillamente porque en nuestro ecosistema reside casi toda la avifauna de los matorrales bajos de esta región. Y esta observación, que parece tan sencilla, esconde una gran verdad sobre el funcionamiento de la naturaleza.

Vayamos por partes. Según los libros de texto de ecología, una comunidad cualquiera, por ejemplo, de pájaros, se compone de especies que desempeñan determinados "papeles" en la economía del ecosistema, papeles que se suelen llamar nichos ecológicos (por ejemplo, gran carnívoro, carnívoro mediano, carnívoro pequeño...). La ecología clásica nos dice que por cada nicho debemos esperar una sola especie en la comunidad. No puede haber más especies que nichos, porque si dos especies intentaran ocupar el mismo nicho, competirían una con otra hasta que sólo quedara una. En esta visión, la comunidad de pájaros vendría a ser como un club selecto donde sólo se admite a las especies más competitivas.

Sin embargo, esta visión clásica no cuadra bien con la realidad. Si fuera cierta, habría un límite para la cantidad de especies en las comunidades: el número de nichos disponibles. Pero la realidad es que se observa justo lo contrario: la mayoría de los paisajes no parecen estar limitados de ninguna manera en su número de especies. Pongamos por caso nuestro monte. ¿Qué clase de club selecto va a ser, si prácticamente viven en él todas las aves típicas del matorral bajo en la región? Si la competencia fuera tan importante, algunas de esas aves habrían quedado excluidas por las especies más competitivas. Como no hay indicios de que esto suceda, la comunidad de aves se parece más bien a un local de aforo ilimitado que a un club selecto. Y si el aforo ilimitado para las especies es la regla general en los paisajes, como parece serlo, entonces llevamos décadas dando a la competencia un papel exagerado en las comunidades naturales...

Los más interesados en este tema, ¡atentos al artículo clásico del tercer enlace!

18 agosto 2010

Partida hacia el trópico

Hace millones de años, los pájaros criaban en el Sur de Europa y viajaban al Norte de África para pasar un invierno más benigno. Pero el clima se fue tornando cada vez más estacional, más seco. El desierto del Sahara comenzó a formarse, aunque, como aún era pequeño, los pájaros podían cruzarlo para alcanzar sus territorios de invernada. Cuando se hizo mayor siguieron surcándolo porque la ruta estaba ya fijada generación tras generación y era difícil cambiarla. Ahora es el desierto más grande del mundo, y atravesarlo supone una de las travesías más extremas que pueda afrontar animal alguno. Precisamente en estos días es cuando muchas aves se dirigen hacia esta durísima prueba, hacia las dunas y los regs, para alcanzar las llanuras arboladas del África tropical. Innumerables pájaros de toda Europa cruzan la Península Ibérica entre finales de agosto y durante septiembre, en lo que constituye uno de los pasos migratorios más llamativos del Viejo Mundo.

Entre las aves que regresan en busca de los benignos inviernos africanos se cuentan algunas especies de colorido espectacular, pájaros de linajes tropicales que cuentan con pocos representantes en el Sur de Europa. Llegaron en primavera para reproducirse, atraídos por la abundancia de insectos que caracteriza el estío de este peculiar clima nuestro, casi subtropical, que llamamos mediterráneo. Pero en nuestro ecosistema los insectos ahora declinan, al estar ya muy avanzada la estación seca. Para las aves africanas es el momento de partir.

Las oropéndolas (Oriolus oriolus, arriba, un macho), la única especie europea de una familia eminentemente tropical, hasta ahora han estado ocupadas en sus alamedas y demás bosques de ribera, pero ya se ven cruzar entre las encinas del monte, marchando siempre hacia el Sur. Les siguen las golondrinas, algunos vencejos, los alcaudones comunes, collalbas rubias, abejarucos, abubillas, carracas... Aves todas ellas básicamente insectívoras. Pronto llegarán nuevos visitantes, esta vez dispuestos a pasar el invierno, pero vendrán no a comer insectos sino frutos y semillas. Esto nos revela un punto clave de la ecología del matorral mediterráneo: las estaciones son tan marcadas que hay dos platos fuertes bien distintos para los pájaros: insectos en primavera-verano y frutos en otoño-invierno. Y cuando el plato fuerte se agota, gracias al vuelo las aves pueden buscarlo en otro "restaurante" lejano que lo ofrezca... llámese, por ejemplo, la sabana.

01 septiembre 2009

Parasitoides

Una avispa solitaria captura a un saltamontes mayor que ella, lo aguijonea, lo paraliza con su veneno y lo arrastra hacia su nido, una galería excavada en la tierra; dentro, le pone un huevo sobre el pecho. La avispa introducirá de la misma manera otro saltamontes, para luego tapar cuidadosamente la entrada del agujero. En la oscura cámara subterránea, del huevo emerge una diminuta larva que devora vivo al saltamontes inmóvil pero aún sensible; la larva le horada primero el tórax y en apenas dos jornadas deja sólo una carcasa vacía, y pasa a comerse también vivo al segundo saltamontes. Ya crecida, ya saciada, se transforma en una crisálida de la que surgirá en junio una nueva avispa dispuesta a repetir la misma historia...

