13 enero 2014

Viaje en el tiempo evolutivo

Acebuche (Olea oleaster)
Para un niño, una vida de cien años es tan incomprensible como la eternidad. Como para nosotros el pulso del planeta, los cambios infinitesimales del día a día integrados a lo largo de millones de siglos, el lento fluir de paisajes y formas de vida a medio camino entre el caos y las leyes de la naturaleza. Si un siglo fuese un milímetro, si esa distancia, apenas el trazo de un lápiz, representase todo el devenir de un centenario, entonces un millón de años serían diez metros, apenas diez pasos, de un camino cuyo final es un misterio. Los fósiles nos hablan de tiempos mucho más remotos que un millón de años, y sin embargo algunos de sus testimonios parecen casi actuales, tanto que nos invitan a pensar que en el fondo hay algo que permanece a lo largo del abismo del tiempo. Por ejemplo, fósiles de jazmines casi iguales a la especie que hoy crece en las umbrías de nuestro ecosistema datan de hace unos 4 millones de años; 40 pasos. A 120 pasos desde el presente encontramos aún algo muy similar a otro arbusto del matorral mediterráneo, el labiérnago; por tanto su complejo vínculo con los insectos de las agallas se ha forjado, como mucho, durante más de cien millares de vidas de centenario. Y retrocediendo más aún en el periodo Terciario, en tiempos de clima subtropical en Europa, todavía damos con algo muy parecido a nuestra encina, y a la coscoja y el acebuche que a menudo la acompañan en estas garrigas del Campo de Montiel. No son exactamente la misma especie, pero los paleobotánicos consideran que se trata de los fósiles de sus antepasados directos, en ocasiones virtualmente indistinguibles por su aspecto, como sucedía en los casos anteriores. Así que, desde cada bellota y aceituna, unos 26 millones de años nos contemplan. ¿Qué hay al fondo de este reloj evolutivo, tan extraordinariamente largo para las plantas leñosas como rápido a la hora de contar la llegada y la marcha de las especies animales, en comparación mucho más efímeras? La historia de la vida nos permite adivinar que el final inexorable del tiempo alcanzará tarde o temprano a cada especie de planta o animal. A la larga, para estas especies la única manera de eludir la extinción es “reproducirse”, esto es, especiar, dar origen a otras especies nuevas. Especies que serán el próximo testigo de los genes en esa carrera de relevos a lo largo de los eones que hemos dado en llamar evolución.
 

5 comentarios:

Jesús Dorda dijo...

Individuo, población y especie se expanden en el tiempo y en el espacio, pero tienen su principio y su fin, sus antepasados y su descendencia.
Saludos.

El Naturalista dijo...

Lo que de momento no tiene fin es el ADN, aunque haya cambiado mucho desde que estaba en el último ancestro universal de los seres vivos del planeta. Saltando de vida en vida, a lo largo de eones. Saludos naturalistas.

Gonzalez dijo...

Me alegro mucho de que hayas vuelto a tus sabrosas reflexiones, después de muchos meses de silencio.
Saludos

El Grumete dijo...

Al final, como dice Richard Dawkins, quizá sólo seamos máquinas al servicio de los genes, máquinas que nos encargamos de que unas sustancias químicas perduren en el tiempo. Las que mayor fortuna tienen lo consiguen, y eso se nota en el aspecto exterior de esas máquinas... Nuestra vida es sólo un suspiro. Realmente insignificante en la historia de la Tierra.

El Naturalista dijo...

Hola González, estos meses me he tomado un descanso bloguero, sólo para retornar con algunos temas que desconocía hace poco y que espero compartir con vosotros.

Grumete, la idea del gen egoísta como último nivel de supervivencia es lo que transpira esta entrada, en efecto, aunque esa idea se complica al haber todo tipo de conflictos evolutivos entre niveles diferentes de selección.

Saludos naturalistas.