La cazadora es Tachytes europaea; su víctima, Dociostaurus jagoi occidentalis. El saltamontes más común del ecosistema en verano, y su captor especialista, cuyo ciclo vital es el de un parasitoide, ese espantoso modo de vida intermedio entre parásito y depredador: consumir a un animal vivo hasta matarlo. Por suerte, no existen parasitoides de vertebrados - la película Alien (cuyo extraterrestre está inspirado en esta familia de avispas, los Esfécidos) muestra la pesadilla que eso podría ser. Pero entre los insectos abundan los parasitoides, casi no hay especie que no pueda ser víctima de uno o de varios. ¿Diremos que eso es horrible, que no es justo que existan? Podemos, como Darwin, plantearnos por qué un creador benévolo habría de diseñar unos seres cuyo modo de vida es la crueldad más innecesaria. Pero quizá lo mejor sea simplemente aprender algo de los parasitoides: que la naturaleza funciona al margen de nuestras ideas del bien y del mal.

“No puedo persuadirme de que un Dios benévolo y omnipotente haya creado a los icneumónidos con la intención expresa de que se alimenten dentro de los cuerpos vivos de orugas” Charles Darwin (1860), carta a Asha Gray

El campo de carlinas

Agosto de 2009: la sequía estival ha acabado con todas las herbáceas de nuestro monte. ¿Con todas? No. Algunas especies resisten todavía (no siempre) al calor. Con su floración sucesiva, marcan el transcurso de las semanas, y al final de agosto sólo quedan floreciendo las carlinas, o cardos cuco (Carlina corymbosa). Las flores ásperas y de aspecto seco de estos cardos significan ahora una última oportunidad de supervivencia para cientos de abejas y avispas solitarias, y para sus parasitoides (moscas abejorro, icneumones, bracónidos...). Las hormigas león y las libélulas del secano vigilan sobre los tallos espinosos ya dorados. Las mariposas azules buscan algo de néctar en las flores medio secas. Pequeñas ninfas de cigarrillas, cuidadas por hormigas, sorben la savia agarradas a las hojas espinosas. Y a ras de suelo, las pequeñas lagartijas colilargas que han nacido este verano son los grandes predadores de todo este microcosmos. Y toda esta fauna desafía a la muerte cada día, perdida bajo el Sol en el campo de carlinas.

31 agosto 2009

Acróbatas


Este año el verano fue prematuro. Ya a mediados de mayo el pasto comenzó a secarse, lo que significa casi un mes más de sequía. Por eso ahora nuestro monte está más desierto que nunca: apenas hay saltamontes, apenas se oye nada, salvo, de vez en cuando, un débil carraspeo procedente de las marañas de encina. Un poco de paciencia y unos prismáticos nos revelarán que son currucas, pájaros de apenas 10 gramos de peso, ágiles y veloces desplazándose dentro de las encinas de rama en rama. Esta acuarela muestra un macho de curruca rabilarga (Sylvia undata), una de las más comunes del ecosistema, si bien su población cambia mucho de un año a otro. Con el fresco del atardecer, las currucas revisan las ramas en busca de los insectos que en verano se refugian a centenares bajo la sombra de cada encina, huyendo del calor del Sol bajo el que sólo los saltamontes y algunos otros no sucumben. Así que no es extraño que estos pájaros aguanten aquí incluso en lo peor del verano: viven en oasis de sombra repletos de presas.

30 agosto 2009

Las hormigas león

A finales de agosto, entre las desoladas y diminutas selvas de hierba quebradiza, revolotean errantes las hormigas león. No son libélulas, pero, como éstas, cazan insectos, ya desde la infancia. Esta secuencia de imágenes muestra una larva de hormiga león sepultándose en la arena, en julio, con la superficie del suelo a 44º C:

Enterrada, caza a la espera, atenazando con sus "mandíbulas" a pequeños insectos, sobre todo hormigas (de ahí su nombre). Pongo comillas porque no son verdaderas mandíbulas, sino piezas bucales huecas con las que succiona los jugos de su víctima. Probablemente esta larva sea de la hormiga león más común en el ecosistema, Macronemurus appendiculatus, pero el insecto adulto en la imagen anterior es de otra especie, Myrmecaelurus trigrammus, inconfundible por el tinte amarillento de sus alas. Sus larvas, como las de otras hormigas león, excavan pequeños hoyos en forma de cono, permaneciendo enterradas en el fondo a la espera de presas. Las hormigas, al caer a estos fosos, resbalan por la pendiente y acaban en las fauces del diminuto monstruo. Si se retrasan en su caída, este león de hormigas las desequilibrará desde abajo lanzándoles decididas paladas de arena con su cabeza plana. Cuando, al cabo quizás de más de un año, se transforme en adulto, dejará de cazar a ras de suelo, pero entre el pasto seco podrá ser capturado por rápidas moscas rapaces, los Asílidos, a los cuales dedicaremos alguna que otra entrada...

Claves para identificar estas hormigas león: Navás (1909) y Giacomino (2007).